Juegos de terror

Uno de los mejores juegos de terror lo viví en el verano de 1992, cuando tenía 12 años. Fue durante una convivencia  de verano con los curas del colegio. El centro tenía muy buena fama y muchas familias, quizá influidas por creencias más antiguas, hubieran dado lo que fuera para que sus hijos estudiaran en el internado. La convivencia era una prueba para ellos, puesto que los curas no buscaban solamente alumnos a los que preparar para la universidad. Al menos esperaban que alguno de cada promoción se quedara después como cura.

A los demás nos habían seleccionado los propios curas. Nos habían observado durante meses y años, a nosotros y a nuestras familias y finalmente, llegado el momento hablaban con nuestros padres invitándonos para la convivencia. Decían que solo era una semana de juegos como premio por el curso. No había ningún compromiso, ni mucho menos para quedarnos después allí.

Yo era el preferido del padre P… Siempre me sonreía, solía llamar a casa para hablar con mi madre y yo, cuando salía de viaje me acordaba de él y siempre le compraba algún detalle. Después fui monaguillo en sus pequeñas misas de recreo (misas para dos o tres niños) y finalmente él mismo me propuso lo de la convivencia, cuando terminé cuarto curso de EGB.  Así que todos los astros se alinearon para que fuera y yo fui.

Los juegos de terror empezaron una noche cerrada, sin estrellas. Una suave brisa estival recorría el colegio. Las copas de los árboles se mecían suave y silenciosamente. Ya habíamos cenado todos, ya habíamos cantado las canciones rutinarias de campamento que nos enseñaron y ahora abandonábamos el edificio siguiendo en fila a los curas hacia la pinada.

Aún no lo sabía, pero aquel sería el último verano de mi niñez; el momento a partir del cual esta iría retrocediendo lentamente dejando tras de sí un vacío que tiempo después se cubriría de amarga nostalgia. Más tarde añoraría el abrazo reconfortante y protector de un padre tal y como los veía cuando era un niño; fuerte, invencible, amoroso; brazos en los que podía perderme y dejarme transportar. Junto a ellos, durante mi infancia, todo había tenido un sentido perfecto, todo encajaba en los esquemas del universo de forma matemática.

No existía la maldad en el mundo, debió crearse después, o al menos yo no la vi. Estaba acostumbrado a ser pequeño y me gustaba; a entregarme a los brazos de mi padre, a dejarme llevar sintiendo su fuerza, como si yo no pesara más que un gorrión, a abrazar en cada momento a mi madre y sentir la calidez de su pecho embriagándome y llevándome siempre al punto más cercano al éxtasis que haya sentido jamás. Pero a medida que, un tiempo después, mi infancia fue retrocediendo, retrocedió también la plenitud de aquellos abrazos, porque yo ya no los veía de la misma manera y supongo que ellos a mí tampoco, hasta que finalmente aquellos interminables abrazos se convirtieron en un acercamiento de pechos y golpes en la espalda.

Sentía entonces vergüenza y pena; vergüenza por no tener el valor de sentarme de nuevo en su regazo y fusionarme en sus brazos como lo hacía antes, y pena porque aunque lo intentara, aunque lo consiguiera ya no sentiría lo mismo. Supongo que abandonamos la infancia a hurtadillas y después a gritos, armando un gran escándalo que nadie ha merecido.

Esta arrebatadora nostalgia la sentí en dos fases; la primera, en la que lo que echaba de menos era mi propia experiencia, mi yo niño; mis sensaciones, mi inocencia y mis recuerdos más entrañables, desde los más importantes hasta aquellos pequeños detalles como  introducirme en la cama y sentir la frescura de las sábanas sobre mis pies descalzos, encogerme para entrar en calor e ir estirándome después poco a poco, saboreando esa frescura en pequeñas dosis e ir ganando terreno hasta que toda la cama estuviera bien calentita. La imagen de mi infancia, desde la perspectiva del yo niño, que he recordado con más nostalgia es la de una noche de verano en que bajaba a toda velocidad con mi bicicleta por la urbanización. La brisa en mi cara, mi control sobre el aparato, la libertad y la ausencia total de preocupaciones. También aquellos sueños en los que podía volar y la sensación era similar.

Pero la segunda fase vino después, tras el nacimiento de mi hija. Ella es el reflejo de mi niñez, su alegría alivia ese anhelo, pero entonces se presenta la otra cara del drama de la vida, pues lo que echo en falta en esta fase es a mis padres como tales, su juventud, su alegría, su fortaleza, su energía, su valor y su historia de amor. Añoro cuando se besaban y mi padre bromeaba “no mires”, los largos paseos con mi padre, las largas conversaciones con ambos, y entonces, mirando a mi hija y mirando a mi padre se me plantea la idea de la eternidad del alma, no como algo plausible, sino como algo seguro, porque de no ser así nada tendría demasiado sentido.

Como decía, aquel fue el último verano en que viví mi infancia como una idea segura y una experiencia plena. Quizá las circunstancias me arrebataron un poquito de ella, aunque tanto mis padres como yo tratamos de estirarla todo lo posible en un entendimiento tácito, e incluso a fingir algún tiempo después que aún existía, tratando de robar tiempo al tiempo, sabiendo ellos e intuyendo yo que aquella etapa tan bonita de la vida estaba a punto de terminar, y conseguimos estirarla entre todos hasta que empecé a portarme como un capullo, y aunque esta obra no trata sobre la infancia, sino sobre la adolescencia, es imprescindible tratar los valores de la primera, ya que en la adolescencia, la euforia, la excitación, el descubrimiento, el autogobierno y la formación del nuevo yo lo dominan todo y aunque habrá tiempo para todo esto, es imprescindible, antes de empezar, situar esta etapa en el drama que representa y que divide dos periodos ordenados y cargados de sentido.

Era una noche oscura, tal vez demasiado oscura para los juegos de terror que viviríamos después. Nosotros seguíamos a los curas; cruzamos el campo de fútbol y nos dirigíamos a un frontón que estaba adentrándose en una pinada. Recuerdo que me sentía muy feliz, aunque pronto sentiría una clase de miedo que ya era familiar en mí, un miedo insoportable, soterrado bajo todas las capas de la personalidad, un miedo capaz de arrastrarnos a la locura pues remueve todo lo que somos como personas, nos obliga a plantearnos lo más horrible que el ser humano se haya planteado jamás.

Durante los juegos de terror por fin llegamos a nuestro destino y los curas nos pidieron que nos sentáramos en el suelo en silencio, formando un semicírculo frente a un par de sillas en las que ellos tomaron asiento. Entre ellos y nosotros dos velas encendidas cuyas llamas titilaban con la suave brisa estival. Aunque la apariencia de aquello no me gustó nada, no podía suponer que la cosa iba sobre lo que sospechaba y temía. Sin embargo, la solemnidad con la que actuaban y la diferencia entre esta y el tono alegre del resto de días, era desconcertante. Yo, como siempre, me había sentado solo, no tenía ningún compañero, ningún amigo con el que compartir ninguna complicidad. Por fin uno de los curas tomó la palabra y al poco mi rostro debió palidecer como el de un cadáver. Estaban a punto de comenzar los juegos de terror.

−Quizá hayáis observado desde que estáis aquí que por las noches hay luces que se encienden y se apagan solas –tomó la palabra el cura, mientras su compañero paseaba fuera del semicírculo que describíamos sentados en el suelo.− Tal vez, si habéis tenido la suerte de disfrutar de un sueño profundo no os hayáis dado cuenta. Si habéis observado las luces os habréis dado cuenta que de noche se oyen pisadas por los pasillos. Bien, sois lo suficientemente mayores como para explicaros algunas cosas de la vida que vuestros padres no os han querido contar.

Yo me debatía inquieto mirando alrededor de mí porque juegos de terror parecieron dejar de ser juegos. Aquellas terribles palabras parecía que iban a confirmar una sospecha que durante mucho tiempo me había atormentado. Recuerdo haber vivido gran parte de mi infancia con temor, desde aquel momento en que una voz espeluznante e imposible tomara forma en nuestro plano físico, como surgiendo de la nada, justo detrás de mí y dijo “¡ven!” Me volví y allí no había nada. Solo estábamos en casa mi hermano y yo y él estaba durmiendo ante mí, en la habitación en la que yo jugaba con un par de coches dando la espalda a la puerta; tras de mí el negro pasillo y más allá otro dormitorio. De un salto subí a la cama, abracé a mi hermano y me apreté contra él con toda mi fuerza. Él se despertó y me preguntó pero rio y dijo que lo había imaginado y volvió a dormir. Yo no podía apartar la vista de la puerta y la oscuridad que había tras ella.

A pesar de mi corta edad, aquellos juegos de terror se grabaron a fuego en mi memoria. Después de eso, la permanente sensación de agobio en el inquietante pasillo que había que recorrer a oscuras, observando mi propio reflejo en el espejo del fondo, con un juego de sombras inquietante, mi obsesión por aguantar por las noches mi necesidad de ir al baño hasta que se hiciera de día porque no me atrevía a abrir la puerta al pasillo ni recorrerlo en las horas en las que todo el mundo duerme, mis pesadillas recurrentes en las que el mal tomaba forma en casa, mi familia me esperaba en el rellano, llamando al ascensor y yo no podía salir porque el estuco se hinchaba hasta cerrar el pasillo y dejarme atrapado y sin poder moverme, o aquella en que una horrible criatura emergía del suelo, como si este no fuera sólido y engullía a mi hermano mientras este se aferraba a la pata de la mesa, y yo, paralizado por el horror, era incapaz de moverme y de articular palabra.

Muchas veces, años después, recordando aquella voz, trataba de convencerme de que la había imaginado, pero la certidumbre de que la había escuchado desmontaba todas las fantásticas hipótesis con que trataba de justificar la experiencia. Además, en aquellos primeros años, recuerdo que escuchaba hablar a los demás como si emitieran a través de una frecuencia, escuchaba sus palabras y una especie de ruido blanco que yo representaba en mi cabeza como algo parecido a ondas acústicas, como sonido de deshecho.

En cualquier caso nunca hablé de ello con nadie, siempre creí que viviría el resto de mi vida con la incertidumbre sobre la veracidad de aquella voz. Quería pensar que la había inventado yo, pero al mismo tiempo me esforzaba por recordar con exactitud cada matiz de aquella voz tan poco natural. Finalmente la he olvidado, no recuerdo cómo sonaba, quizá ahora sabría describirla mejor; solo recuerdo dos adjetivos que guardé en la memoria cuando me di cuenta de que aquellos matices se iban disipando de mi memoria para siempre; transmitía una idea del mal absoluta y parecía surgida de una caverna, con una sonoridad muy especial, como si hubiera sido emitida en un lugar muy lejano y transmitida allí.

Esperaba olvidar el asunto con los años y que poco a poco fuese quedando en el cajón de las cosas infantiles para no tener que preocuparme por ello nunca más. Sin embargo aquel cura, con sus palabras, empezó a despertar en mí un temor que difícilmente podía ser comparable a lo que pudieran sentir los demás y lo que pudiera esperar él mismo del resultado de la experiencia.

−Hablamos de espíritus –sentenció el cura. –En este mismo frontón donde estamos se guarnecieron tanques y camiones durante la guerra civil, aunque sabemos que no murió nadie, sin embargo, ya todos habéis recorrido el camino hasta el cementerio del seminario donde están enterrados los curas que murieron aquí –en ese momento se encendió el motor de la depuradora, en una caseta junto al frontón. Todos nos sobresaltamos. − ¿Habéis oído? Eso es la depuradora, debería estar apagada y sin embargo se ha encendido sola, pero no temáis, no ocurre esto porque sea de noche, también ocurre de día, pero de día, con el ruido y la luz del sol todas estas cosas pasan desapercibidas.

«Hoy nos hemos reunido aquí porque vamos a hacer un ritual para comunicarnos con los muertos. Necesito un voluntario que se tumbará en el centro del círculo, taparemos su cara con esta toalla y recitaremos una oración para que los muertos hablen a través de él.

Me levanté inquieto. No me hacía gracia. Todo me daba vueltas. Estaba a punto de romper a llorar. ¿Era aquello un ritual satánico?, ¿de los curas? Me alejé un par de pasos del círculo. El otro cura, alarmado no tardó en llegar. Le supliqué, le insistí en que yo no quería formar parte de aquello y él me consoló y me dijo que todo era una broma, solo juegos de terror, pero era demasiado tarde, aquello había despertado en mí un miedo que había permanecido dormido. Me vio tan alterado que me ofreció abandonar e irme al edificio con el resto de curas, pero la perspectiva de atravesar la oscuridad hasta allí era demasiado horrible, no podía, habría sido capaz de desmayarme o ponerme a gritar en el camino.

Mientras tanto, un compañero resuelto había tomado la posición y su rostro ya había sido cubierto con la toalla. El cura habló de un alma en pena que recorría el colegio con un bastón y una capucha –es el único al que debéis temer.

Mis compañeros iniciaron la oración y se escuchó un golpe proveniente de la pinada, después otro y otro y de pronto, por un lado del frontón apareció un cura encapuchado y con un bastón. Todos gritamos y di gracias por ello, porque mi grito estaba cargado de un temor demasiado real. Mientras tanto, el cura que estaba junto a mí mantenía su mano sobre mi hombro tratando de tranquilizarme, de recordarme que aquello no era más que juegos de terror.

A pesar de saber que nada de aquello había sido real, a pesar de haber reído después como el que más, aquella noche no dormí demasiado, pendiente de si se encendía la luz de la habitación o del pasillo, aunque me sentía relativamente amparado porque en cada habitación dormíamos cuatro alumnos.

La noche siguiente seguimos con los juegos de terror. Empecé a pensar que la convivencia de los curas era una experiencia temática, aunque esta vez vivimos la versión más divertida del mismo; Nos separamos en dos grupos; el primero se escondía y el segundo pillaba a los miembros del primero, pero si los primeros asustaban a los segundos los atraían a su equipo. Para ello usamos todo el terreno del seminario, incluyendo el aparcamiento, las instalaciones deportivas, una amplia pinada y el cementerio de los curas, lugar en el que ellos mismos nos habían recomendado encarecidamente jugar.

No es necesario decir cuál de los dos equipos ganó aquella noche oscura y cerrada. Creo que ya empezamos el juego nerviosos con los juegos de terror ya que, predispuestos a ser asustados gritábamos incluso cuando un compañero pasaba su brazo sobre nuestro hombro. Sin embargo, desde entonces, siempre imaginé a los compañeros agazapados en el cementerio, esperando para asustarnos, en silencio, pensando lo que imaginaríamos cuando saltaran gritando enloquecidos, dándole vueltas durante un tiempo, quizá demasiado largo, sugestionándose, tratando de frenar incluso el impulso que les empujara a salir de allí corriendo y gritando para reunirse con nosotros; sin duda habrían provocado una estampida general hasta la entrada al edificio, donde nos esperaban los adultos. ¿Sintieron realmente ese terror o eran más valientes que yo? Alimenté esa duda y aun cuando pienso en ello no sé cómo responder.

De aquella noche recuerdo una cara de goma, un rostro imposible, desprovisto de humanidad, cuyo tacto no correspondía al de la piel. Un chico que me seguía de cerca, y al que palpé la cara en la oscuridad más absoluta parecía tenerlo cosido en el lugar donde debía estar su verdadero rostro. Si entonces hubiera leído El signo amarillo, de Chambers, creo que habría sentido miedo de verdad por ese tacto gomoso y extraño. Además el rostro era grotesco, de facciones groseras; grandes orejas, gran nariz, como una figuración infantil de un rostro auténtico. Él me sonreía y yo, como si se contemplara en un espejo imposible le devolví la sonrisa sin dejar de pensar en ese extraño tacto gomoso, en la sensación que había dejado y que aún se manifestaba viva en los dedos de mi mano.

Pero quizá lo peor de los juegos de terror estaba por llegar. Entonces no me lo parecía, no creía que aquello estuviera mal, pero con el tiempo lo veo de distinta manera.

Recuerdo cómo, al día siguiente, sentado en un banco del cuarto de baño, esperando mi turno para ducharme, con las cortinas de las duchas bailoteando alegremente a ambos lados y el vapor brotando por encima de ellas, alrededor de mí los chicos hablando animadamente, y yo, solitario y observador, como siempre, realizaba una composición de imagen que me sorprendía y asustaba.

Un par de curas paseaban por el recinto como montando una guardia; los chicos salían de las duchas empapados y desnudos porque se había ordenado que las toallas quedaran colgadas fuera. Los penes bailones, con el vaivén del paso de la ducha a las toallas, de las toallas a las duchas, la naturalidad del resto, el paseo de los adultos por el recinto, mi timidez, todo ello me empujaba a salir corriendo de allí. “Quizá si espere al final estaré prácticamente solo” pensé, y así fue. Cada vez que me ofrecieron entrar decliné hasta que finalmente fue inevitable.

En esto consistía el peor de los juegos de terror, porque, ¿qué hacían los curas dentro? Es esta idea la que aún hoy no consigo explicar convenientemente.

Recuerdo que sentía una mirada fija en mí con absoluta certeza, de espaldas a la cortinilla. Finalmente reuní el valor para volverme y allí estaba Caragoma, que había descorrido la cortina lo suficiente como para introducir toda su enorme cabeza en la ducha. La manera en la que me había observado, su expresión de sorpresa y su sonrisa me hicieron saltar. A partir de entonces pedí permiso para ducharme con el bañador puesto, aunque eso me diferenciara del resto y me señalara como el bicho raro que siempre fui.

Otro de los juegos de terror de los curas, cuyas normas he tratado de recordar en muchas ocasiones sin ningún resultado, era una forma muy ingeniosa de mostrarnos, en mi opinión cómo es el espíritu humano; cómo funcionamos como colectivo, aunque con ello querían darnos una lección para que cobráramos conciencia y nos implicáramos en la construcción de una sociedad mejor. A grandes rasgos, nos distribuimos en pequeños grupos de cinco niños en un aula y discutíamos si vender o comprar acciones, sabiendo que comprar nos enriquecía a todos paulatinamente y vender nos enriquecía solo  a nosotros con el dinero de los demás, arruinándolos, pero si todos vendiéramos perderíamos.

Por supuesto el juego terminó con un equipo inmensamente rico y el resto arruinados y con su cabecilla cantando “aunque gane, aunque pierda, vuestro equipo es una mierda” y con el cura, con el rostro contrariado dedicándole una mirada fulminante. Recuerdo cómo después sin necesidad de apartarlo del grupo le dijo que sin duda él no tenía vocación y que podía olvidarse de estudiar en el seminario al terminar el verano. No volví a oír cantar más a ese chico durante el resto de la convivencia.

El último de los juegos de terror que recuerdo, era una simulación en la que viajaríamos a marte y debíamos elegir de una larga lista qué cinco cosas nos llevaríamos. Todo el juego era la elección de dichos objetos. Creo que esa fue mi introducción involuntaria al rol.

No faltaron pistolas, linternas, cuerdas o bengalas en ninguna mochila; sin embargo, nadie pensó en coger una botella de oxígeno, por lo que a la revisión de los papeles el cura se levantó y dijo estáis todos muertos. ¿Para qué queríais estas cosas en Marte?, ¿una pistola?, ¿y respirar qué? Creo que esa era la lección. El juego se detuvo ahí y no creo que hubiera intención de más. Aunque fue muy divertido hacer la lista el resultado fue bastante decepcionante.

Aunque ahora viene la narración del auténtico juego por el que estábamos allí, el principal de los juegos de terror, el que no se anunció pero empezó sin lugar a dudas antes de poner el primer pie en aquel seminario ese verano de 1992. Todo empezó durante la primera comida en el comedor. Me percaté de que el Padre P…, autoridad en el seminario, amigo de la familia, que por diversos medios me había hecho un seguimiento desde hacía tiempo, hablaba con el cura que iba a dirigir toda aquella experiencia. Hablaban de mí, porque ambos me miraban y me sonreían con benevolencia. Yo devolví la sonrisa. El Padre P… me inspiraba gran ternura. Pensé que me quería y le devolví la sonrisa, sin sospechar aún en qué consistía el peor e aquellos juegos de terror, que pese a todo lo que pudiera imaginar, a partir de esa sonrisa, de ese intercambio de palabras, aquella convivencia sería distinta para mí, pues fui tratado con una benevolencia y con una distinción a todas luces injustas.

Por las noches veíamos un rato la televisión. Discretamente los chicos se iban levantando y yendo a la cama a medida que los curas les señalaban y les indicaban el camino del pasillo. Una noche, un bostezo de un cura me sacó de mi abstracción y me percaté de que ya solo quedábamos los curas y yo. Me levanté avergonzado y di las buenas noches, pero a pesar de que rehusé para su alivio, insistieron en que no tenía por qué irme a la cama, podía quedarme cuanto quisiera.

Por otra parte, cuando jugaba con el resto de niños, estos se llevaban duras reprimendas si me agarraban, empujaban, sujetaban o pillaban, de modo que un halo invisible de protección ostracista parecía seguirme donde fuera.

En general, toda aquella experiencia parecía echando la vista atrás, diseñada para la captación de nuevos adeptos, de la misma manera en que lo haría una secta, pues cuando por fin la convivencia terminó, mis padres me llevaron a casa. Yo lloraba desconsolado diciendo que no quería volver, que quería quedarme allí a vivir. Los curas alzaban la mano en señal de despedida con gran afectación, desde la puerta, cada vez más lejos, yo cada vez más desesperado y una gran sonrisa iluminaba en realidad sus rostros.

Mi padre me prometió que si al terminar el verano quería regresar podría hacerlo, a condición de que las semanas que nos quedaban las disfrutáramos juntos y tratara de olvidar la experiencia. Así fue, y en consecutivas conversaciones con él en las que fui descubriendo el engaño al que fui sometido, fui curándome del mismo y ya no me dejé afectar más por algunas frases repetidas como mantras: “Debéis amar a Dios más que a vuestros propios padres, ya que Dios es el verdadero padre”.

Ya no volví al seminario, pero seguí relacionándome con algunos de los chicos que conocí allí. Me contaron que las comidas ya no eran manjares, sino un rancho asqueroso; por las tardes no hubo más juegos, solo horas de estudio, de limpieza de las letrinas que usábamos todos los estudiantes letrinas y de arrancar la hierba del campo de fútbol; los curas ya no les despertaban con una sonrisa y una canción con la guitarra,  sino con sirenas y miradas adustas; un chico fue expulsado por falta de vocación al descubrirse que había conocido a una chica en el pueblo, y por último, para acabar con estos juegos de terror, se contaba que el bueno de Caragoma y otro chico vivieron un idilio pasional de penes bailones.

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