El pozo y el péndulo, de Edgar Allan Poe es un relato muy asfixiante que por momentos puede recordar a Misery, de Stephen King. En ambos, el protagonista se encuentra físicamente impedido para la acción y se halla en un lugar que no reconoce y que le aterra. En el caso de El pozo y el péndulo, queda bastante claro desde el primer momento que el responsable de la situación del protagonista es el tribunal de la inquisición.

Se ha hablado tanto de la inquisición española que a veces perdemos la perspectiva de que la inquisición fue europea. No la inventó España ni la exportó, ni si quiera fue el país que más sangre derramó, Un dato que arroja una clara luz sobre esto es que durante la inquisición española solo se quemaron a 59 mujeres, frente a las 50.000 que se quemaron en el resto de Europa. Eso sí, la inquisición española fue la que más duró porque mientras Europa se modernizaba, España se quedó atrás.

No significa esto que España no fuera culpable de quemar a 59 brujas y otros tantos procesos, si no que existe el falso mito de que fuimos los únicos, cuando en todo caso fuimos los que menos ejercieron la muerte por la inquisición. El mito viene alimentado porque mientras en Europa se abandonaban esas prácticas, miraban con horror cómo nosotros las manteníamos, tal y como se muestra en El pozo y el péndulo.

Por otra parte, ya dentro de la obra, vemos cómo el protagonista, más allá de toda esperanza trata de sobrevivir a las distintas formas de muerte que los siniestros monjes han preparado para él. Primero la amenaza del pozo seco, en el que caería y sus miembros se descoyuntarían Para sufrir la más atroz de las muertes; luego el péndulo, siempre oscilante, siempre descendente que le brindaría una muerte también lenta, pues necesitaría muchas pasadas hasta que la hoja finalmente abriera su corazón.

El elemento sin duda más interesante de la obra son las ratas. Su aparición es muy inquietante, ya que emergen del fondo del pozo, lugar en el que, adivina el protagonista, se alimentan de los desdichados que van a parar allí. Sin embargo la utilización de esta amenaza como un recurso para la huida es lo que convierte a nuestro protagonista, no en un desdichado más, sino en un superviviente, que va superando una prueba tras otra por conservar su vida aunque sea un instante más, hasta que de pronto lo inesperado irrumpe en la escena.

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