Maldoror

Maldoror es sin duda uno de los personajes más siniestros de la literatura universal. Hoy os voy a presentar el mayor descubrimiento literario de mi vida hasta el momento. Descubrí Los cantos de Maldoror en una minúscula librería de viejo en el barrio de Ruzafa, en Valencia, en la que solía pasar largos ratos buscando entre sus estanterías. Sin embargo este libro no se hallaba en ellas, sino en las manos de un anciano y entrañable librero, que lo leía con avidez. Asomé mi nariz y él se percató. Esbozó una sonrisa y me lo ofreció. “Los cantos de Maldoror es una joya” aseguró, y aunque insistí en volver cuando lo hubiera terminado, él me lo ofreció una y otra vez. Sin embargo, en el momento final no pude dejar de notar una leve resistencia cuando este iba a pasar de su mano a la mía, como si llegara un esbozo de arrepentimiento.

Esa misma tarde empecé la lectura de Maldoror y esta me absorbió de tal manera que fue imposible detenerla hasta terminarlo. Más tarde leí que el libro había provocado el suicidio de un estudioso de la obra y no me extraña, pues su lectura no es ni de lejos recomendable al público general. Es horrible, angustiosa, asfixiante y terriblemente dura y cruel. Imagino que si el diablo escribiera un libro este sería Los cantos de Maldoror.

A pesar de haber leído la terrible obra de Maturín, Maldoror me revolvió las vísceras, me hizo sentir desesperado en determinados tramos. La terrible misantropía que refleja, acompañada de su crueldad, hace de esta una obra difícil de digerir. Sin embargo, si el lector logra sobreponerse al estilo disfrutará de una grandísima obra que inició el movimiento artístico del surrealismo.

Años después presté el libro a una profesora de sociología de la universidad y nunca más volví a verlo. Así, esa terrible joya que veía cada día en mi estantería desapareció. El anciano de la librería desapareció también y la vieja librería lo hizo con él y Maldoror, junto con mi historia sobre el libro maldito que conseguí en aquella librería también desapareció, y todo lo que queda de aquello son estas palabras y este breve análisis.

MALDOROR Y EL MAL ABSOLUTO

“Quiera el cielo que el lector, animoso y momentáneamente
tan feroz como lo que lee, encuentre sin desorientarse su camino
abrupto y salvaje a través de las ciénagas desoladas de estas páginas
sombrías y rebosantes de veneno; pues, a no ser que aplique a su
lectura una lógica rigurosa y una tensión espiritual equivalentes por lo
menos a su desconfianza, las emanaciones mortíferas de este libro
impregnarán su alma, igual que el agua impregna el azúcar. No es
aconsejable para todos leer las páginas que seguirán; solamente a
algunos les será dado saborear sin riesgo este fruto amargo.” 

Así comienza una obra que ha sido llamada a conmover la fibra más sensible del ser humano. La que dio vida a Maldoror, esa singular encarnación del mal que persigue la obra de Dios con un sentido del humor macabro y desquiciado, y un estilete en la mano. Así nace el Conde de Lautréamont, tachado por algunos de demente, imaginado, quizá, por otros, como la propia encarnación del mal, dado que las circunstancias en que nació y murió, y el final trágico de quienes se aproximaron a él y a su obra, pudo hacer pensar que un mal incognoscible gobernaba su destino.

Así lo advertía él mismo en sus cantos de Maldoror:

“Mi poesía sólo consistirá en atacar por todos los medios al hombre, esa bestia salvaje, y al Creador, que no hubiera debido engendrar semejante basura”.

MALDOROR, LA MALDICIÓN DE ISIDORE DUCASSE

Le llamaron el poeta sitiado, porque nació en el sitio que se dio en la Guerra Grande de Uruguay durante ocho años y murió en el sitio de Prusia sobre París.

Su madre se quitó la vida al poco de nacer él y su padre parecía más preocupado de sí mismo que de su propio hijo.

La familia Ducase enterró junto con la madre, la vergüenza, y del mismo modo en que luego operaron con el propio Isidore, borraron toda huella de su paso por la tierra, para que su sombra no les llenara de oprobio. En su lápida tan solo consta el nombre de pila, por lo que el hallazgo fue, en extremo, dificultoso, y en su acta de defunción rezan las equívocas palabras: “muerte natural”.

No es difícil imaginar cómo transcurriría la niñez del joven Isidore, viviendo en una ciudad efervescente, que veía desfilar por sus calles, soldados de todas las nacionalidades.

Esta circunstancia anómala, convertida en la única realidad de Isidore, debió hacerle vivir los primeros años de su vida como quien viene al mundo para presenciar el juicio final. Esto, unido al abandono del padre y al suicidio de la madre, hizo de Isidore un ser solitario, osco y excéntrico, en cuya mente se empezó a gestar el carácter de Maldoror.

¿EL MALVADO MALDOROR EN BUSCA DEL BIEN?

Más adelante, en su obra, encarnando a Maldoror, seduce a los niños hacia el mal, y si su inocencia es de naturaleza incorruptible los asesina.

Esto se explica por la marcada vivencia de los primeros años de su vida. Se vio inmerso en un mundo en que el niño, en sus primeros años de vida era inocente y cándido, y los adultos que le rodeaban, mezquinos y egoístas. Así decía:

“…la órbita aterrorizada por la que gira el globo humano en delirio, habitado por espíritus crueles que se matan entre sí.”

Isidore, en su terrible obra y Maldoror, su personaje, no busca más que escandalizar con el mal más abyecto, para que el lector, vea como único remedio a este, el bien supremo. Parecería esto, un disparate si no se estudiara la obra y la vida del autor, y no se tratara de encarnar al propio Isidore para analizar las causas de su motivación y su necesidad de crear a Maldoror.

Su poesía no tiene otra finalidad que la del bien supremo. Pero esto, no será sugerido mediante palabras amorosas al oído del adulto, puesto que la historia está llena de escritos de tal naturaleza. Lo que hace Maldoror es golpear con puño de hierro el rostro del lector, para que despierte a la única naturaleza posible para el ser humano.

Así, para vencer las dudas del reticente editor, que no se atrevía a publicar semejante lenguaje, decía en una de sus cartas:

“Déjeme que ante todo le explique mi situación. Canté al mal como han hecho Mickiewiez, Byron, Milton, Southey, A. de Musset, Baudelaire, etcétera. Naturalmente exageré el diapasón para crear algo nuevo en el sentido de esa literatura sublime que canta la desesperación sólo para atormentar al lector y hacerle desear el bien como remedio. De este modo, es el bien lo que en definitiva se canta, pero con un método más filosófico y menos ingenuo que el de la antigua escuela…”

En la misma carta, pedía que el editor entregara su manuscrito a la crítica de los principales articulistas, para que ellos decidieran si Los cantos de Maldoror debía ser publicada, a lo que desesperado, añadía:

“Ellos serán los jueces exclusivos en primera y última instancia del comienzo de una publicación que evidentemente solo verá su fin más tarde, cuando yo haya visto el mío. Por consiguiente, todavía no está hecha la moraleja final. Y sin embargo hay un inmenso dolor en cada página. ¿En eso consiste el mal? No, por cierto.”

 

 

¿LA OBRA DE UN GENIO O LA DE UN LOCO?

Ya en París, Soupault, uno de sus condiscípulos, escribió sobre él:

“Con frecuencia, en la sala de estudios, pasaba horas enteras con los codos apoyados en su pupitre, las manos sobre la frente y los ojos fijos en un libro clásico que no leía; se advertía que estaba sumido en un ensueño.”

Isidore creó al conde de Lautréamont, pseudónimo con el que firma su obra: Los Cantos de Maldoror. Si el conde de Lautréamont es el poeta más maldito de la historia, la suya, fue a su vez, la obra más maldita.

Los editores no se atrevían a publicar Los cantos de Maldoror, pues es tan violento el lenguaje, denota una desesperanza tan grande en el ser humano y es tan esencialmente maligno, que temían que todas las maldiciones que, inevitablemente caerían sobre el autor, recaerían en ellos también.

Con veinticuatro años de edad, Isidore muere, en el contexto que antes decía; el asedio de las fuerzas de Prusia sobre París.

Con veinticuatro años abandona el mundo, habiendo visto tan sólo veinte ejemplares de su obra impresos. Ejemplares que pagó el mismo y que entregó en mano a aquellos que de un modo u otro le habían acompañado en su vida. Con tan solo veinticuatro años y veinte ejemplares de la poesía más desconcertante que hombre alguno hubiera tenido en sus manos, y quizá la más sublime también.

Tras su muerte nace la leyenda del libro maldito de Maldoror.

“Una serie de visiones y de reflexiones en un estilo extraño, especie de Apocalipsis, cuyo sentido sería inútil tratar de adivinar.” León Techner.

“Por ridículo que parezca hoy descubrir un gran poeta desconocido, y descubrirlo en un hospital de alienados, me veo obligado a declarar, en conciencia, que estoy seguro de haber hecho el hallazgo.” Remy de Gourmont.

Vivió desventurado y murió loco. Escribió un libro que es único si no existiera la prosa de Rimbaud: un libro diabólico y extraño, burlón y aullante, cruel y penoso, un libro en que se oyen a un mismo tiempo los gemidos del Dolor y los siniestros cascabeles de la Locura” Rubén Darío.

  Es curioso que Darío plantee esta alegoría acerca de la locura de Lautréamont, ya que él deja innumerables pistas por toda su obra, advirtiendo de su lucidez y entre ellas, esta:

  “Mis razonamientos chocan contra los cascabeles de la locura y la apariencia seria de lo que al fin es grotesco”

Darío utiliza las palabras que utilizó Lautréamont sobre su personaje, Maldoror,  como pistas en pro de su cordura, apoyándose en su estilo, como si esperase que sus lectores no leyesen también la obra de Ducasse o como si no alcanzase a comprender que Maldoror no es la obra de un loco, sino que su profundidad es mucho mayor de lo que imaginó.

EL DESAFÍO DE DUCASSE

Maldoror plantea un duelo al lector. Se enfrenta con él de manera violenta. Le desorienta, le hace enrojecer de cólera, le confunde y finalmente hace que le tome por un loco. Sólo un lector que supere la prueba que Lautréamount plantea, descubrirá que no era un loco, sino que muy al contrario, poseía un espíritu, en extremo, lúcido. Sólo superando la prueba planteada, podrá el lector hallar las claves para interpretar este canto, de estética diabólica, que no es sino, un glorioso himno, y una grave llamada hacia el bien supremo.

Es fácil, ahora, desentrañar el acertijo, pues tanto se ha hablado de la obra de Maldoror, tantas figuras eminentes han aportado su granito de arena, que la superación de la prueba planteada por Latréamont, no es sino, el resultado del esfuerzo colectivo.

No se puede juzgar severamente a quienes le tacharon en su momento de loco por la creación de Maldoror (salvo quizá por no haberle concedido una segunda lectura), ya que además de ser un completo desconocido, había roto las normas de la estética, saliendo de los parámetros razonables que podían comprenderse, dando pie, como así se le ha reconocido, a la corriente del surrealismo.

“Montaigne estaba recluido por una fuerte depresión (en vida e imagen del Conde de Lautréamont agrega que vivía torturado por remordimientos, el problema del bien y el mal era su obsesión) y ese encuentro fue decisivo. Nuestro diálogo se orientó de inmediato sobre Lautréamont, ya que experiencias de vida semejantes nos llevaban a ambos a una intensa identificación con el conde. Nuestra amistad terminó trágicamente con el suicidio de Montaigne.” Doctor Enrique Pichón Riviere.

En esto consiste el mito del conde de Lautréamount, el poeta maldito. Su obra “Los cantos de Maldoror”, el libro maldito, desconcertó a los más ilustres autores de la época, les hizo creer que estaba loco, pues no consiguieron hallar la clave del enigma.

Planteó serios conflictos morales y rompió la paz interior de innumerables estudiosos, arrojando al cinismo, medio a través del cual nos explicamos todo lo que de otra manera nos provocaría rubor, fuera de la faz de la tierra, provocando incluso suicidios entre quienes siguieron su obra de manera obsesiva.

En una primera lectura pasaría desapercibido, pero ahora se entenderán mejor las palabras con que empieza la obra:

“Quiera el cielo que el lector, animoso y momentáneamente
tan feroz como lo que lee, encuentre sin desorientarse su camino
abrupto y salvaje a través de las ciénagas desoladas de estas páginas
sombrías y rebosantes de veneno; pues, a no ser que aplique a su
lectura una lógica rigurosa y una tensión espiritual equivalentes por lo
menos a su desconfianza, las emanaciones mortíferas de este libro
impregnarán su alma, igual que el agua impregna el azúcar. No es
aconsejable para todos leer las páginas que seguirán; solamente a
algunos les será dado saborear sin riesgo este fruto amargo.”

UNA NIÑEZ TRÁGICA

Isidore Ducase nace en Montevideo el 4 de abril de 1846, durante terrible el sitio que mantenían los partidarios de Oribe sobre la capital de Uruguay. Fue bautizado el 15 de noviembre de 1847, tal como dice el acta de nacimiento:

“Año 1846, 4 de Abril, hora del mediodía: ante nosotros, administrador del Consulado General de Francia en Montevideo, ha comparecido el Sr. François Ducasse, canciller delegado de este consulado, de 36 años; el cual nos ha declarado el nacimiento de un niño que nos ha presentado y que hemos reconocido ser sexo masculino, nacido hoy, a las nueve de la mañana, del, declarante, y de la señora Célestine-Jacquette Davezac, su esposa, de 24 años, y el niño al que, según declaró, quería dar el nombre de Isidore-Lucien. Las declaraciones y presentaciones nos fueron hechas por él en presencia de los señores Eugène Baudry, de 32 años, y Pierre Lafargue, de 41 años, comerciantes franceses ambos, residentes en Montevideo, que han firmado junto con el compareciente y nosotros, después de leída el acta”

Transcurrido menos de un mes desde su bautismo, Celestine, la madre, de tan sólo veinticuatro años de edad se suicida. De ella no sabemos casi nada, porque toda huella de su paso por la tierra fue borrada por parte de su familia.

Tan sólo una lápida olvidada, con su nombre de pila, es testigo mudo de lo que ella fue.

Su padre, François Ducasse, era secretario del consulado general de Francia en Uruguay, y tras la muerte de la madre, se sabe que sus cuidados hacia el pequeño Isidore fueron nulos.

De esta manera, Isidore creció como un gaucho. Terminología que se empleaba localmente para aquellos niños que no tenían padres conocidos.

Fue en 1851, cuando Isidore contaba con cuatro años de edad, cuando se firma el fin del conflicto que atenazaba Montevideo.

Se sabe poco acerca de los primeros años de su vida, ya que, como con su madre, su familia trató de borrar todas las huellas de su existencia.

En 1860, a los catorce años de edad, viaja a París, donde llevará a cabo sus estudios, donde viviría los últimos años de su vida, y donde alumbró su obra maestra.

De este segundo periodo de su vida tenemos los escritos oficiales, tales como contratos de arrendamiento y matriculaciones en cursos, sus cartas y la narración de uno de sus condiscípulos, que muchos años después escribiría sobre él.

Se inscribió en el Liceo Imperial de Tarbes, donde estudió los siguientes tres años de su vida, y en 1863 se matricula en el Liceo de Pau, en los cursos de retórica y filosofía.

De esa época data un ejemplar de la Ilíada con el siguiente texto: “Propiedad del señor Isidoro Ducasse, nacido en Montevideo (Uruguay). Tengo también “Arte de hablar”, del mismo autor”.

El 25 de mayo de 1867, el joven Isidore, siempre nostálgico, viaja a bordo del “Harrik” hacia Montevideo. No se sabe nada de su estancia allí, pero sí que pronto volvió a París para continuar con sus estudios.

A finales de ese año se inscribió en la Universidad Politécnica.

SOBRE SU CARÁCTER Y LA CREACIÓN DE MALDOROR

Durante aquella segunda etapa de su vida jamás se sintió cómodo. El joven Isidore, siempre atormentado, vivió de pensión barata en pensión barata, economizando todo lo posible el dinero que le asignaba su padre para los estudios. Igualmente, no se sentía cómodo en ninguna universidad. Quizá debido a las vivencias de los primeros años de su vida, quizá por el desapego de su padre hacia él, el suicidio de la madre, o la actitud de su familia entera al enterrarla en el olvido, o quizá todo aquello junto, hizo que Isidore viera en cada hombre, tan sólo aquella tendencia hacia el mal. El orgullo, el cinismo y la hipocresía, que como en todas las demás, también dominó su época.

Trataba con sus compañeros de clase, siempre con profundo respeto, pero siempre guardando una fría y contenida distancia, que finalmente rozaba la ofensa.

El joven Isidore se sentía maldito, y así lo hizo ver algunas veces, cuando su alma, desgarrada de desesperación clamaba como esperando la acción de una mano amiga y protectora. Finalmente nada ocurría, quien estaba a su lado quedaba desconcertado ante algunas afirmaciones de Ducasse, que habrían sugerido tal idea en una mente inquisitiva, pero la profundidad de su alma era insondable para aquellos que le conocieron.

Cuando esto ocurría algo moría dentro de él. Se tornaba osco, pero inmediatamente le sobrevenía un estado de serenidad sorprendente. Se sabía maldito y sólo, y la aceptación de este hecho, le daba por fin la tranquilidad, pues nada debía esperar.

ALGUNAS PALABRAS SOBRE EL GENIO DE MALDOROR

Soupault, uno de sus condiscípulos, escribió sobre él, después de su fallecimiento, cuando la opinión general era que había estado loco:

Conocí a Ducasse en el liceo de Pau, en el año 1864. Estaba, conmigo y Minvielle, en la clase de retórica y en los mismos estudios. Veo todavía a ese joven alto y delgado, de espalda algo encorvada, tez pálida, largos cabellos que le caían sobre la frente, voz un tanto agria. Su fisonomía no tenía nada de atractivo. Estaba de costumbre triste y silencioso, y como replegado sobre sí mismo. Dos o tres veces me habló con cierta animación de países de ultramar donde llevaba una vida libre y feliz. Con frecuencia, en la sala de estudios, pasaba horas enteras con los codos apoyados en su pupitre, las manos sobre la frente y los ojos fijos en un libro clásico que no leía; se advertía que estaba sumido en un ensueño.

Con mi amigo Minvielle, pensábamos que sentía nostalgia y que sus padres no hubieran podido hacer nada mejor que llamarlo de vuelta a Montevideo. En clase, a veces parecía interesarse vivamente por las lecciones de Gustave Hinstin, brillante profesor de retórica, antiguo alumno de la Escuela de Atenas. Le gustaban mucho Racine y Corneille y sobre todo Edipo Rey, de Sófocles. La escena en que Edipo, conocedor por fin de la terrible verdad, profiere gritos de dolor y, arrancados los ojos, maldice su destino, le parecía muy hermosa. ¡Sólo lamentaba que Yocasta no hubiese llevado al colmo el horror trágico dándose muerte a la vista de los espectadores!

Admiraba a Edgar Allan Poe, cuyos cuentos había leído ya antes de entrar al liceo. También vi en sus manos un volumen de poesías, Albertus, de Théophile Gautier, que, según creo, le había pasado Georges Minvielle. En el liceo lo considerábamos un espíritu fantástico y Soñador, pero, en el fondo, buen muchacho, que no superaba entonces el nivel medio de instrucción, probablemente por causa de un atraso en sus estudios. Me mostró un día algunos versos compuestos a su modo. El ritmo, por lo que pude juzgar en mi inexperiencia me pareció un poco extraño, y el pensamiento, oscuro.

Ducasse sentía una aversión particular por los versos latinos. Un día, Hinstin nos dio a traducir en hexámetros el pasaje de Rolla, de Musset, sobre el pelícano. Ducasse, sentado detrás de mí en el banco más alto de la aula, murmuró a mi oído contra la elección de semejante tema. Al día siguiente, Hinstin comparó dos composiciones, clasificadas en primer término, con las de los alumnos del liceo de Lille, donde había dictado antes retórica. Ducasse manifestó vivamente su irritación: ¿Por qué eso?

Es a propósito para disgustar con el latín. Había cosas, creo, que no quería comprender para no perder nada de sus antipatías y sus desprecios.

A menudo se me quejó de dolorosas jaquecas que, según el mismo reconocía, no dejaban de influir sobre su espíritu y carácter. En los días de gran calor, los alumnos iban a bañarse en el curso de agua del Bois Louis. Era una fiesta para Ducasse, excelente nadador. Me sería muy necesario – me dijo un día, refrescar más a menudo en esa agua de fuente mi cerebro enfermo. Todos esos detalles no tienen mayor interés, pero existe un episodio que considero mi deber recordar. En 1864, hacia fines del año escolar,

Hinstin, que ya con frecuencia había reprochado a Ducasse lo que denominaba sus exageraciones de pensamiento y estilo, leyó una composición de mi condiscípulo.

Las primeras frases, muy solemnes, al principio lo hicieron reír, pero de pronto se enojó. Ducasse no había cambiado de manera, sino que la había agravado singularmente. Nunca hasta entonces había dado tanta rienda suelta a su desenfrenada imaginación. No había una sola frase cuyo pensamiento, hecho en cierto modo de imágenes acumuladas, de metáforas incomprensibles, no fuese por añadidura oscurecido por invenciones verbales y formas de estilo que no siempre respetaban la sintaxis.

Hinstin, clásico puro, cuya fina crítica no dejaba pasar error de gusto alguno, creyó que se trataba de una especie de desafío lanzado a la enseñanza clásica, una broma maligna al profesor. Contrariamente a sus hábitos de indulgencia, lo castigó privándolo de salida.

El castigo hirió profundamente a nuestro condiscípulo; se quejó con amargura, por este motivo, a mí a mi amigo mi amigo Georges Minvielle. Intentamos hacerle comprender que se había excedido por mucho la medida.

En el liceo, tanto en retórica como en filosofía, Ducasse no reveló, que yo sepa, ninguna aptitud particular para las matemáticas y la geometría, cuya encantadora belleza celebra con entusiasmo en Los Cantos de Maldoror. Pero le gustaba mucho la historia natural.

El mundo animal excitaba vivamente su curiosidad. Lo vi admirar largo tiempo una cetoina de color rojo vivo que había encontrado en el parque del liceo durante el recreo de mediodía. Sabiendo que Minvielle y yo éramos cazadores desde niños, a veces nos interrogaba sobre las costumbres y moradas de varios pájaros de la región pirenaica y las particularidades de su vuelo. Tenía atento espíritu de observación que no me sorprendió leer, al principio de los cantos primero y quinto de Maldoror, notables descripciones de los vuelos de las grullas y, sobre todo, de los estorninos, que había estudiado bien.

No volví a ver a Ducasse desde que salí del liceo, en 1865. Pero algunos años después recibí, en Bayona, Los Cantos De Maldoror. Era sin duda un ejemplar de la primera edición, la de 1868.

Ninguna dedicatoria, pero el estilo, las extrañas ideas que a veces entrechocaban como en confusión, me hicieron suponer que el autor no era otro que mi antiguo condiscípulo. Minvielle dijo que también él había recibido un ejemplar, enviado sin duda por Ducasse.”

  1. Alicot preguntó a Lespès si Los Cantos de Maldoror no eran una mistificación. ”No lo creo”, contestó.

”En el liceo, Ducasse tenía más relación conmigo y con Georges Minvielle que con los otros alumnos. Pero su actitud distante, si puedo emplear esa expresión, una suerte de gravedad desdeñosa y una tendencia a considerarse como un ser aparte, las oscuras preguntas que nos planteaba a quemarropa y nos resultaba embarazoso contestar, sus ideas, las formas de su estilo, cuya exageración señalaba nuestro excelente profesor Hinstin y, en fin, la irritación que manifestaba a veces sin motivo serio, todas esas rarezas nos inclinaron a creer que su cerebro carecía de equilibrio.

La imaginación desenfrenada se reveló por completo en un discurso en francés donde aprovechó la oportunidad para acumular, con escalofriante lujo de epítetos, las imágenes más atroces en relación a la muerte. Allí no había más que huesos rotos, entrañas colgantes, carnes sanguinolentas o deshechas. Fue el recuerdo de ese discurso lo que, años después, me hizo reconocer la mano del autor de Los Cantos de Maldoror, por más que Ducasse nunca me hubiese hecho alusión a sus proyectos poéticos. Minvielle y yo, así como otros condiscípulos, nos convencimos de que Hinstin había cometido un error al castigar a Ducasse, por su discurso, privándolo de salida. No se trataba de una broma maligna al profesor.

Ducasse se sintió profundamente herido por sus reproches y castigo. Estaba convencido, me parece, de haber compuesto un excelente discurso, lleno de ideas nuevas y bellas formas de estilo. Sin duda, si se comparan Los Cantos de Maldoror con las Poesías, se puede suponer que Ducasse no fuese sincero. Pero lo fue en el liceo, como creo, ¿por qué no lo habría sido más adelante, cuando se esforzó por ser poeta en prosa y, en una suerte de delirio de la imaginación, se convenció tal vez e que devolvería al bien, mediante la imagen de la delectación en lo horrible, a las almas desesperanzadas de la virtud y la esperanza? En el liceo considerábamos a Ducasse como un buen Muchacho, pero algo, cómo decirlo, chiflado. No carecía de moral; no tenía nada de sádico…”

UN CARÁCTER SINGULAR, EL GERMEN DE MALDOROR

El dinero que el padre de Isidore enviaba al creador de Maldoror apenas sufragaba sus gastos. El joven Ducasse gastaba más en libros que en comida, y ahorraba todo lo posible para editar su propia obra en el caso de que fuera rechazada.

La que sigue, es una carta que Isidore envía al director del banco en estos términos:

“Justamente ayer recibí su carta fechada el 21 de mayo; era la suya. Pues bien, sepa usted que desgraciadamente no puedo dejar escapar esta ocasión para expresarle mis excusas. Este es el motivo: si el otro día usted me hubiese informado, ignorando lo que puede sucederle de molesto a mi persona en las circunstancias en que se encuentra, que los fondos se agotaban, no me habría privado de tocarlos, pero seguramente hubiera sentido tanta alegría en no escribir esas tres cartas como usted en no leerlas.

Ha puesto usted en vigor el deplorable sistema de desconfianza vagamente prescrito por el capricho de mi padre; pero usted ha adivinado que mi dolor de cabeza no me impide considerar atentamente la difícil situación en que lo ha colocado, hasta ahora una hoja de papel de carta llegada de América del Sur, cuyo principal defecto era la falta de claridad; porque no tengo en cuenta la inconveniencia de ciertas observaciones  melancólicas que se perdonan fácilmente a un anciano, y que me parecieron en una primera lectura, tener el aire de imponerle a usted, quizás en lo futuro, la necesidad de abandonar su papel estricto de banquero frente a un señor que viene a habitar en la capital…

Discúlpeme, señor, tengo que hacerle un pedido: si mi padre enviase otros fondos antes del 19º de septiembre, época en la que mi cuerpo hará su aparición frente a la puerta de su banco, ¿tendría usted la bondad de hacérmelo saber? Por lo demás estoy en casa a cualquier hora del día; no tendrá más que escribirme una palabra, y es probable entonces que la reciba casi tan pronto como la señorita que tira del cordón, o mucho antes, si me encuentro en el vestíbulo…

¡Y todo esto lo repito, por una bagatela insignificante de formalidad! Mostrar diez uñas secas en lugar de cinco; vaya negocio; después de haber reflexionado mucho, confieso que me ha parecido lleno de una notable cantidad de importancia nula…”

Fue en 1868, con veintidós años de edad, cuando Isidore publicó, pagando él mismo la edición, publicó el primero de los cantos de Maldoror.

Louis Gennonceaux, escribió en el prefacio de la obra de Maldoror:

“Ducasse vive sólo. Frecuenta poco los cafés y hace largas caminatas a orillas del Sena. Durante el día lee mucho, y libros de toda clase. Sólo escribe de noche, sentado ante su piano, que junto con una cama y dos valijas llenas de libros, constituye el mobiliario. Bebiendo grandes cantidades de café, Ducasse declama sus frases acompañándolas de grandes acordes de piano. Método de trabajo que suele despertar, sobresaltados a los otros habitantes del hotel.”

Este canto pasó desapercibido, de manera que el joven escritor no recibió noticia alguna tras su publicación. Así en el segundo canto decía:

 “¿Adónde ha ido este primer canto de Maldoror desde el momento en que su boca, llena de hojas de belladona, lo dejó escapar a través de los reinos de la cólera, en un momento de reflexión? Dónde ha ido ese canto… No se sabe con exactitud. Ni los árboles ni el viento lo retuvieron. Y la moral que pasaba por ese sitio, sin presentir que ella tenía en esas páginas incandescentes un enérgico defensor, lo vio dirigirse, con paso firme y recto, hacia los recovecos oscuros y las fibras secretas…”

PRELUDIO DE LA TRAGEDIA DE MALDOROR

Meses después, termina su obra “Los cantos de Maldoror”. La presenta a varios editores, pero la rechazan. Finalmente, en 1869, Albert Lacroix, editor que se arriesgaba con escritores de poca notoriedad, imprime la obra, pero considerando que la violencia de su estilo podría empañar su imagen decide retenerlo. Sin embargo, a petición de Isidore, imprime 20 ejemplares, que repartió entre algunos de sus antiguos compañeros y su familia fundamentalmente.

La familia de Isidore no daba crédito a lo que tenían entre sus manos. Firmes defensores de la moral más conservadora y devotos fervientes, sintieron que aquello manchaba sus nombres. Que aquél mocoso rebelde debía enmendarse y abandonar de inmediato el camino del diablo.

Así se lo hizo saber su padre, quien le escribió una carta muy airado exigiéndole que tomara con renovado interés sus estudios y se dedicara a algo productivo.

Se sabe que su familia destruyó los ejemplares que Isidore les envió a penas empezada la lectura.

Tras esto, el joven Ducasse, más abatido que nunca, trató de agradar a un mundo que le daba la espalda, Escribió su segundo y último libro “Poesíes”, que cantaba a la esperanza de una manera clara y concisa, y también insulsa, como la de todos aquellos poetas que quedaron en el olvido. Hizo el depósito legal en Abril de 1.870, durante los siete siguientes meses luchó por ver publicada su obra, pero, siempre atenazado por la penuria económica, siempre atormentado por el rechazo de sus semejantes, llegó a renegar de los cantos de Maldoror, cosa de la que debió arrepentirse inmediatamente.

DE LA INCOMPRENSIÓN DE DUCASSE A LA ETERNIDAD DE MALDOROR

El creador de Maldoror se sumió en su última morada, desesperado, ajeno a todo el mundo, hasta que un día, caminando absorto por la calle llegó la noticia. Las fuerzas prusianas habían puesto sitio sobre París.

Isidore alzó la cabeza y miró al cielo, había sido colocada la última pieza de su vida. Se había cerrado el círculo. Volvió a su casa y se suicidó.

Tiempo después de Los cantos de Maldoror, cuando terminó la obra “Poesíes” escribió a su editor en estos términos:

“Lacroix ha cedido la edición o qué ha hecho? ¿O usted la ha rechazado? Él no me ha dicho nada. No lo he vuelto a ver desde entonces. Usted sabe, he renegado de mi pasado. Ya no canto sino la esperanza: pero para esto es necesario atacar ante todo la duda de este siglo (melancolías, tristezas, dolores, desesperaciones, lúgubres relinchos, perversidades artificiales, orgullos pueriles, maldiciones extrañas, etc.). En una obra que llevaré a Lacroix en los próximos días de Marzo, elijo las más bellas poesías de Lamartine, de Víctor Hugo, de Alfredo de Musset, de Byron y de Baudelaire, y las corrijo en el sentido de la esperanza; indico cómo habrían debido hacerse. Al mismo tiempo corrijo tres trozos entre los más malignos de mi condenado libraco.”

El acta de defunción de Isidore Ducasse dice lo siguiente:

”El jueves 24 de noviembre de 1870, a las dos de la tarde, acta de fallecimiento de Isidore-Lucien Ducasse, escritor de 24 años, nacido en Montevideo (América Meridional), fallecido esta mañana a las 8 horas, en su domicilio, calle Faubourg-Montmartre, Nº7, sin que haya otras informaciones. El acta ha sido levantada en presencia del Sr. Jule François Dupuis, hotelero, calle Faubourg-Mont- martre, Nº7, y Antoine Milleret, mozo de hotel, misma casa, testigos que firmaron con nosotros, Louis-Gustave Nast, adjunto del intendente, hecha la lectura y comprobado el fallecimiento según lo prescribe la ley”.

  “Años más tarde, el movimiento surrealista, que descartando primero a Baudelaire y luego a Rimbaud, prefirió el gusto al escándalo y, para decepcionar las admiraciones burguesas, prefirió a un Lautréamont genial y mitológico, del cual hizo un arcángel enfurecido que lanzaba blasfemias en la noche apocalíptica”, dirá Marcel Raymond en su “De Baudelaire au Surrealisme”.

Que Los cantos de Maldoror se convirtiera con el tiempo en una obra con un reconocimiento tan unánime no puede ser fruto de la casualidad.

BREVE FRAGMENTO DE  LOS CANTOS DE MALDOROR

Viejo océano de ondas de cristal, te pareces, guardadas las
proporciones, a esas marcas azuladas que se ven en el dorso magullado
de los grumetes, eres una inmensa equimosis que se muestra sobre el
cuerpo de la tierra: me encanta esta comparación. Así, al primer golpe
de vista, un soplo prolongado de tristeza, que se tomaría por el
murmullo de tu brisa suave, pasa, dejando rastros inefables sobre el
alma profundamente sacudida, y recuerdas a la memoria de tus
amantes, sin que ellos lo adviertan, los duros comienzos del hombre
en los que inicia sus relaciones con el dolor, que no ha de abandonarlo
nunca más. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, tu forma armoniosamente esférica, que regocija
La cara grave de la geometría, me recuerda demasiado los ojillos del
Hombre, parecidos por su pequeñez a los del jabalí, y a los de las aves
Nocturnas por la perfección circular del contorno. Sin embargo, en el
Transcurso de los siglos, el hombre no ha dejado nunca de creerse bello.
Pero pienso que más bien cree en su belleza por amor propio, aunque
En realidad no es bello y lo sospecha; si no, ¿por qué contempla el rostro
De sus semejantes con tanto desprecio? ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, eres el símbolo de la identidad: siempre igual a
Ti mismo. No presentas cambios fundamentales, y si tus olas en alguna
Parte están encrespadas, más lejos, en otra zona, se encuentran en la
más completa calma. No eres como el hombre que se detiene en la calle
para ver cómo se toman por el cuello dos bull-dogs, pero que no se
detiene cuando pasa un entierro; que por la mañana está afable y por
la tarde malhumorado, que hoy ríe y mañana llora. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, no sería del todo imposible que escondieras en
Tu seno futuros beneficios para el hombre. Ya le has dado la ballena.
No dejas adivinar fácilmente a los ojos ávidos de las ciencias naturales
Los mil secretos de tu íntima estructura: eres modesto. El hombre se
Jacta continuamente, y sólo de minucias. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, las especies diversas de peces que alimentas,
No se han jurado fraternidad entre sí. Cada especie vive apartada.
Los temperamentos y las conformaciones variables de una a otra,
Explican, de manera satisfactoria, lo que al comienzo sólo parece una
anomalía. Lo mismo pasa con el hombre, que no tiene los mismos
motivos de disculpa. Si un trozo de tierra está ocupado por treinta
millones de seres humanos estos se creen obligados a no mezclarse
en la existencia de sus vecinos, que han echado raíces en el trozo de
tierra contiguo. Grande o pequeño, cada hombre vive como un
salvaje en su guarida, y sale de ella muy poco para visitar a sus
congéneres, acurrucados igualmente en otra guarida. La gran familia
universal de los seres humanos es una utopía digna de la lógica más
mediocre. Además, del espectáculo de tus mamas fecundas se
deduce la noción de ingratitud: pues se piensa inmediatamente en la
multitud de padres ingratos hacia el Creador como para Abando-
nar el fruto de su miserable unión. ¡Te saludo, viejo océano!

 

Viejo océano, tu grandeza material sólo puede medirse con la
Magnitud que uno se representa de la potencia activa que ha sido
Necesaria para engendrar la totalidad de tu masa. No se te puede
Abarcar de una ojeada. Para contemplarte es imprescindible que la
Vista haga girar su telescopio con movimiento continuo hacia los cuatro
Puntos del horizonte, del mismo modo que un matemático está
obligado, para resolver una ecuación algebraica, a examinar por
separado los distintos casos posibles, antes de superar la dificultad. El
hombre ingiere sustancias nutritivas y realiza otros esfuerzos dignos
de mejor suerte para dar la idea de que es corpulento. Que se hinche todo
lo que quiera esa rana adorable. Quédate tranquilo, nunca igualará tu
volumen; por lo menos esa es mi opinión. ¡Te saludo, viejo océano!
Viejo océano, tus aguas son amargas. Tienen exactamente el
Mismo gusto que la hiel destilada por la crítica sobre las bellas artes,
Sobre las ciencias, sobre todo. Si alguien tiene genio, se le hace pasar
por idiota, si algún otro es corporalmente bello, resulta un horrible
contrahecho. No hay duda de que el hombre debe sentir intensamente
su imperfección, cuyas tres cuartas partes son, por lo demás, obra
suya, para criticarla de tal modo. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, los hombres, pese a la excelencia de sus métodos,
Todavía no ha logrado, con ayuda de los procedimientos de investi-
gación de la ciencia, medir la profundidad vertiginosa de tus abismos,
algunos de los cuales hasta las sondas más largas y pesadas han
reconocido inaccesibles. A los peces… le está permitido; no a los
hombres. Muchas veces me he preguntado si será más fácil de
reconocer la profundidad del océano que la profundidad del corazón
humano. A menudo, con la mano apoyada en la frente, de pie sobre
los barcos, en tanto que la luna se balanceaba entre los mástiles en
forma irregular, me he sorprendido mientras hacía a un lado todo
aquello que no era el fin que yo perseguía, esforzándome por resolver
ese difícil problema. Si, ¿cuál es más profundo, más impenetrable de
los dos: el océano o el corazón humano? Si treinta años de experiencia
de la vida pueden, hasta cierto punto, inclinar la balanza hacia una u
otra solución, me estará permitido decir que, pese a lo profundo del
océano, no podrá igualarse, en lo que respecta a dicha propiedad, con
lo profundo del corazón humano. Estuve en contacto con hombres que
fueron virtuosos. Morían a los sesenta años y nadie dejaba de
exclamar: “Han practicado el bien en este mundo, lo que quiere decir
que han sido caritativos: eso es todo; no hay en ello picardía alguna
y cualquiera puede hacer otro tanto.” ¿Quién comprenderá por qué dos
amantes que se idolatraban la víspera, se separan por una palabra mal
interpretada, uno hacia oriente, otro hacia occidente, con los aguijones
del odio, de la venganza, del amor y de los remordimientos, y no se
vuelven a ver nunca más, embozado cada uno en su altanería solitaria?
Es un milagro que, aunque se renueva diariamente, no deja por eso de
Ser menos milagroso. ¿Quién comprenderá por qué se saborean, no
Sólo las desgracias generales de los semejantes, sino también las
Particulares de los amigos más queridos, aunque al mismo tiempo se
Sufra aflicción? Un ejemplo irrebatible para cerrar la serie: el hombre
Dice sí hipócritamente y piensa no. Por esa razón los jabatos de la
Humanidad confían tanto los unos en los otros, y no son egoístas.
Todavía le queda a la psicología mucho camino por andar. ¡Te saludo, Viejo océano!
Viejo océano, tu poder es extraordinario y los hombres han
Aprendido a conocerlo a sus expensas. Por más que empleen todos los
Recursos de su genio, son incapaces de dominarte. Han encontrado a
su maestro. Debo agregar que han encontrado algo más fuerte que
ellos. Ese algo tiene un nombre. Ese nombre es: ¡océano! El miedo que
les inspiras ha hecho que te respeten. Con todo, haces danzar sus
máquinas más pesadas con gracia, elegancia y facilidad. Les haces
ejecutar saltos gimnásticos hasta el cielo y admirables zambullidas
hasta el fondo de tus dominios que despertarían la envidia de un
saltimbanqui. Bienaventurados aquellos que no llegas a envolver
definitivamente con tus pliegues burbujeantes, para ir a ver, sin
ferrocarril, en tus entrañas acuosas, cómo lo pasan los peces, y sobre
todo, cómo lo pasan ellos mismos. El hombre dice: “yo soy más
inteligente que el océano.” Es posible, quizás hasta sea cierto; pero
más miedo tiene el hombre al océano, que el que éste le tiene al
hombre; lo cual no necesita demostración. Ese patriarca observador,
contemporáneo de las primeras épocas de nuestro globo suspendido,
sonríe compasivo cuando asiste a los combates navales de las
naciones. Ahí tenéis un centenar de leviatanes salidos de las manos
de la humanidad. Las órdenes enfáticas de los superiores, los gritos
de los heridos, el estruendo de los cañones, constituyen una barahún-
da apropiada para aniquilar a unos pocos segundos. Pareciera que el
drama ha concluido y que el océano lo ha engullido todo en su vientre.
Las fauces son formidables. ¡Qué inmenso debe de ser hacia abajo,
en la dirección de lo desconocido! Como remate de la estúpida
comedia, que ni si quiera despierta interés, se ve en medio de los aires
alguna cigüeña retrasada por la fatiga, que se pone a gritar sin
disminuir el empuje de su vuelo: “¡Vaya! … ¡no me gusta nada!
Había allá abajo unos puntos negros; cerré los ojos y ya no están
Más. “¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, oh gran célibe; cuando recorres la solemne
Soledad de tus reinos flemáticos, te enorgulleces con justicia de tu
Magnificencia natural y de la merecida alabanza que me apresuro a
Dedicarte. Voluptuosamente mecida por los tiernos efluvios de tu
Lentitud majestuosa –atributo, el más grandioso entre aquellos con que
El soberano te ha favorecido-, tú haces rodar, en medio de tu sombrío
Misterio, por toda tu superficie sublime, las olas incomparables, con
El sentimiento sereno de tu eterno poder. Ellas desfilan paralelamente,
Separadas por cortos intervalos. Apenas una disminuye, otra que crece
Va a su encuentro, acompañada del rumor melancólico de la espuma
Que se deshace para advertirnos que todo es sólo espuma. (Así los seres
Humanos, esas olas vivientes, perecen uno tras otro, de un modo
Monótono, sin producir siquiera rumor espumoso.) El ave de paso
Reposa sobre ellas confiada, dejándose llevar por sus movimientos
Llenos de gracia arrogante, hasta que el armazón de sus alas haya
Recobrado el vigor normal para continuar su aérea peregrinación.
Quisiera que la majestad humana fuera por lo menos la encarnación
Del reflejo de la tuya. Pido demasiado, y este deseo sincero te glorifica.
Tu grandeza moral, imagen del infinito, es inmensa como la reflexión
Del filósofo, como el amor de la mujer, como la belleza divina del ave,
Como la meditación del poeta. Eres más bello que la noche. Contés-
tame, océano: ¿quieres ser mi hermano? Muévete impetuosamente…
Más… todavía más, si aspiras a que te compare con la venganza de
Dios: alarga tus garras lívidas fraguándole un camino en tu propio
Seno… está bien. Haz rodar tus olas espantosas, océano horrible que
Sólo yo comprendo, y ante el cual caigo prosternado. La majestad del
Hombre es prestada; no se me impone; tú sí. Oh, cuando avanzas con
La cresta alta y terrible, -rodeado por tus repliegues tortuosos como por
Un séquito, magnético y salvaje, haciendo rodar tus ondas unas sobre
otras, con la conciencia de lo que eres, en tanto que lanzas desde las
profundidades de tu pecho, como abrumado por un inmenso remordi-
miento que no puedo descubrir, ese sordo bramido perpetuo que tanto
atemoriza a los hombres, hasta cuando te contemplan trémulos desde
la seguridad de la costa; entonces comprendo que no poseo el insigne
derecho de proclamarme tu igual. Por eso, frente a tu superioridad,
te entregaría todo mi amor (y nadie conoce la cantidad de amor
contenida en mis aspiraciones hacia lo bello) si no me recordaras
dolorosamente a mis semejantes, que forman contigo el más irónico
contraste, la antítesis más grotesca que jamás se haya visto en la
creación: no puedo amarte, te aborrezco. ¿Por qué entonces vuelvo
a ti, por milésima vez, hacia tus manos amigas que se disponen a
acariciar mi frente ardorosa, cuya fiebre desaparece a tu contacto? No
conozco tu destino secreto, todo lo que te concierne me interesa. Dime,
entonces, si eres la morada del príncipe de las tinieblas. Dímelo…
dímelo, océano (solamente a mí para no entristecer a aquellos que
hasta ahora sólo han conocido ilusiones), y si el soplo de Satán crea
las tempestades que levantan tus aguas saladas hasta las nubes. Es
preciso que me lo digas porque me alegraría saber que el infierno está
tan cerca del hombre. Quiero que ésta sea la última estrofa de mi
invocación. Por lo tanto, quiero saludarte una vez más y presentarte
mi adiós. Viejo océano de ondas de cristal… abundantes lágrimas
humedecen mis ojos, y me faltan fuerzas para proseguir, pues siento
que ha llegado el momento de retomar con los hombres de aspecto
brutal; pero… ¡ánimo! Hagamos un gran esfuerzo y cumplamos, con
el sentimiento del deber, nuestro destino sobre esta tierra. ¡Te saludo, viejo océano!

MALDOROR Y EL SITIO DE MONTEVIDEO DURANTE LA NIÑEZ DE DUCASSE

En 1.830 se había firmado la primera constitución de Uruguay, recogiendo, por primera vez los territorios que conformaban la Banda de Oriente y ordenándolos bajo una enseña y un código, que conformaban la efectiva independencia del país.

Si Uruguay no hubiera tenido caudillos como el Capitán Artigas, como Pedro José Viera o Venancio Benavides, hubiera pasado a formar parte, sin duda de los bastos territorios de Argentina, o quizá de Brasil.

El sueño, por tanto, era ya una realidad, pero aún quedaban por superar amargas pruebas para un pequeño país rodeado de titanes, y siempre a punto de estallar debido a las presiones internas.

El primer presidente de la emergente potencia fue Fructuoso Rivera, quien lucho junto al capitán Artigas hasta que su ejército fue derrotado y obligado a retirarse al medio rural. A partir de este momento, Rivera vislumbró una remota posibilidad de gobernar y la persiguió aún a costa de traicionar la causa de su capitán. A partir de este momento se sumaría a la causa luso-brasileña, preparando incluso, un complot para asesinar a Artigas.

En 1.834 sucedió en la presidencia a Rivera, Manuel Oribe, quien también había luchado en las filas y tuvo un pasado desleal con Artigas.

Sucedió que Rivera y Oribe mantenían una enemistad antigua, y ante la insistencia de Artigas de confiar en Rivera la defensa del sur del río negro, Oribe trató de hacerle cambiar de idea, y ambos se cruzaron amargas palabras, tras lo cual, Manuel Oribe abandonó la causa de Artigas y marchó a Río de la Plata, llevándose consigo el batallón de libertos y un batallón de artillería, y dejando, sin sospecharlo, el camino libre a Rivera para la traición.

Decíamos que en 1.834, Manuel Oribe había ganado la presidencia del país sobre Fructuoso Rivera, pero este no estaba dispuesto a abandonar el poder conseguido a tan alto precio, y menos aún dejarlo en manos de su ancestral enemigo.

Así, no dispuesto a abandonar el cargo, y con su enemigo acechando la presidencia, tiempo atrás había creado un cargo. El de Comandante General de la Campaña, y gracias a esto, tras la victoria de Oribe, seguía ostentando gran parte del poder.

De esta manera, Rivera se lanzó sobre Oribe organizando una revolución. Oribe decretó que sus seguidores usaran una divisa blanca, mientras que Rivera adoptó la colorada. De esta manera nacieron los blancos y colorados, que se enfrentaron en guerra civil por el control del país.

Las vinculaciones de los colorados con los unitarios argentinos y de los blancos con los federalistas, hicieron que Argentina tomara partido una y otra vez. A esta se sumó Brasil, y para preservar sus intereses comerciales se involucraron también Francia y Gran Bretaña. Por esto se llamó a esta guerra La guerra grande.

Oribe ganó terreno hasta arrinconar a Rivera en Montevideo, tras lo cual comenzó el sitio de Montevideo.

En esta etapa convivieron en el país dos gobiernos. El colorado en Montevideo, llamado de la Defensa y el blanco en el Cerrito.

Rivera construyó tres campamentos en las afueras de la ciudad y controlaba la totalidad del país.

Oribe organizó el país como si ya le perteneciera. Nombró ministros, redactó gran cantidad de disposiciones legales y hizo valer la constitución de 1.830 como base de su ordenamiento jurídico.

Las calles de Montevideo rebullían de soldados de todas las nacionalidades: argentinos, italianos, españoles, franceses, montevideanos y negros libertos. Estos eran los ciudadanos que residían en aquel entonces en la ciudad.

Al principio de la guerra, dos facciones opuestas de Argentina apoyaron a ambos bandos. Este fue el momento en que Oribe tomó el control del país y puso sitio a la capital.

En los sucesivos años, Rivera resistió entre refriegas y combates abiertos, hasta que hacia el final de la guerra atrajo sobre sí la colaboración del gobierno brasileño, que envió sus tropas para levantar el sitio.

Por su parte, Francia e Inglaterra tomaron partido también por Rivera, puesto que la idea de los estados confederados, que inició Artigas y que ahora defendía Oribe, les incomodaba, pues hubiera supuesto un serio inconveniente a sus aspiraciones económicas en la región.

De esta manera, tras ocho largos años de sitio, terminó el Sitio Grande, como se le llamó desde entonces, siendo Oribe y el ideal federalista derrotado por los mismos que habían vencido años atrás a su predecesor Artigas.

Cabe destacar la participación del aventurero Giuseppe Garibaldi, que ya había combatido anteriormente a favor de la República Farroupilha de Grande do Sul y por la República Catarinense.

En la defensa de la República de Montevideo, Rivera puso su cargo una flota con la que ganó batallas determinantes.

Acerca de Garibaldi se conserva la siguiente descripción, escrita por Jhon Foster (vicecónsul británico en El Realejo) a Frederick Chatfield, cónsul general para Centroamérica.:

“Es muy modesto, con un grado extraordinario de simpleza; no quiere ser reconocido y pasa bajo el nombre de Capitán Ansaldo. Fue originalmente marino y se distinguió como Almirante en la Escuadra de Montevideo en conflictos diversos contra la flota de Buenos Aires al mando de nuestro compatriota Brown. Su actitud es particularmente amable. Pero sus ojos inquisidores revelan determinación en sus decisiones. Su famosa barba roja, aunque reducida, no deja de ser respetable. Ni en su vestimenta ni en su trato hay indicios del espíritu ardiente e inquieto que lleva dentro sí. Carpaneto me dijo que él, Garibaldi, dejó Roma de la misma manera que entró en ella: sin un centavo. Yo me imagino que se está preparando para retornar a Italia cuando las circunstancias lo permitan”.

EL CAPITÁN ARTIGAS Y LA REVOLUCIÓN AMERICANA, UN HÉROE DEL TIEMPO DE MALDOROR

¿Qué inspiró a la creación de Maldoror?, ¿cuál es el contexto de la obra?

El 19 de Junio de 1764, nace quien, por derecho propio ostenta el honor de ser el máximo héroe uruguayo. José Gervasio Artigas Arnal.

Vio la luz en el seno de una de las familias más ponderadas de la ciudad. Fue el tercero de seis hermanos. Hijo de Martín José Artigas Carrasco y de Francisca Antonia Arnal Rodríguez.

Fue un joven inquieto, inteligente y muy comprometido con la liberal. Recibió la mejor educación posible, a manos de los padres franciscanos del convento de San Bernardino, pero él siempre había sentido más inclinación por las tareas rurales que las administrativas. De este modo, con doce años, se trasladó al campo. A unas tierras pertenecientes a su familia, donde pronto trabó amistad con los gauchos, y gracias a esto, adquirió destreza en el manejo del caballo y de las armas.

El general Vedia en sus “Apuntes biográficos sobre Don José Artigas” afirma:

Don José Artigas era un muchacho travieso e inquieto y propuesto a sólo usar de su voluntad; sus padres tenían establecimientos de campaña y de uno de estos desapareció a la edad como de 14 años y ya no paraba en sus estancias, sino una que otra vez, ocultándose a la vista de sus padres. Correr alegremente los campos, changuear y comprar en éstos ganados mayores y caballadas, para irlos a vender a la frontera del Brasil portugues, algunas veces contrabandear cueros secos, y siempre haciendo la primera figura entre los muchos compañeros, eran sus entretenimientos habituales …. Se habían pasado cosa de dieciséis a dieciocho años, cuando después abrazó su carrera de vida suelta, lo vi por primera vez en una estancia, a orillas del Bacacay, circundado de muchos mozos alucinados que acababan de llegar con una crecida porción de animales a vender. Esto fue a principios del año 93, en la estancia de un hacendado rico, llamado el capitán Sebastián”.

En 1.977, con treinta y tres años, amparándose en una amnistía que ofrecía el estado para quienes no tuvieran delitos de sangre, José Artigas empezó una nueva vida.

Ingresó como soldado raso al recién creado cuerpo de Blandengues de Montevideo, una milicia especialmente autorizada por el rey en el Virreinato español del Río de la Plata, que tenía como fin proteger las fronteras. De esta manera, Artigas participó en la guerra que mantenía España contra Portugal en las indias.

En esta campaña, José Artigas conoció al que sería desde entonces, el compañero más leal que tendría.

Fue en la frontera con las colonias de Portugal. Unos portugueses habían capturado a un afro-montevideano, y ahora, lo vendían como esclavo.

Apenas pudo nuestro héroe, contener el desprecio que sintió entonces hacia quienes traficaban con la vida ajena, en tierra ajena y de forma tan ilegítima. Pagó la cantidad requerida e inmediatamente concedió la libertad al desdichado.

Su, desde entonces, fiel amigo y camarada, se llamaba Joaquín Lencina, más conocido como “el negro Ansina”. Joaquín Lencina acompañó a Artigas durante toda su vida y fue su cronista.

Sobre los años de Artigas en el cuerpo de Blandengues, escribió los siguientes versos:

“Aunque en Maldonado está
el cuartel general,
el blandengue siempre va
por toda la tierra Oriental.
Artigas enseña
a no encender el fogón
que deje seña
de su posición…
Sigue, de noche y de día,
las huellas criminales
buscando con porfía
a hombres y animales”.

En 1.806, ante la invasión inglesa, organizó por sí sólo una fuerza de trescientos hombres que no llegó a entrar en combate, pues los ingleses fueron prontamente vencidos.

Dos años después, Napoleón había invadido España y las colonias españolas quedaban sin una autoridad real desde Europa. Esto provocó una serie de revueltas en todo el continente, que en muchos casos fructificaron, haciendo retroceder a los españoles a sus últimos reductos.

Artigas, ya convertido en capitán, fue reclamado por Buenos Aires por su experiencia en los campos de batalla, contra Portugal e Inglaterra. Su capacidad para liderar y convocar a las tropas fue reconocida, y gracias a sus dotes, tras abandonar el cuerpo de Blandengues, el imperio español fue empujado hacia el Este, hacia la Banda Oriental.

Había servido a los proyectos de independencia de la actual Argentina, pero Artigas soñaba con algo más. Había visto cómo las colonias de Norteamérica, tras sacudirse a los ingleses, habían creado un país de estados confederados. Sabía que la fuerza de las naciones que se engendraran se debería a su cohesión, y soñaba con ver los territorios de la Banda Oriental, más los que conformaban la actual Argentina se ordenaran también en estados confederados e independientes, con un gobierno supremo que regiría sobre los negocios generales del estado y sobre su defensa.

Fue este supremo ideal, esta idea de una patria grandiosa conformada por pequeñas naciones con su propia legislación, y en definitiva, fue la idea de la descentralización más absoluta del poder, lo que le provocó la irreconciliable enemistad con el nuevo gobierno de Buenos Aires, y las consecuencias de ello las acarrearía hasta el final de sus días.

Al principio Buenos Aires no se preocupaba en modo alguno de él. Había sido un excelente adalid para la revolución, un magnífico capitán, pero seguro que no sería el gran líder que hacía falta para que aquellas ideas prosperaran.

Se le concedió la regencia de unas tierras despobladas en Yapeyú, bajo el pomposo título de “Teniente Gobernador, Justicia Mayor y Capitán del Departamento de Yapeyú”, pero de nuevo sorprendió su audacia y su poder de convocatoria cuando, seguido de dieciséis mil colonos, pobló aquellas tierras y estableció un gobierno propio otorgándose así mismo las funciones de un jefe de estado.

Ante tal hecho, el gobierno de Buenos Aires, viendo peligrar su propio proyecto de estado, puso una recompensa de seis mil pesos a las personas que le entregaran vivo o muerto.

En 1.814, Artigas organizó la Liga de los Pueblos Libres, de la que se declaró su protector. Al año siguiente, el capitán Artigas liberó la ciudad de Montevideo de los partidarios de Buenos Aires y tomó el control total de la Banda Oriental.

Carlos María Alvear, regente de Buenos Aires, veía cada vez con más preocupación los avances de Artigas. En un intento de sacudirse aquella guerra civil y poder así gobernar los territorios de la actual Argentina con libertad, ofreció a Artigas la independencia de la Banda Oriental, pero este la rechazó. No quería un país pequeño y un gobierno débil, sino formar una gran nación con todos los estados de Sudamérica.

Las batallas continuaron, y las crecientes victorias de Artigas provocaron la caída de Alvear. A este le sucedió Ignacio Álvarez Thomas, quien no mejoró las relaciones con Artigas, pero tampoco trató de volver a anexionar la Banda Oriental.

Desde Buenos Aires se contemplaba con recelo a la bestia oriental, temiendo una invasión o incluso una revuelta del resto de provincias del Río de la Plata, y no sin razón.

El 29 de junio de 1815 se reunió el congreso de los Pueblos Libres llamado Congreso de Oriente. Fue convocado por Artigas para tratar la organización política de los Pueblos Libres, el comercio interprovincial y con el extranjero, el papel de las comunidades indígenas en la economía de la confederación, la política agraria y la posibilidad de extender la Confederación al resto del ex-Virreinato del Río de la Plata.    En este congreso, las provincias de Córdoba, Corrientes, Entre Ríos, Misiones, Santa Fe y la Provincia Oriental se declararon independientes de todo poder extranjero, al tiempo que se invitó a las demás Provincias Unidas del Río de la Plata a sumarse a un sistema federal, ya que dicha declaración de independencia no era una declaración separatista del Río de la Plata. A la Liga Federal estuvieron a punto de sumarse las provincias de Santiago del Estero y La Rioja aunque en ambas al final vencieron las tropas de Buenos Aires.

Envió una delegación a Buenos Aires con la premisa de mantener la unidad en base a los principios de: «

“La soberanía particular de los pueblos será precisamente declarada y ostentada, como objeto único de nuestra revolución; la unidad federal de todos los pueblos e independencia no solo de España sino de todo poder extranjero …”. Los cuatro delegados fueron detenidos en Buenos Aires, y el nuevo Director ordenó invadir Santa Fe.

El nueve de Julio de 1.816 se declaró la independencia de las Provincias Unidas de Rio de la Plata, pero las provincias pertenecientes a la Liga de los Pueblos libres no fue representada.

El crecimiento de la influencia de la idea de Artigas amenazaba tanto a los intereses de Argentina, Brasil, Portugal y el reino Unido, que en Agosto de 1.806 un gran ejército luso-brasileño invadieron la Banda Oriental haciendo perder a Artigas casi todos los territorios en muy poco tiempo.

Tras la conquista de Montevideo, la guerra fue llevada al medio rural, y tras tres años de desesperada resistencia Artigas fue finalmente derrotado y se exilió a Paraguay junto a su fiel amigo el negro Ansina.

Atrás quedaron sus sueños de libertad para las comunidades indígenas, su anhelo de crear un gran estado libre de toda influencia extranjera y sus ideales de que cada provincia anduviera libre el camino de la historia.

Aún hoy no se han sacudido, la mayoría de los países sudamericanos la influencia de los intereses creados de fuerzas ajenas. Aún hoy gran parte de este pueblo vive sometido a las potencias extranjeras y a los propios dictadores, que como en tiempos de Artigas, son colocados para satisfacer intereses que nada tienen que ver con el país.

¿Pudo ser la historia diferente? José Gervasio Artigas Arnal, pensaba que sí, y lo intentó hasta desfallecer, pero ni el camino de la razón ni la fuerza de las armas fueron suficientes para derrotar a ese gran monstruo que acompaña al hombre desde el principio de los días.

Antes de su muerte, fue nombrado Kary Guazú (gran señor), por el pueblo paraguayo y guaraní, título que hasta el día de hoy sólo ostentan dos personajes más.

Por fin, el 23 de Septiembre de 1.850, con ochenta y seis años de edad falleció en su exilio. Pero instantes antes de expirar, se enderezó en la cama, con los ojos desorbitados y la mirada ausente. Quizá recordaba tiempos pasados, en los que la lucha parecía tener algún sentido, o quizá, atormentado por la penosa situación de su patria, intuyendo quizá que la desgracia se cebaría con ella una vez más gritó:

“¡Mi caballo. Tráiganme mi caballo!”.

Un misterioso hospital, un horrible parto. Las matronas han huido espantadas y el doctor Hillmore intenta asesinar al bebé. Pero ¿qué está ocurriendo? 
El bebé tiene horribles mutaciones. Algunos dicen que se trata del anticristo, Pero Arnold y Marie harán lo posible por salvar a su hijo y se ven inmersos en una fuga a lo largo de todo el país. Mientras tanto Arnold, enfermo de amnesia, busca su propia identidad perdida, pues en ella está la clave para resolver el misterio.

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