Las sombras errantes podría tratarse de la constatación máxima del espanto. Se trata de un fenómeno muy específico y extraño relatado por multitud de testigos, según el cual una figura de dos a tres metros de altura, cuya negrura resalta sobre la oscuridad de la noche más cerrada aparece ante los testigos y o bien se muestra ante ellos, o bien les sigue como intentando capturarles o les llama y ordena que se acerquen a él.

Testigos de las sombras errantes

Esta vivencia en todos los casos se relata, como decía como el espanto máximo. Siempre el testigo relata que huyó de ella con desesperación y yo me pregunto ¿por qué no hay testigos que puedan relatar un encuentro cercano con esta sombra? La narración de este fenómeno ha conseguido conectar vivencias propias que para mí no tenían conexión pero ahora sí la tienen y eso me ha asustado profundamente, no por rememorar antiguas experiencias, sino por darme cuenta de que esa sombra negra que vi una noche se ha manifestado otras veces en mi vida; que no se trataba de multitud de casos sin conexión entre sí, sino que al menos dos vivencias de las muchas que sufrí pertenecen a las sombras errantes.

Por otra parte, antes de indagar en más profundidades, decía que yo me preguntaba ¿por qué no hay testigos que puedan relatar un encuentro cercano con esta sombra? Quizá alguien sí que se haya aproximado a ella, quizá la sombra, a lo largo de la historia sí que haya atrapado a alguien, o quizá no, quizá su única función es la de espantarnos, no sé bien por qué, aunque el relato me recuerda también, de forma muy inquietante otra historia que narra Raymond Moody en su libro Vida después de la vida, que ya reseñé anteriormente en este blog, según la cual un niño de seis años clínicamente muerto, al regresar contó cómo una figura negra y espantosa bloqueó su camino luminoso hacia la luz diciendo “ya te tengo”. Entonces una fuerza le atrajo de nuevo hacia su cuerpo para continuar su vida. De tratarse del mismo fenómeno este sería el encuentro conocido más cercano.De la vida y la muerte

Una infancia marcada por lo singular

Como he narrado en artículos anteriores, he sufrido montones de vivencias de esta clase de fenómenos hasta el punto de recordar mi niñez en su globalidad con una pátina de inquietud, de tristeza y de miedo sobre algo que estaba ocurriendo a mi alrededor que forzosamente debía ser una experiencia personal, pues aunque intentara compartirla con alguien era imposible hacerlo. Era imposible que nadie creyera en la magnitud de lo que intentaba relatar, pero aunque no lo fuera el resultado habría sido el mismo; la soledad de alguien que se enfrenta a lo imposible en las horas de la noche en la que todos duermen o cuando se queda solo en casa.

Por poner un ejemplo de lo que esto supuso en mi infancia, una vez caminaba con unos amigos riendo, de pronto un desconchón de una pared me pareció la cara de un muerto. Por supuesto era mi imaginación y lo sabía, pero esto me recordó de inmediato mis vivencias aterradoras y de pronto me abrumó una sensación de soledad y de angustia. De pronto escuchaba las conversaciones de los demás como muy ajenas a mi mundo, pareciéndome la realidad entera tal y como a conocemos como una farsa.

Sentía como si la humanidad entera nadara en la superficie del mar, jugara a la pelota, contara historias y riera siempre flotando en la superficie. Sin embargo en un chapoteo, si uno abría los ojos bajo el agua podía contemplar abominaciones monstruosas que pasaban casi rozando los pies de los bañistas. Haber contemplado esto, por una parte arranca la posibilidad de ver el mundo como lo hacen los demás. Por otra parte contemplar a los bañistas, indiferentes a la monstruosidad provoca cierto pavor. ¿Puede ser que de vez en cuando desaparezca algún bañista y nadie se dé cuenta?De la vida y la muerte

Mi experiencia con las sombras errantes

Como decía al principio del artículo, escuchar el episodio del podcast Universo Iker sobre las sombras errantes ha supuesto una gran conmoción para mí. Apenas hace dos días que lo escuché, por lo que los ecos del terror que me provocó están muy cercanos. Este episodio, como decía conectó de forma segura al menos dos vivencias que ocurrieron a kilómetros de distancia y separadas por al menos diez años. Sin embargo ahora estoy seguro de que era la misma entidad o la misma manifestación o como corresponda decirlo.

La primera vez ocurrió cuando con cuatro o cinco años jugaba con dos coches a hacer carreras de espaldas a la puerta y de la habitación de atrás, surgida de la oscuridad una voz cavernosa y siniestra como nunca antes había oído ordenó: “ven”. Como un resorte me levanté y salté a la cama donde dormía mi hermano. Esto ocurrió a plena luz del día. Mi madre nos había dejado solos en casa, él dormía y yo me apreté fuertemente entre la pared y su espalda sin dejar de contemplar con pavor la puerta esperando que por ella apareciera de un momento a otro una calavera aterradora que viniera para llevarme.

La segunda vez creo que ya la he relatado en esta serie de misterio y terror dentro de este mismo blog. Tendría diez o doce años, me hallaba en el porche del chalet de mis padres, a unos 40km de distancia de mi casa, en la que ocurrió el otro suceso más de diez años antes, cuando apareció una figura más negra que la noche, de unos tres metros de altura para realizar una acción físicamente imposible ante nosotros y desaparecer después por el camino. Nosotros no nos atrevíamos a respirar porque la figura se comportaba como si no nos hubiera visto, pero intuíamos un gran horror si de pronto girara su rostro hacia donde estábamos.

Estábamos hablando de cualquier cosa cuando de pronto un ruido nos sobresaltó más allá de la calle. Era la puerta de mis vecinos abriéndose ruidosamente como para ser escuchado, como para interrumpir nuestra conversación. Todo eso estaría muy bien si no fuera porque los ancianos que vivían allí se acostaban a las diez de la noche y porque como comprobamos después la puerta estaba cerrada con una cadena y un candado.De la vida y la muerte

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