En Ruidos en la oscuridad voy a narrar la segunda experiencia paranormal. No es que sea la segunda en orden, de hecho la primera, la de la voz cavernosa que dijo «¡ven!» ocurrió cuando tenía unos cuatro años y esta con unos doce.

Con esta pequeña serie de «Mi historia de fantasmas» lo que pretendo hacer ver es cómo una vivencia puede inspirar un relato de terror.

No es esta una web sobre terror en sí, sino sobre el terror y la fantasía en la literatura, por ello lo analizo desde distintas perspectivas; el cine, el cómic, la literatura, misterio y terror, rol y videojuegos o series de televisión, pero siempre centrando el foco de atención en la narrativa y en cómo funciona como inspiradora de ideas.

Desde ese punto de vista siempre he pensado que las experiencias paranormales que he vivido en mi vida me han inspirado como escritor y han centrado mi interés de forma muy viva en el género de terror.

Ruidos en la oscuridad

En el anterior artículo conté cómo el hecho de vivir en el chalet que acababan de comprar mis padres había incrementado mucho los fenómenos paranormales que estaba viviendo. Ya la primera noche que pasé allí sentí cómo alguien me observaba incesantemente, tal y como me ocurría en casa.

Pero fue una noche de verano, en el chalet de enfrente, con mis amigos y mi prima cuando ocurrió el episodio que voy a relatar a continuación. Pero antes, para poner la historia en su contexto, mi chalet se hallaba en una pequeña calle que no tenía salida. Al final una puerta vallada y cerrada con candado daba a un descampado enorme con el que acababa la urbanización.

Aquella noche todos los vecinos de la calle estaban cenando en casa de uno de ellos y nosotros mientrastanto escuchábamos música en el porche del chalet de mis amigos. De pronto se empezó a escuchar un extraño sonido de fondo, pero  no parecía provenir de la radio. Pedí a mi amigo que la apagara y él decía que era parte de la música, sin embargo me parecía escuchar ese ruido cada vez más alto, le grité que la apagara y para sorpresa de todos seguía escuchándose.

EL ruido provenía de dentro de la casa y era el sonido inconfundible de unas pisadas que se acercaban por el pasillo hacia el porche, solo que allí no había nadie más que nosotros y que esas pisadas eran de todo punto de vista sobrenaturales. Se escuchaba demasiado alto, como si se produjeran con una especie de botas metálicas y hendiera el suelo con fuerza alguien muy pesado. Además había una especie de reverberancia como si el sonido proviniera del interior de una caverna.

Durante un larguísimo segundo nos miramos todos aterrorizados para salir después a la carrera a la calle y corriendo llegamos al chalet en el que cenaban nuestros padres.

De la vida y la muerte

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