Vampiros famosos y otros malos

En Vampiros famosos y otros malos, veremos cómo las figuras del vampiro y el diablo tienen mucho en común, porque ambas nacen de la necesidad humana de atribuir el mal a una figura terrible; veremos, que a lo largo de la historia, ambas han seguido una evolución similar, y se encuentran, hoy en día a la misma distancia que han mantenido siempre, porque su evolución no responde si no a evolución social de la idea del mal, y que esta ha estado regida siempre por las necesidades, cultura e inquietud espiritual que imperaba en cada siglo.

EL ORIGEN DEL BIEN Y DEL MAL

Pero el primer gran malo de la historia, en Vampiros famosos y otros malos, es el propio Dios de la tradición judía. Así, en las primeras referencias a Dios en la biblia, el génesis, nos hablan de Yaveh. Él poseía el don creador y la capacidad destructiva; era por lo tanto, el origen del bien y del mal. Representando únicamente él a estas dos fuerzas.

Así, por ejemplo vemos como Yavé destruye Sodoma y Gomorra, cómo hace caer el diluvio universal, llamado a destruir a todos los seres de la tierra salvo a los que Moisés lograra introducir en su barco, y como, en general, representa el papel de padre creador, pero severo y cruel.

Esta imagen de Dios responde perfectamente a la necesidad de los antiguos judíos de hallar en un ser supremo y creador, a quien pudiera impartir justicia y liberar a un pueblo, que fue sometido por los egipcios y después lo sería por los romanos.

La manera de impartir justicia de esta imagen de Dios, es a fuego y sangre, y responde a la realidad de la época y del pueblo en que fructificó el mito.

No fue hasta entrado el siglo XV, cuando, en el concilio de Trento se decidió que Dios no debía representar al mismo tiempo, al bien y al mal, o dicho de otra forma, el premio y el castigo para los humanos, ya que se consideró que se transmitía así un mensaje confuso.

Si la mano que premia es distinta de la que castiga, cuando esta golpea, el fiel se acerca suplicante a quien imparte las caricias y se presta a seguir el estilo de vida que le sea dictado. El hecho de no reverenciar y temer a la misma figura, hace que la entrega sea más sincera, y por lo tanto, la fidelidad mayor, pues se sigue al bien por agradecimiento, y por una necesidad de redención y de esperanza, en una época de la historian convulsa en la que el mal podía significar a menudo la muerte.

LUCIFER Y LA TENTACIÓN

Fue en este concilio cuando nace la figura del diablo. Satanás (el enemigo) y Lucifer (el portador de luz), vienen a representar el mismo papel, pero con matices y trasfondos tan distintos, que justamente se les puede atribuir existencias y personalidades diferentes. Esta figura del mal representada en un solo personaje será el origen de otros mitos como el de los vampiros, a los que sucederán muchos Vampiros famosos y otros malos, algunos ficticios y otros, auténticos.

Se estipuló que el demonio fue creado por Dios y que al principio era un ángel; que no compartía el papel que Dios había otorgado al hombre y que finalmente se escindió de su reino y se sumió en las tinieblas.

Básicamente, Lucifer, el segundo malo de la historia de Vampiros famosos y otros malos, defendía que el hombre no tenía necesidad de sufrir en la tierra si mediante el poder de Dios, aquel podría vivir de una existencia divina, al igual que los ángeles. ¿Por qué no ahorrarles sufrimientos y hacer de ellos unos seres completos desde el principio? ¿Por qué han de esforzarse y sufrir?

Así, a través de un argumento que puede parecer piadoso, se atribuye Lucifer, la búsqueda del camino fácil o de la tentación. La intención de desbaratar el plan de Dios tentando al hombre, para que no siga la senda del aprendizaje que les conducirá a la vida eterna, sino que por el contrario, puedan obtener los beneficios necesarios para disfrutar de una existencia plena pero efímera.

Otro malo del grupo de los Vampiros famosos y otros malos; Satanás es el enemigo de Dios, no lo contrario a Dios, pues esto implicaría una igualdad en cuanto a grandeza y una diferencia en cuanto a actitud. No podría ser así, pues se deja claro que Satanás es una obra de Dios. Es el enemigo de Dios, la antítesis. No puede destruir a Dios, pero puede, sin embargo emponzoñar su obra.

Así es como la iglesia acepta en el siglo XV la figura del diablo. Su maléfico semblante será expuesto, amenazador en las fachadas de las catedrales e iglesias, para recordar a los fieles los peligros que surgen al desviarse del camino, y serán pintados derrotados y agonizantes bajo el poder de Dios en los altares, para hacer ver que el seguimiento del camino trazado por la iglesia conduce a la luz.

De esta manera, si bien la biblia no niega la existencia del mal, sino que la trata como algo real, pero integrado en Dios, la iglesia escinde el mal del bien y le hace adoptar personalidad propia.  El principio es similar, pero cambian tanto las formas que la realidad se torna completamente distinta.

MELMOTH EL ERRABUNDO

Uno de los más grandes Vampiros famosos y otros malos de la literatura, sin duda fue Melmoth. Podemos ver en la genial obra de Charles Robert Maturín (1782), “Memnoch El errabundo”, cómo un hombre que ha pactado con Lucifer; agobiado por una longevidad excesiva que este le otorgó como un don, a cambio de su alma, observa a los mortales que no han tenido relaciones con el demonio, con una envidia rayana en la locura, que le conduce a través de los oscuros abismos de la misantropía; Cómo observa la muerte deleitándose en su proceso y posterior corrupción; Cómo la desea y la teme, pues sabe que su alma no pertenece a Dios, pero ya no soporta más la existencia en la tierra y asume él mismo el papel del propio Lucifer, arrastrando a otros a la desesperación más absoluta para tentarles con el traspaso de su maldición y así poder morir en paz.

  En esta obra es el personaje maldito y no Lucifer, quien trata de arrojar la maldición a otro. Muestra para ello todas las imágenes posibles de la degradación humana, haciendo ver al hombre como un despreciable animal que se arrastra, usando como medios la mentira y la ilegitimidad para alcanzar un poder que le hará más repulsivo a los ojos de sus semejantes; Pero muestra también, cómo, el más mezquino de los hombres, retrocede espantado ante la idea de pertenecer a Lucifer, y así el protagonista cae cada vez más desesperado a las más hondas simas de la angustia.

A pesar de que el autor muestra una imagen del hombre, generalmente, incapaz de abrazar el mal absoluto, representado por Lucifer, es, sin embargo, capaz de un mal que emula el infierno sobre la tierra, convirtiendo la novela en una obra profundamente pesimista acerca del género humano. En este sentido, si bien, el hombre no es uno de los Vampiros famosos y otros malos, al menos sí sirve como el elemento perfecto para el fondo de un cuadro aterrador en que los protagonistas son Melmoth y el propio Lucifer.

EL MONJE

Otro de los Vampiros famosos y otros malos, es un simpático curita de Madrid muy virtuoso, cuyos sermones hacen desmayarse a los fieles y se convierten en el tema de conversación dominical de la sociedad madrileña del último periodo de la inquisición española. Este devoto amigo se irá transformando, sin embargo en uno de los Vampiros famosos y otros malos, más abyecto y quizá estúpido también de la literatura.

Contamos con muchas obras en el estilo gótico que nos muestran el mal tal y como se entendía, desde el siglo XV al XVIII. Otra de las grandes e imperecederas obras de esta temática es “El monje” (1796), de Mattew Lewis.

  En ella vemos cómo el mal, encarnado otra vez por Lucifer, encuentra los medios para llegar a su víctima, sea esta cual sea, y cómo, al contrario de aquel personaje atormentado de Maturín que mostraba los horrores del hombre con extrema crudeza, por ser un ser superior y especialmente dotado, atrae a su víctima, esta vez un monje de reputación intachable y de principios y moral fuera de toda duda, con las más refinadas mentiras, encarnando una inocencia resplandeciente de luz, que poco a poco le seduce.

  Le mostrará, al principio de una forma tímida, una personalidad atrayente y seductora, adaptando su discurso, e incluso su forma física al ideal del protagonista, para arrastrarlo, lenta pero inexorablemente hacia la lascivia, y después hacia el crimen y hacia el final de su reputación y de su vida, para tentarle después con una oportuna posibilidad de salvación y engañarle nuevamente para su desesperación.

Lucifer se convierte, en este caso en un personaje hasta cierto punto simpático, ya que da una lección muy dura a este nuevo malo de Vampiros famosos y otros malos, cuando ya es imposible odiarle más. Sin embargo no debemos olvidar que es Lucifer quien ha transformado a este personaje. La obra nos enfrenta así a la posibilidad de corrupción del alma humana, quizá el elemento más aterrador de la obra. Lewis hace ver que cualquier ser humano sería capaz del mal más abominable si se reunieran las circunstancias adecuadas.

LA LITERATURA GÓTICA

Los protagonistas de ambas obras son opuestos, pues uno parte del mal y el otro del bien absolutos, para ser definitivamente devorados por un demonio ávido y cruel que los utiliza para emponzoñar la obra de Dios en la tierra y torcer sus designios, pues al parecer, una de las normas no escritas acerca de este personaje maléfico de Vampiros famosos y otros malos, es que no puede intervenir directamente en la historia. Al menos no haciéndolo la historia es dotada del  misterio que puede provocar terror.

La literatura gótica en general, y más la que trata abiertamente con Lucifer, uno de los Vampiros famosos y otros malos, nos hace ver que no hay salvación posible si el mal se fija en nosotros. Nos arrastra a la desesperación y nos provoca un vértigo espiritual difícil de explicar y aún de concebir. Es la forma de terror más genuina que han dado los tiempos, porque nos enfrenta a un tema común en la psique colectiva: el mal como entidad con voluntad propia y su poder destructivo sobre nosotros; y a una preocupación que nos ha sido impuesta culturalmente: las fuerzas del mal como entidades demoníacas, nuestra indefensión frente a ellas, y la sensación creciente de que no seremos socorridos por dios. En definitiva, nuestra desesperación y nuestra soledad en el mundo, la oscura y amenazadora interrogante a la pregunta: ¿trascenderemos? Y el eterno dilema, que nos hace temer que la búsqueda del bien y su seguimiento como ideal, probablemente no tendrán recompensa, y seremos engullidos por el olvido.

MALDOROR

Ahora llega quizá el personaje más aterrador de los Vampiros famosos y otros malos de la literatura: Maldoror, cuya crueldad haría encolerizar de indignación al propio Lucifer, nos muestra una obra no recomendada para cualquier lector, ya que puede herir profundamente nuestra sensibilidad y a la que se le atribuye al menos un suicidio.

En esta línea escribió Issidore Ducasse en “Los cantos de Maldoror”. En su obra parece representar al propio demonio. Parece que se dirige a nosotros amenazante, ofreciéndonos con insultante desprecio un espejo, a través del cual contemplaremos nuestra corrupta e indigna naturaleza, nuestra angustia vital, nuestro miedo y nuestra cruel mezquindad. Se dirige a nosotros como si lo hiciera con alguien que no merece la vida; con un esputo pronuncia nuestro nombre, y con un afilado estilete acaricia nuestro rostro para lamer nuestras heridas después con indecible felicidad.

  Podríamos pensar que es Lucifer, o quizá Satanás quien nos habla, pero no es así. Isidore Ducasse suscribe la obra otorgándose estos nombres, pero tan sólo es un juego de palabras para que podamos desvelar el complejo enigma que nos plantea.

  Lo escrito por él no son las palabras del demonio, sino algo más puro. La sustancia misma del mal. Carece de voluntad y finalidad, tan sólo nos muestra mil imágenes que podrían ser las que evocara nuestra mente en una fracción de segundo si probáramos esa sustancia blasfema.

FRANKENSTEIN

  Con estas tres obras parece que tenemos bien definida la figura del diablo en la época en que reinó sobre el mundo con su manto de terror. Pero como todos sabemos, esa figura se ha transformado, pues la imagen del mal ha sabido transformarse en cada revolución social y moral en que el ser humano necesitaba plantear una nueva imagen del bien y del mal para hacer frente a nuevos desafíos y a la nueva realidad social.

Llega así el siglo XIX, y de su mano llegan nuestros queridos e inmortales Edgar Allan Poe y Mary Shelly, quienes transformarán la imagen del diablo y otros Vampiros famosos y otros malos, y acercarán su naturaleza a la nuestra propia. Quienes cuestionarán nuestra actuación en el mundo equiparándonos a Lucifer y le ridiculizarán con un patetismo que dejará marca en la historia.

Llega el turno de Frankenstein, pero esta vez no es este uno de los Vampiros famosos y otros malos,, sino quizá el único que no lo sea, de la obra. Su naturaleza pura e inocente contrastará con la maldad del ser humano, que tratará de destruirle, a toda costa por considerarle un monstruo.

Así, Mary Shelly, con su obra Frankenstein o el eterno Prometeo, nos muestra la creciente sociedad industrial como un serio peligro, intuyendo así que con el desarrollo técnico tan avezado y prominente, que comenzó en el siglo XIX y hoy avanza a velocidad vertiginosa, surgirían dilemas morales que el hombre difícilmente sacudiría o cargaría en su conciencia.

Nos muestra un protagonista creador y magnífico, que como Dios, crea la vida donde no la hay, y nos muestra también, cómo esa nueva vida, es agradecida con su creador, y cómo descubre las maravillas que se abren en torno a él, aunque pronto percibimos que el mundo no puede ser su lugar.

Nos muestra también cómo el creador se torna en destructor, asumiendo así la figura del diablo o la del primigenio Yaveh, que encarnaba ambas facultades a un tiempo, y cómo ante la idea de haber creado un monstruo, con una lectura pobre, superficial y acomplejada de su obra, decide destruirla. Cómo la  nueva criatura lucha por la vida, renunciando a todo atisbo de dignidad por la sola esperanza de ser amado por un ser tan repugnante como él y vivir ambos en los glaciares árticos, donde no ofendan a nadie con su presencia.

La fiereza del hombre se abatirá sobre una criatura que por otra parte es el vestigio más claro de la inocencia en la novela. Así el hombre asume el papel del diablo, y el pobre desdichado, tratará de salvar su vida, sin esperanza ya de ser amado, ni comprendido, ni tan siquiera de fomentar la piedad en nadie.

EL DIABLO DE POE

El diablo que describe Poe, es un diablo humano y es quizá el malo más patético de entre los vampiros famosos y otros malos. Poe incide en la visión del hombre como una criatura vulgar. En sus cuentos no cabe la participación del diablo ni de ningún otro ser maléfico para hacer caer al hombre al abismo de la corrupción, pues cae por sí sólo.

Así nos muestra las crueldades más horrendas, cuyo único perpetrador es el hombre, y sus excusas son tan vulgares como que asesina a su víctima para gastarle una broma.

Su cuento: “Nunca apuestes tu cabeza al diablo. Cuento con moraleja, es uno de sus cuentos donde aparece Lucifer. Siempre es tratado con desprecio y lo muestra como un ser patético.

En este cuento nos muestra al diablo como un anciano enclenque, que espera con un saco a que el amigo del protagonista pierda la cabeza, pues la ha apostado contra una pirueta imposible. Finalmente, cuando el protagonista prepara el funeral de su amigo, declara que:

“Mr. Dammit (su amigo), no sobrevivió a su terrible pérdida (la cabeza). Los homeópatas no le suministraron bastante poca medicina, y la poca que le dieron no pudo él tomarla. Al final empeoró y acabó muriéndose, dando con ello una lección a todos los seres de vida desenfrenada. Regué su tumba con mis lágrimas, agregué una barra siniestra (la que le cortó la cabeza), en el escudo de armas de su familia y, a fin de cubrir los gastos generales de su funeral, envié una cuenta sumamente moderada a los trascendentalistas. Los villanos se negaron a pagarla, por lo cual hice exhumar de inmediato a Mr. Dammit y lo vendí como alimento para perros”

Con este sólo ejemplo se muestra cómo el diablo pasa a adoptar un papel insignificante, sino, ridículo, y es el hombre el que ocupa este espacio desalojado, o por mejor decir, es el hombre quien desplaza al diablo, pues su maldad es tal y la esperanza del hombre en su obra, tan escasa, que el papel de Lucifer en la literatura del siglo XIX, ya no tiene razón de ser.

EL FIN DEL INFIERNO

Aún esperaba en el siglo XX una transformación más. El Papa, Juan Pablo II aseguró que el infierno no existe, y por tanto el diablo tampoco y no debemos entender al diablo, sino como una representación del mal, y ese mal no está sino en nosotros mismos. Por lo tanto, vencer nuestra tendencia al mal es vencer al diablo.

Esta idea es consecuente con el credo cristiano, ya que niega el maniqueísmo; la idea que tienen los protestantes por ejemplo, de que existe el bien y el mal y con solo creer en el bien estamos salvados. Sin embargo, en la cultura cristiana debemos hacer el bien para salvarnos. El bien y el mal por tanto, pertenecen al terreno de lo humano y el mal como tal no existe, sino que es aquello que nosotros mismos debemos extirpar de nuestra alma para conseguir la salvación.

¿Entonces el diablo como figura representante del mal queda completamente descartado?  En realidad no. En la actualidad se representa al diablo, tras todos los pasos de su evolución, como la imagen de las personas dominadas completamente por el mal; que además son hipócritas y cínicas; que manejan el lenguaje de forma engañosa y siempre a su servicio; que tienen un éxito rápido y despiadado, por ejemplo, un abogado de éxito o un gran empresario.

EL VAMPIRO

El vampiro comienza  su singladura literaria como un personaje despiadado, voraz y salvaje. Así aparece en los mitos de la Europa del este como un demonio de perversidad que despierta tras la muerte, y dirige sus pasos hacia la casa de sus familiares con la intención de asesinarlos y saciar su sed con ellos.

Según este mito, el vampiro primigenio sería el más antiguo de los Vampiros famosos y otros malos. Vivía en el cementerio y corrompía los demás cadáveres a través de la tierra, dotándolos de una blasfema capacidad de acción y una pervertida intención. De esta manera, cuando se exhumaba un cadáver, por pertenecer a alguien sospechoso de vampirismo, y tras hallar las pruebas irrefutables en este sentido, y ser decapitado, se comenzaban a exhumar el resto de cuerpos, para comprobar en muchos de ellos las mismas señales inequívocas.

Es en este periodo, el vampiro es un ser provisto de las facultades necesarias para reunirse de nuevo con sus familiares sin hacerles sospechar en muchos casos sobre su verdadera naturaleza. Sin embargo, el vampiro en este periodo está desprovisto de una inteligencia y sensatez natural, y provisto eso sí, de una bárbara voracidad que le arrastra en muchos casos a la perdición.

VLAD TEPES

Esto transcurría en los siglos XV al XVIII. Pero, ¿en qué momento se forjó el mito del vampiro? La respuesta a esta pregunta es bien conocida por todos gracias a la genial obra de Bram Stoker, Drácula, de la que hablaré después, pues pertenece realmente a un estadio posterior del mito del vampiro en la literatura.

Drácula es sin duda, el más famoso de los Vampiros famosos y otros malos. Sin embargo, es bien conocida la brutalidad del personaje que infunde su espíritu al mito: Vlad Tepes, quizá el más temido de los auténticos Vampiros famosos y otros malos,  recordado por los suyos como un héroe nacional, y por el resto de Europa como uno de los príncipes más crueles y sanguinarios, que ordenaba las ejecuciones con total arbitrariedad, y que había creado, a fuerza de crueldad, un auténtico bosque con veintitrés mil prisioneros empalados, ante cuya sola vista, el sultán turco, Mehmed II, que amenazaba con invadir toda Europa, retrocedió espantado, declarando que su ejército jamás podría ganar una batalla que se librase en el infierno.

ELISABETH BATHORY

A lo largo de la historia, hasta nuestras crónicas más recientes, han acaecido sucesos, y se han encumbrado personajes que han alimentado y han nutrido argumentalmente el mito. Sin duda el caso que más influyó sobre el mismo, fue el que acaeció en el siglo XIII, en la propia Rumanía, protagonizado por la condesa Elisabeth Bathory, la más cruel de los malvados Vampiros famosos y otros malos, quien provocó un auténtico despoblamiento de mujeres vírgenes, ya que se bañaba con su sangre y las torturaba y vejaba hasta su última exhalación.

Esta perturbada pensaba que podría rejuvenecer a través de la sangre de sus víctimas, y llegó a esta idea después de un incidente en que la sangre de una de sus sirvientas toco su piel y está se tornó brillante. Además, su final, emparedada viva en su propio castillo alimentó en gran medida el mito de la condesa.

EL VAMPIRO DE POLIDORI

Este es uno de los más antiguos malos de Vampiros famosos y otros malos. Hasta ahora conocemos el mito. Pero, ¿qué evolución histórica ha sufrido desde su comienzo tardío? Fundamentalmente podemos distinguir tres etapas: Durante la primera, siglos XVII y XVIII, El vampiro encarna al mal absoluto. Es voraz, cruel y terrible.

Así por ejemplo tenemos el relato del magnífico Polidori: El vampiro; que nos muestra un ser que, si bien se mezcla en la sociedad, persigue el mal supremo desde una inexplicable afición por el propio mal. No hay ningún motivo para llevarlo a cabo, salvo el placer por el propio mal.

Se muestra ante la sociedad como un ser digno de la confianza, simpático y sincero, pero a medida que avanza el relato, vamos descubriendo que la oscuridad de su alma es insondable, y su maldad, tanto más terrible, en cuanto que su motivación es nula o quizá simplemente instintiva.

De esta manera se narra cómo socorre al pederasta y al asesino entregándoles cualquier suma de dinero, y cómo se burla cruelmente de las personas honestas que se ven arrastradas a la indigencia, y cómo, invariablemente, quien ha recibido ayuda de él se ve arrastrado, como por una maldición a una situación mucho más deplorable que la que sostenía antes de su intervención.

Este vampiro no tiene suficiente con alimentarse de la sangre de sus víctimas, sino que además, estas han de ser vírgenes, han de ser deshonradas en sociedad y raptadas después, y sus familias han de caer en los abismos de la desesperación, pues han de perderlo todo, verse obligados a vender sus propiedades, o simplemente ser vilipendiados hasta tal punto que su vida en sociedad quede destruida para siempre.

  En estos primeros relatos, en contra de lo que podamos pensar, el vampiro se mueve bajo la luz del sol como cualquier hombre. El mito que nos habla de que su luz le destruiría son derivados de las películas de clase B, que se originaron tras el estreno de Drácula. Por otra parte, las obras escritas que narran la misma naturaleza, son posteriores a la que fue, la fiebre del vampiro en el cine, habiéndose documentado, los escritores de estas obras, en la televisión en lugar de en la literatura. Es por esto, que en el siglo XX el vampiro cambia de manera inexplicable su naturaleza, haciendo perder la pista, a cualquiera que no tuviera en cuenta la involución del vampiro en el cine.

El vampiro, por ser un personaje plástico, cuya naturaleza no había sido definida oficialmente, por ser su naturaleza, tan dispar, ya en el propio mito en que se basa, ha vivido una interesante evolución desde sus comienzos literarios hasta el siglo XX.

SELENE, LA CIUDAD VAMPIRA

Otra obra que quiero destacar en esta etapa, hasta el siglo XIX, por su originalidad, por lo curiosa e interesante que resulta su lectura, y porque nos da una idea de su evolución hasta los estadios más tardíos de esta etapa, es sin duda el relato de Paul Feval: La ciudad vampiro; en el que el vampiro es capaz de encarnar a las figuras que ha destruido, o por mejor decir, es capaz, abandonando la propia acción de su cuerpo, de dominar a voluntad la de otro cuerpo que hubiera conquistado anteriormente. Así por ejemplo, Feval nos muestra una posada que causa el más vivo terror, ya que la familia que allí se hospeda, tiene el semblante torcido y tan solo actúan por turnos.

Cuando el dueño habla, la mujer parece sumirse en un estado de meditación ausente, y de esta manera, si algún miembro de la familia está desarrollando algún trabajo, el resto parece leer el periódico o simplemente observar la pared, sin contestar a ninguna clase de estímulo externo, ya que tan solo son cadáveres animados por la voluntad del vampiro. Esta sospecha es tan irreal, tan terrible, y al mismo tiempo tan visible, que provoca de inmediato gran inquietud, si no horror, en quien vive esta situación.

En esta obra los vampiros viven en una ciudad llamada Selene, derivado del nombre griego de Luna. Tan sólo es visible para el hombre en determinadas circunstancias en que una extraña niebla se alza en el camino, y tan sólo, quien se haya perdido entre esa niebla accederá a la misma, aunque probablemente jamás volverá ya a la dimensión que habitaba anteriormente y que compartía con el resto de los mortales.

La ciudad es bella, magnífica y terrible. Está perfectamente organizada por sectores que encabezan unas amenazadoras estatuas, y las viviendas no son si no, nichos, ya que la ciudad parece en realidad un enorme y terrible cementerio.

DRÁCULA

Por fin el más popular de los Vampiros famosos y otros malos. Llegamos al siglo XIX, y este siglo nos regalará, de la mano de Bram Stoker, la que posiblemente sea la mejor obra epistolar de la historia. Hablamos, ¿cómo no? de Drácula.

En esta obra, el vampiro es igualmente maligno y seductor, pero tiene una motivación filosófica para actuar como lo hace, lo cual hace que tanto el lector como sus protagonistas se engañen, se sientan identificados con él y acepten en mayor o menor medida, el crimen, desde la cercanía al personaje y a sus razones. De esta manera el mal se convierte en algo confuso que se presta a interpretación; ya no se trata del mal absoluto, ese arcaico concepto del mal que imperó en la sociedad desde el siglo XV, sino que por primera vez es interpretativo y se puede incluso tomar partido en su favor sin abandonar los ideales del bien. Esta supone la principal evolución en la historia literaria de los Vampiros famosos y otros malos.

El mal es terriblemente seductor. Llega hasta nosotros de manera que despierta nuestros más primitivos instintos, venga la seducción de la mano del amor o de una insinuación erótica difícil de resistir aún por los personajes con los principios morales más marcados.

Es esta, la otra imagen del diablo; no la del demonio terrible, sino, la de aquel que despierta simpatía en nosotros, y desde ella nos corrompe y nos empuja a través de una senda, que de presentarse de otra manera, habríamos repudiado, y que una vez dentro, es inútil tratar de escapar y recuperar nuestro destino.

REPRESENTACIÓN LITERARIA

Así, el diablo y el vampiro representan sendas alegorías del mal, cuyo concepto responde al que se tenía en cada época del mismo. Representan a su vez una advertencia ante los fuertes cambios sociales que se vivían en un mundo acostumbrado a permanecer inmutable, en el que los hombres lo abandonaban en el mismo estado en que lo habían recibido. Es esta la respuesta a la preocupación que originaban en el alma los profundos cambios sociales que provocaba la incipiente revolución industrial, en la que el  mundo se beneficiaba del progreso, esclavizando a niños y a gentes desfavorecidas en sitios tan insalubres como una central de carbón, en una época en que los fallecidos a causa de la contaminación ambiental superaban todas las cifras que se han dado hasta ahora.

En un mundo estático e inmutable, el mal es visible y claro, pero desde el siglo XIX hasta nuestros días es confuso e interpretable, desde el momento en que nos enfrentamos a cuestiones morales debatibles, en nuestros trabajos cada día.

Pero el concepto del mal aun debía convertirse en algo más confuso aún. Tanto en la obra de Drácula, como en la de El monje, cuando hablamos del diablo, percibimos aquella maniobra del mal tan solo como un intento de engañarnos, que quizá sí lo hizo con el protagonista, pero que desde nuestra postura  privilegiada de lectores discernimos claramente, y tras leer estas obras no hemos si no, reforzado nuestros principios morales, pues aunque se haya tratado de mostrar como algo confuso, aún distinguimos el mal nítidamente, y por lo tanto hemos vivido una experiencia inducida de lo que percibimos, podría ser real pero no lo es.

Es en el siglo XX donde el mal se mostrará de una forma tan confusa que nos sentiremos identificados con él, y este será es sujeto de nuestras simpatías. Así el mal evoluciona, desde causarnos pavor; darnos una ligera idea de que podría ser seductor después, pues vemos cómo lo hace con los protagonistas de las novelas, aunque no entendemos como; a finalmente, seducirnos a nosotros mismos y corromper nuestros principios morales.

CRÓNICAS VAMPÍRICAS DE ANNE RICE

Llegamos a la literatura vampírica del siglo XX. Es fácil señalar en este estadio una figura que por su influencia ha resultado ser la pluma que ha dado a la literatura, voz, en este último estadio. Ha sido la más relevante en la temática vampírica. Hablamos de Anne Rice y de sus Crónicas vampíricas.

Ha sido una de las escritoras más prolíficas del siglo, y de entre ellas una de las que han merecido durante mucho tiempo el escalofriante número de ventas que mantenía. Su obras son, muy dignas y muy originales, ya que en sus primeras cinco novelas nos ofrecía cada vez un enfoque nuevo y apasionante acerca del vampirismo. Sin embargo, su obra significa en cierto modo una ruptura con lo establecido literariamente acerca del vampiro hasta la fecha, dado que no siguió los pasos de sus homólogos, lo que habría dado una visión muy interesante a la evolución vampírica natural, si no que se basó en aquellas películas que escribieron guionistas que poco conocían el tema, en una época en que la industria del cine editaba películas acerca de vampiros a una velocidad en la que no cabía la reflexión.

El nuevo vampiro es un personaje en quien nos sentimos plenamente identificados, pues es como nosotros. Su conversión no pasa por el ataúd, como lo había hecho hasta entonces, y por lo tanto no llega a abandonar la vida para retornar después a un estado de no muerte, desde el que se arrastrará a través del mundo, sino que es transformado, con un método sencillo en el mismo lugar en que fue secuestrado. Su transformación es tan rápida que aunque pierde la vida no pierde sin embargo su experiencia de la misma ni la sensación de estar vivo.

Por lo tanto nos encontramos con un ser mortífero, que necesariamente encarna al mal, ya que para perpetuar su existencia necesita exterminar la de los demás; pero su psicología es tan compleja, sus motivaciones tan ambiguas y sus sentimientos tan marcados, que aquella motivación filosófica de Drácula queda muy atrás. Ahora el mal lo encarna cualquier persona que vea en el propio mal, una motivación para progresar, y sepa transformar la situación lo suficiente para que el mal no parezca si no una consecuencia lógica o incluso un intento de hacer el bien.

De esta manera el vampiro se alimenta de malhechores, dando así una motivación simpática para el mal, pero no profundiza más en su filosofía, pues hacerlo sería fracasar, puesto que exterminar al criminal nunca fue una forma de hacer el bien, sino la forma más aceptada que adopta el mal.

El vampiro se descubre en innumerables ocasiones, pues también se alimenta de gente de bien, pero en esos casos una larga charla acerca de por qué no pudo resistir la tentación y de lo miserable que se siente tras hacerlo, bastan para convencer al lector de que el personaje continúa en el lado del bien, cuando jamás lo ha estado.

EL MALO SOMOS NOSOTROS

Es en definitiva, tanto la imagen del vampiro, como la del diablo, del siglo XX, la más realista, y este, el único periodo en que reconocemos abiertamente que nuestra capacidad para hacer el mal es tanta como la de hacer el bien.

Esta idea es muy interesante, pues nos sugiere que la batalla contra el mal es la batalla contra nosotros mismos, que solo cuando hayamos derrotado al mal que habita en nuestro interior, y cuando hallemos la fuerza para acallarlo cada vez que surja, habremos derrotado al mal. No es una lucha de la humanidad, sino del individuo, pues la batalla se lucha en el interior de cada uno.

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