Sí, soy un friki, ¿y qué? ¿Quién dijo que eso fuera algo malo? Recuerdo que cuando se empezó a usar ese término se hizo en los círculos cerrados de frikis, nos denominábamos así con orgullo. Años después se popularizó y de forma bastante despectiva, de modo que hoy en día me cansa ver en la televisión a montones de frikis renegando del término y usan largas explicaciones para definirse, cuando está claro lo que son. ¿Pero qué significa la palabra friki? No me importa la definición de Wikipedia ni ninguna otra. Para mí solo vale una que resume perfectamente el espíritu de aquellos años salvajes de rol y pizza, una que en un momento de inspiración dijo Pelli: “un friki es el que sabe mucho sobre cosas que no sirven para nada”. Le contestamos con grandes carcajadas y por fin, después de tantos años sintiéndonos frikis, podíamos dar una definición a aquella palabra. Sí, aquel fue un día importante.

−Giro el coloso de Rodas y ataco a Padilla –dije con una enorme sonrisa dibujada en mi rostro. Él pensó en bloquear al coloso con todas sus criaturas para sacrificarlas en una lucha épica en la que acabarían con él, lo veía en su rostro y la ansiedad con la que miraba sus cartas y las mías, pero una y otra vez detenía la mirada en el relámpago que tenía en la mano. Por aquel entonces mi baraja era tan salvaje que me permitía el lujo de colocar boca arriba las cartas de mi mano para que todo el mundo pudiera verlas. Era una arrogancia y un desprecio  insultante al adversario y esto hacía que fuera delicioso. Finalmente, después de maldecir empleó solamente una criatura que murió por nada. – El Coloso arrolla, acuérdate, mato a la tuya y te comes cinco puntos de daño más.

Jugábamos a Magic en casa de Javier. Acabábamos de conocerle. Pocos días antes, en el patio del instituto, me pidió entrar en el grupo. Lo recuerdo como una escena de película en el patio de una prisión. Yo me iba a casa y él se acercó.

–Me han dicho que eres master en partidas de rol –dijo poniendo su mano sobre mi hombro. No tenía pinta de jugar al rol, ni al fútbol, ni a nada. Era un chico bastante retraído que solía pasear con otros dos por el patio, dando vueltas al campo de fútbol. En cierto modo me recordaba a mí unos años antes, el chico que no encajaba, antes de llegar al instituto y hacerme popular.  Yo asentí y él siguió hablando. −Pero ¿haces partidas serias? Yo no quiero perder el tiempo –aún hoy no sé si aquello fue una pose o lo decía en serio. Lo cierto es que con los años se convirtió en el jugador más enloquecido que haya conocido nunca. Aunque después se convirtió en una de las personas por las que más cariño he sentido, en ese momento no le conocía y me parecía un poco rarito. Debió notarlo en la expresión de mi cara, porque pronto añadió− mis padres nunca están en casa, podemos jugar allí.− Aquel día Javier se unió oficialmente al grupo.

Durante esos días hacíamos mesa redonda de Magic, donde básicamente funcionábamos como en una cama redonda, es decir, más de dos jugadores y todos contra todos. Además no descontábamos vidas, sino que sumábamos daño, lo que nos permitía desarrollar la partida hasta que se terminaran todas las cartas de los mazos de más de cien cartas con los que jugábamos. Las llamábamos “partidas épicas” y las jugábamos siempre que podíamos, en los recreos del instituto, por las tardes en casa de Javier y por supuesto los fines de semana, cuando era mi casa la que quedaba libre.

Como decía, cuando jugaba contra ellos, me gustaba que mi victoria comportara además una humillación. Como el Coloso, pretendía pasar por encima de todos ellos, sin alianzas y atacando una vez aquí y otra allá, pero pronto los demás hicieron una alianza tácita y sistemática contra mí, de modo que una y otra vez veía caer a mi coloso, a mis dragones y al resto de mis criaturas, y esto me dejaba como al tirano emperador que en la guerra, de pronto se ve enfrentado a todos los pueblos libres a la vez, y aunque estos no sean más que enanos borrachos y elfos afeminados, todos juntos barrían a mi coloso de un plumazo.

–¡Cabrones, no vale ir todos contra uno! –pero uno de ellos me recordaba que en las “batallas épicas” no había reglas y sistemáticamente, turno tras turno, acababan con mi poderoso ejército. Me sentía doblemente mal. Primero porque mi deseo de humillación se había vuelto contra mí, y segundo porque, incomprensiblemente me había convertido en el villano de aquella y de todas las demás historias, ya que en adelante, cuando empezábamos una nueva partida, iniciaban un ataque preventivo contra mí, convirtiéndose ellos en los tiranos, y mis pobres criaturas del averno mordiendo el polvo una y otra vez, sin ver cumplido el sueño de dominar y esclavizar a todos los pueblos libres de la tierra.

En una de aquellas tardes, de pronto, se abrió la puerta de una habitación a la que se accedía desde el comedor. Justo enfrente de nosotros apareció una chica extremadamente delgada pero con un rostro bonito y delicado. Sinceramente, creo que nunca nos hubiéramos fijado en ella de haberla visto por primera vez en la calle, pero desde aquel día, el saber que Javier tenía una hermana de nuestra edad cuya habitación estaba frente a la mesa en la que jugábamos y que solo la hoja de una puerta separaba su intimidad de mujer de nuestra voracidad adolescente, era lo bastante excitante para nosotros. Por si esto fuera poco, Diego, que siempre fue muy mordaz, al día siguiente, jugando de nuevo alrededor de la mesa, se acercó a mi oído y me susurró.

–¿Imaginas que se abre otra vez la puerta y aparece Mabi en bragas?

Esa idea fue turbadora. Sonreí y seguí jugando, pero desde entonces, a veces me sorprendía mirando la puerta e imaginando que se abriera y apareciera ella en bragas, recién levantada, aunque fueran las seis de la tarde. He de decir que eso nunca ocurrió, y aunque Mabi, con su rostro delicado no era lo que aparentaba, aquel día Javier ganó otro punto. Tenía casa y hermana, y aunque fuera un poco rarito decidimos que sería nuestro amigo.

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