El manicomio de la casa de los locos

Años 50, Estados Unidos. Un joven psiquiatra recién graduado se enfrenta a su primera experiencia en el manicomio, un centro olvidado por el gobierno. Los pacientes, con sus singulares teorías pondrán a prueba la cordura de Adam Smith hasta hacerle perder todo apego con la realidad.

La historia parte de una posición cómoda que nos sumerge poco a poco en lo que parece una historia de terror, hasta que se convierte en un thriller psicológico de máxima tensión cargado de un humor negro un tanto desquiciado.

El manicomio de la casa de los locos

ADAM SMITH en el manicomio

El manicomio de Adam SmithMi nombre es Adam Smith. He recorrido medio estado para trabajar en el manicomio. Ni el olor acre a vejiga, ni mis adustos compañeros, ni la locura de mis locos, ni mi soledad; nada impedirá que consiga este puesto de trabajo al finalizar mis prácticas. ¡Lo necesito!

“Le agradezco mucho esta oportunidad para trabajar con los…, ya sabe, los desequilibrados mentales”

Nació en 1925 y vivió su juventud en Brundidge, una pequeña villa en el contado de Pike, en el estado de Alabama. Recuerda su infancia como el periodo más feliz de su vida, una existencia plena que no se vio amenazada por la pobreza de su familia. Recuerda con cariño y con pesar su vieja granja familiar, las partidas de cartas con su padre y sus largos paseos en los que ambos filosofaban.

Adam no fue nunca un niño con los pies en el suelo, hecho que sus profesores supieron castigar con crueldad y con las más refinadas humillaciones. En la escuela nunca fue uno más. Solía permanecer abstraído, como en trance, mientras sus compañeros apenas disimulaban el desagrado que su presencia les producía. Su tiempo en clase era taciturno y triste, como una tarde de lluvia otoñal. Sin embargo, cuando la escuela terminaba corría a casa a buscar a su padre, su único amigo de la infancia. Sus tardes de pesca hasta el ocaso en el Sandy Run Creek, formaban un colorido maravilloso en el cuadro perfecto de su infancia.

Pero llegó la guerra y su padre falleció como un héroe del estado. Todo ese colorido se apagó para siempre y en lo más profundo de sí mismo creció una amargura incontenible. El estado le regaló una carrera y a partir de entonces todo sucedió demasiado deprisa para el joven Adam. Sus estudios de psiquiatría le absorbieron lo suficiente como para apartarle de sus siniestros pensamientos en los que la vida aparecía como un elemento gris, insoportable, triste y angustioso.

Compartió su espacio con decenas de jóvenes resueltos y enérgicos, que parecían saber más acerca de la vida que él. Se sentía engullido por la situación, incapaz de formar parte de ningún grupo, y aunque evitaba los accesos de melancolía no sabía relacionarse con los demás. Fue entonces cuando con sus ahorros compró un viejo Ford Fairlane, esperando que quizá Estela se fijara en él, pero aquello jamás ocurrió.

Una y otra vez, cuanto más furioso se sentía con el mundo, más se volcaba en sus estudios, logrando así una carrera brillante, aunque desperdiciando quizá la última oportunidad de su juventud para vivirla como habría deseado.

Ahora, años después de aquellas tardes de pesca en la primavera de su vida, se dirige a Adamsville, en su viejo Ford Fairlane para cubrir un puesto de prácticas como psiquiatra en el manicomio. Está decidido a no dejar pasar la oportunidad. Teme el futuro, pero al mismo tiempo está lleno de esperanza por encontrar quizá aquello que le falta, la alegre y caleidoscópica mezcla de colores de la felicidad, recuperar alguna de sus sensaciones en el Sandy Run Creek, hace ya tantos años, junto a su padre.

El manicomio de la casa de los locos

ROBERT BLACKWOOD en el manicomio

El manicomio de Robert BlackwoodMi nombre es Robert Blackwood. Dirijo el manicomio desde siempre. Esta es mi casa, quien ha comprendido esto no ha tenido problemas de adaptación; otros empleados no han corrido la misma suerte. En cuanto a los locos… esos malditos no dan problemas, no señor, no aquí, no en mi casa.

“¿Cómo dice? -respondió Robert, y su voz fue como un torrente impetuoso, que llenó la habitación”

Robert Blackwood dirige el manicomio psiquiátrica desde 1932, momento en que arrebató la plaza a Eugine Riviere, adversario político de su padre, que años más tarde cayó en desgracia cuando se le relacionó con el crimen organizado. Sin embargo, el joven Robert supo desvincular a tiempo su imagen de la de su padre y conservar así su cargo.

Robert dirigió durante los siguientes años el centro con la mayor despreocupación, sin considerar siquiera su posición como un trabajo, sino como un derecho adquirido.

Sin embargo, a partir de 1934, con la llegada del excitable Tommy Hillmore todo cambió. Empezaba a prepararse la caída del doctor Blackwood. Un secreto amenazaba con ser desvelado, mientras uno tras otro, eran internados enfermos mentales altamente peligrosos que hablaban contumazmente sobre una conspiración que implicaba a la mayor parte de funcionarios del hospital.

Años más tarde, el doctor interno en prácticas, Arthur Nimois, abandonó a la carrera el centro una noche, antes de completar su primera semana de estancia. Numerosos empleados afirmaron después que el día previo a la fuga había estado muy excitado y evasivo.

Se había referido durante la mañana en varias ocasiones a determinadas fuerzas sobrenaturales. Dicho comportamiento fue achacado a la rareza de su carácter en general. Nadie podría haber imaginado lo que vino después.

Entró en el despacho de Robert de forma impetuosa y se encerró dando un portazo, hizo esto, aunque nadie lo supiera, con un revólver en el bolsillo, que le dio valor para gritar al Director algunas incoherencias antes de que se le oyera desde el pasillo gritar de terror, tras lo cual salió a toda prisa de allí, trastabillando y se lanzó a la salida del edificio. Aunque nadie salvo el propio Blackwood supo jamás qué ocurrió allí dentro, Arthur jamás fue visto de nuevo.

Tras aquel episodio la Dirección médica del hospital cambió drásticamente, aplicando sedaciones regulares a los pacientes, que pasaron la mayor parte del tiempo en un estado de inconsciencia e imbecilidad que los mantenía más tranquilos, menos fabuladores y hacía el trabajo de todos más sencillo.

De algún modo, el paciente William Goldsmith aprendió a eludir los controles e instruyó a sus compañeros, convirtiéndose así en el líder del grupo de La Resistencia. En adelante fingían la imbecilidad y la inconsciencia mientras organizaban un golpe que les permitiría salvar a la humanidad.

Robert, ajeno a todo esto, sencillamente se reclinó en su sillón dispuesto a tomar la recta final de su carrera en el manicomio con calma. Allí, apretado contra su sillón, veía pasar las horas cómodamente sin sospechar que ya su propio reloj se había puesto en marcha y que su caída era quizá cuestión de tiempo.

El manicomio de la casa de los locos

ALDRIC THOMASON en el manicomio

El manicomio de Aldric ThomasonMi nombre es Aldric Thomason. Travajo en el manicomio. ¿Qué dicen sus estudios? ¡Olvídelo hombre! Usted ha estudiado libros escritos por pretendidos doctores que nunca se enfrentaron a la realidad. Teoría sobre teoría, eso es lo que es. ¿Qué un loco se puede curar?, ¿en serio cree en esas supercherías? ¡Escúcheme! Yo les conozco, les contemplo a diario. Le puedo asegurar que es imposible arrojar luz sobre sus mentes arruinadas, pero, ¿y si no fuera así? ¿Pretende convencerme usted de que cree en una sociedad en que esos imbéciles caminen a sus anchas por las calles?, ¿pretende siquiera convencerme de que la calidad de su vida es una cualidad mensurable, que es más feliz un loco sin sedación que otro completamente sedado o que importa lo más mínimo que eso sea así o no?

Ah, ya hablaremos dentro de veinte años, cuando esté harto de oler día tras día sus orines, verles babear, presenciar sus inusitados ataques de violencia y sus miradas vacías, estúpidas. Ya me dirá dentro de veinte años si no prefiere la sedación preventiva para unos pacientes que, no lo olvide, se encuentran aquí en muchos casos por haber cometido crímenes de sangre.

“Les hemos acostumbrado a un modo de vida, son felices así, no me mire de ese modo, a su manera lo son”

Aldric Thomason, fiel seguidor de la doctrina Blackwood es el hombre más temido del manicomio, por delante, incluso de Oliver, verdugo y técnico de radioterapia, de Willie con su cruel porra o del propio Robert. Aldric es quien decide el castigo para cada preso, quien controla los niveles de sedación y sobre todo, quien sostiene una mirada fría como el acero de la que no podía esperarse ninguna compasión. Mirando a Aldric a los ojos, uno a menudo podía sentirse como un despojo humano.

Tras el fallecimiento de Algernon, su compañero, en un accidente de tráfico, Robert Blackwood había buscado con insistencia un sustituto que fuera capaz de comprender las normas y la forma de trabajo establecida.

El primer sustituto fue Arthur Nimois, que huyó del lugar antes de completar su primera semana de trabajo y al que Aldric trató de seguir el rastro después durante cierto tiempo sin éxito alguno.

Ahora, el joven Adam ocupa su lugar, después de meses tratando de lograr que fuera enviado otro doctor para cubrir la vacante. La juventud y las ideas nuevas de Adam no hacen ninguna gracia a Aldric, que le vigilará de cerca para evitar otro caso Nimois.

El manicomio de la casa de los locos

CLEMENTINE SILVERSTONE en el manicomio

El manicomio de Clementine SilverstoneMi nombre es Clementine Silverstone. Trabajo en el manicomio. ¿Por qué me mira así? No es usted James Dean, ¿verdad? ¡Pues no me mire como si lo fuera!

“Ya no es usted mi amigo, Adam –Advirtió Clementine, y tras de sí cerró con un portazo.

Clementine Silverstone, amiga de Anne Marie Chrash, ha vivido siempre en Adamsville. Tras graduarse en enfermería en 1951, se une a la Asociación de Enfermeras Norteamericanas y rápidamente encuentra trabajo en “La casa de los locos”, nombre que usa en tono burlón para referirse a la institución psiquiátrica de nuestra historia; el manicomio.

Siente aversión por sus pacientes. Coincidiendo con la llegada de Nimois, solicitó al Director Blackwood la retirada inmediata de las funciones de asistencia de las enfermeras, haciéndole ver que los orines y las heces de los locos no eran materia apropiada para señoritas educadas. De inmediato dichas funciones fueron suspendidas, incorporando al equipo, ocho semanas después al asistente Craugh, carnicero de profesión que tuvo que ver dos años antes cómo el estado le arrebataba su negocio y su casa a causa de sus deudas de juego. Se abrazó al alcohol y se convirtió en un vagabundo hasta que Robert le contrató.

Craugh era terrible con los pacientes. Aquellos que no podían valerse por sí mismos soportaban en silencio su despotismo y crueldad “–Señor … es usted un cerdito malo que se ha cagado en los pantalones” solía decir impostando la voz, como quien habla a un niño, dejando entrever en el tono que en realidad es un impostor, un enemigo del que no cabe esperar compasión alguna.

La aversión de Clementine por Craugh crecía de forma imparable. La manera en que la miraba, como si la desnudara y la imaginara haciéndole el amor, con su lengua entre la comisura de sus labios, como si en realidad estuviera mirando un filete de carne; su maloliente ropa, su papada y su permanente expresión de ferocidad dibujada en su rostro, hacían de él un hombre abominable.

A veces Clementine había observado cómo era su trato con los pacientes. Adivinaba que Craugh añoraba los tiempos en que con un gran cuchillo despedazaba un cerdo y en ocasiones parecía imaginar hacerlo con ellos. ¿Alguien más pensaría como ella? ¿A alguien le importaría lo más mínimo?

Pero Clementine era ante todo una mujer práctica. Craugh, aún con lo despreciable que era había resuelto su problema. En adelante, las enfermeras hacían una labor meramente administrativa y limpia, y eso le proporcionaba mucho tiempo para charlar con su amiga Anne Marie. Le bastaba con mantenerse alejada del troglodita y todo iría bien. En el peor de los casos sabía cómo hacerle perder su trabajo, ya que cualquier historia que contara a Robert serviría para que fuera despedido de forma fulminante.

Por fin llegó el Doctor Adam Smith. Cuando aparcó su coche por primera vez, Clementine y Anne Marie, observándole desde la ventana rieron “–¡Carne fresca!” Dijo Clementine en una parodia elaborada entre ellas en que ella fingía ser el carnicero Craugh y valoraba a cada ser humano como comida y objeto sexual al mismo tiempo. Lo cierto es que Adam fue el primer hombre atractivo que vio desde hacía demasiado tiempo. “Espero que no sea otro bicho raro” pensó para sus adentros.

El manicomio de la casa de los locos

ANNE MARIE CHRASH en el manicomio

Mi nombre es Marie Chrash. Trabajo en el manicomio. Oh, amiga mía, ¿cuéntame?, ¿qué tal te fue? Hablemos de hombres y de cerdos, de todo junto, ¿no es más apropiado así?, pero haagg… ¡el timbre otra vez! Una vez más Aldric, una vez más algo que me concierne a mí y a sus locos…

“Anne Marie le dedicó una mirada de reproche, que contrastaba con la radiante sonrisa que le había mostrado hasta entonces.

Anne Marie Chrash no era en realidad enfermera, secreto que descansaba seguro en las manos del Director Robert Blackwood. Ambos mantienen quizá la relación más singular dentro, ya que Anne Marie a su vez está al corriente del secreto de Robert. Esto, hasta la fecha les ha mantenido unidos, confiriéndole a Robert ojos en la línea de flotación, de manera que le era fácil apagar cualquier fuego antes de que se propagara. Al mismo tiempo, ha mantenido a Anne Marie muy protegida, haciéndola virtualmente jefa de personal que no dudaba en destruir a algún empleado por mediación de Robert cuando lo consideraba necesario, ya fuera por motivos profesionales o personales.

Su relación se inicia años antes. Anne Marie cuidó a Charles Blackwood, su padre,  desde que abandonara la penitenciaría, ya en la vejez, hasta su muerte. El descubrimiento público de su vinculación con el crimen organizado hizo que Robert evitara todo contacto con su padre, no fuera que alguien reparara en él y le hiciera perder su prestigio e incluso su trabajo.

Fue Robert quién contrató a Anne Marie para que cuidara de su padre en Huntsville, en el estado de Alabama, y quien, tras su muerte le proporcionó un puesto en el sanatorio como agradecimiento por sus servicios.

Pronto se hizo amiga de Clementine. Era joven como ella y su rostro jovial le cayó simpático desde el momento mismo en que llegó por primera vez solicitando un puesto de trabajo.

En cuestión de días Anne Marie se sacudió a la vieja; Gloria Brown, su compañera, enfermera que debió empezar a trabajar allí antes incluso de la apertura inaugural. Gloria era una mujer muy perfeccionista. Era la jefa y se comportaba como tal. Quizá se tomaba su trabajo demasiado en serio, quizá tenía ínfulas de poder o quizá su educación a la inglesa la hacía comportarse como una auténtica bruja.

Bajo su mandato las normas de higiene sobre los pacientes y el edificio hacían pensar que en lugar de una casa de locos aquellos imbéciles vivieran como ricos en un hotel.

Anne Marie hizo ver a Robert que la bruja chocheaba. No fue difícil. Cambió las dosis de medicina de algunos pacientes, alterando su precario equilibrio interno, lo que dio lugar a la noche de Sodoma, como la llamaron después. Después solo bastó insinuar que la vieja empezaba a liarse con las cuentas y a confundir los colores de las pastillas, para que Robert la pusiera de patitas en la calle con un “gracias por sus servicios” después de una vida entera en el manicomio.

Poco después se incorporó la bella Clementine, quien se convertiría en la compañera de confidencias y mejor amiga de Anne Marie ¡y todo por la feliz casualidad de aquella visita!

Anne Marie no sentía remordimientos. Ahora era virtualmente la jefa. Ya se había demostrado a sí misma su poder. ¡Incluso Robert vivía más tranquilo! Las normas se habían relajado, como cuando la madre se marcha y los niños dejan de sentir la opresión de la educación sobre ellos. Ahora los jefes eran jefes y los locos eran locos.

El manicomio de la casa de los locos

WILLIAM GOLDSMITH en el manicomio

Mi nombre es William Goldsmith. Vivo en el manicomio. Orígenes desconocidos.

Fue detenido en Enero de 1.938, en relación al múltiple asesinato del parque Wellington. En este caso, fue asesinada una pareja de novios. Verónica Anderson y Arnold Wisechase.

El asesino disparó repetidas veces sobre ellos, y cuando iba a marcharse, descubrió a William Goldmith. Disparó sobre él su arma, pero ya sin munición, emprendió la fuga por las calles de Tampa.

Fue perseguido por William Goldsmith durante veinte minutos, hasta que, finalmente le capturó en la calle Faulkner.

Dos testigos, desde sus viviendas, vieron al reo, golpear al criminal hasta la inconsciencia. Después le vieron desaparecer y llamaron a la policía, pero William Goldsmith volvió con un objeto afilado, y tras desnudar completamente al asesino, practicó un profundo corte, desde el pecho hasta la ingle, tras lo cual, comenzó a extraer sus órganos vitales al infeliz, mientras este despertaba, y gritaba angustiado.

Cuando la policía le atrapó finalmente, no opuso resistencia alguna, alegando que él era la justicia.

El estado se hace cargo de él a partir de ese momento.

“Soy todo suyo, se lo contaré todo. Los demás tenían sus dudas con usted, pero yo no, le he observado, le conozco.”

William Goldsmith paseaba de forma errática por las calles una noche en Enero de 1938. Su estado de excitación era muy alto. Acababa de asesinar a un hombre.

Meses atrás había empezado una investigación a través de la ouija con unos colegas ocultistas. Solían quedar las noches de los sábados, cada vez en una casa. Asaban carne, bebían vino y filosofaban hasta altas horas de la noche. Ninguno sufría estrechez económica, así que podía decirse que todos ellos se dedicaban por entero al crecimiento espiritual, como así lo llamaban.

Cierta noche iniciaron la práctica de la ouija y lo que allí ocurrió les sorprendió en extremo a pesar de su experiencia en el campo, pues no contactaron con un espíritu, sino con un ser del espacio profundo.

Se hacía llamar X-Trashidin. Habló del exterminio de la especie humana.

Aquella experiencia fue tan estimulante para ellos que en adelante se reunieron todos los días dedicando cada vez más horas a la comunicación con aquella entidad.

Hablaba de la necesaria destrucción de la raza humana, de la supremacía galáctica, de la invasión a la tierra y poco a poco fue concretando más su mensaje. X-Trashidin era un rebelde en su mundo. Su comunicación no tenía otro fin que el de detener a Illdarin y su plan de destrucción sobre la tierra

“Pero, ¿cómo?”

Nada más fácil. No hay necesidad de exterminarnos si podemos hacerlo nosotros. Basta con poner determinada tecnología en determinadas manos para que el fin se precipite sobre la tierra.

Tras meses de auténticos coloquios en interminables intervenciones con tan rudimentario medio de comunicación, X-Trashidin, siempre curioso, haciendo diez preguntas por cada una que respondía, se interesó sobre todo por cuestiones religiosas y finalmente averiguó lo suficiente del ser humano occidental y sus creencias para formular lo siguiente:

“– Figúrense que Illdarin es Satanás y que la comunidad científica serán las plagas del apocalipsis. Figúrense por un momento que su Biblia no cuenta los hechos del pasado, sino los del futuro, que necesitan un mesías; un salvador, o están todos ustedes condenados.”

Patrick Jhonson no lo soportó. Tras meses de contactos en los que se citaban innumerables detalles oscuros sobre el futuro de la humanidad, una tarde de Enero se arrojó a las vías del tren.

Aquel fue el día de la última sesión de grupo. Todos se apartaron del fenómeno y jamás consintieron que se les volviera a hablar del mismo. Todos excepto William, al que el destino impelió quizá a no abandonar. Bajo el efecto de la mandrágora se lanzó a la calle una noche. Alguien le seguía.

“–Lo sé” le decía desde atrás, apretando el paso. William apretó el paso a su vez, pero finalmente aquel hombre le dio alcance dentro del portal en que William intentó resguardarse. “–Lo sé, infeliz” repitió poniendo sus manos alrededor del cuello de William. Este le asestó repetidos golpes de forma frenética hasta que se aseguró de su muerte aplastándole la cabeza una y otra vez con un ladrillo que allí encontró. Después, huyendo de la escena del crimen recibió un fuerte shock cuando descubrió al mismo hombre al que había asesinado momentos atrás en el parque, disparando a una pareja.

“–¡Ah, no! Esta vez no escaparás. Esta vez te vaciaré si es necesario.” Y diciendo esto le persiguió hasta que por fin le dio caza.

Interno en el manicomio desde entonces.

El manicomio de la casa de los locos

ALBERT BLAKE en el manicomio

Mi nombre es Albert Blake. Vivo en el manicomio.

No me mire con esa cara. No soy peligroso, no al menos del modo en que usted cree, salvo que usted sea en realidad uno de ellos, entonces supongo que sí soy peligroso. ¡No soporto su sonrisa de desdén!, la voy a desdibujar con la hoja de mi… pero oiga, ¿qué hace? No, no se vaya, no soy peligroso, en serio, no me deje aquí tan… tan solo.

Nacido en 1.909, en Convington Park. De padre, Thomas Blake Jr. Y madre, Anne Marie, Blake.

Licenciado en antropología, por la universidad de Tampa, en 1.936.

Fue hallado, buscando entre la basura, en las afueras de Tampa, en Abril de 1.937, y detenido por las autoridades locales.

Fue detenido de nuevo, dos meses después, tras haberse atado, fuertemente, las piernas a la vía del ferrocarril. Asimismo, llevaba, atado al pecho, un cartel en el que se leía “Huid de los hombres del espacio.”

Tras ser avisada su familia, acceden a custodiarlo en su propia casa. Su padre, el señor Thomas Blake, se muestra excitado y renuente, ante la posibilidad de su internamiento.

En Diciembre del mismo año, vuelve a ser detenido, tras una denuncia de sus vecinos. Había asesinado, con un cuchillo de cocina, a su familia. Cuando se le halló, se frustró su intento de suicidio. Trataba de cortarse la cabeza con el mismo cuchillo.

El estado se hace cargo de él, a partir de ese momento.

“Dicen que estoy loco –borbotó de pronto, con una voz carraspeante e impetuosa

Reconoce a la entidad X-Trashidin como su maestro luminoso. Él le habla de salvación y de perdón. Salvación para Patrick Jhonson, colega al que empujó a las vías del tren por ser un infiltrado en sus reuniones secretas; perdón para él por asesinar a su amigo, o mejor dicho, por destruir su envoltura física, la réplica mancillada de su amigo, asesinado sin duda mucho tiempo atrás. Ese grito tan breve y desgarrador, en la vía, justo en el instante en que el tren se arrojaba sobre él no podía ser humano. ¿Por qué iba a serlo entonces? A nadie le hubiera hecho falta más prueba de su inocencia que aquella breve y efímera manifestación. Después caminó hacia casa muy excitado, tanto que se orinó en los pantalones, pero no le importó, miró al cielo y guiñó un ojo a X-Trashidin, seguro de que no tendría en cuenta tan insignificante indignidad. Pero lo malo vino después.

Su familia. Reunió las pruebas suficientes para demostrar que formaban parte de la conspiración contra la especie humana. Eran sin duda servidores de Illdarin.

X-Trashidin le pidió que los asesinara a todos, pero ¿cómo podría? Eran su familia después de todo. Finalmente decidió llamar la atención sobre el peligro de los hombres del espacio e inmolarse con la esperanza de que otro entendiera su mensaje y tuviera el valor que a él le faltó para participar en la resistencia sin reservas, pero fue capturado y torturado en casa hasta el momento en que reunió el valor y perdió el control…

Interno en el manicomio desde entonces.

El manicomio de la casa de los locos

ANDREW GORDON en el manicomio

Mi nombre es Andrew Gordon. Vivo en el manicomio.

Todo iba bien, ¿sabe? Tomaba de la vida aquello que quería, no me preocupaba nada demasiado, no tenía que hacerme cargo de nadie ni había nadie que pudiera avergonzarse de mí, era, por así decirlo, un alma libre. Recuerdo la sensualidad de aquellos días, la vida alterada, la embriaguez, el amor de mil mujeres y de algunos hombres. Quería vivir para siempre, prolongar mi juventud hasta el confín de los tiempos, pero todo lo perdí en el maldito momento en que el mal se fijó en mí, y escúcheme bien, este jamás suelta su presa.

Orígenes desconocidos.

Se sabe que frecuentaba prostíbulos, y en general, todo tipo de locales de mala reputación, en el barrio chino. Fue hallado, en estado de embriaguez y excitación, huyendo por las calles, de su propia imaginación trastornada. Aseguraba que eran los sabuesos del caos, los que le perseguían para devorarle. Fue detenido por este motivo, en Octubre de 1.938, hasta que su estado de embriaguez, por alcohol, y probablemente, alguna droga, desapareció.

Un año después, en Mayo de 1.939, saltó al vacío, desde una tercera planta, y aterrizó sobre un transeúnte, que resultó muerto en el acto.

El estado se hace cargo de él, a partir de ese momento.

“No estoy loco, los hijos de la devastación están en todas partes, pero no en usted, lo veo en su alma”

En un oscuro callejón, una cálida noche de Julio, Anita Small perdía la conciencia de todo cuanto la rodeaba. La farola apagada, el coche aparcado bajo ella, el contenedor de enfrente, todo se desdibujaba confusamente. Su espalda se apretaba con fuerza contra la pared, mientras Andrew la aplastaba con su cuerpo; su espalda se arqueaba mientras él la devoraba, primero su cuello, después su boca abierta para encontrar su lengua, enérgica, apasionada, cómo le recibía con ansiedad, con desesperación.

Anita le sujetó fuertemente la nuca, como temiendo que aquel interminable beso llegara a su fin; deslizó suavemente su otra mano bajo su camisa y acarició cálidamente sus pezones. Sintió un leve gemido en su boca, que la encendió más si cabe.

Justo después sintió la mano de él deslizarse por entre sus piernas, bajo su corta falda, cómo apartaba sus braguitas y acariciaba después su sexo. Lo imaginaba empapando su mano, a punto de estallar. Esta vez fue ella la que gimió, lo que dio paso a que Andrew actuara con mayor rudeza.

Anita miró al cielo, extasiada, aunque lamentando que aquello terminaría demasiado pronto, mientras Andrew deslizaba sus dedos con sorprendente habilidad y a gran velocidad.

Minutos antes se había despedido de su marido, que los había dejado justo allí, donde ahora se encontraban estallando en éxtasis, sin sospechar la fogosidad de su reciente amigo. Ahora, ambos se miraban fijamente a los ojos, mientras él aumentaba gradualmente la velocidad de su contacto y ella deslizaba por primera vez su mano bajo su pantalón.

De pronto, una punzada de dolor recorrió todo el cuerpo de Anita. La mano de Andrew se había cerrado con fuerza sobre su sexo; su rostro había cambiado completamente. En él se dibujaba ahora el más vivo terror. ¿Les había descubierto su marido? Ella se volvió espantada, pero no había nada, quizá una sombra esquiva que desapareció en el momento de volverse.

Sin mediar palabra Andrew emprendió una alocada carrera hacia la luz de las calles. Ella trató de sujetarle, paralizada de miedo, pero él la apartó de un fuerte manotazo que la derribó. Al instante había desaparecido tras la esquina.

Anita corrió sin dejar de mirar tras de sí, sintiendo que le daba un vuelco el corazón, hasta que por fin llegó a la luz de las farolas y se encontró con otros transeúntes, con quienes empezó a sentirse a salvo.

Aquel episodio la marcó profundamente. ¿Qué sería aquello de lo que Andrew huyó? Desde entonces, Anita evitaba cruzar aquel callejón que le provocaba escalofríos. Más tarde, su marido le contó que fue detenido por escándalo y embriaguez, aquella misma noche, aunque ambos estaban de acuerdo en que no había bebido. En cualquier caso nunca más volvieron a saber de él.

Interno en el manicomio desde entonces.

El manicomio de la casa de los locos

EDWARD ANDERSON en el manicomio

Mi nombre es Edward Anderson. Vivo en el manicomio.

No soy bueno, lo reconozco, pero ¡quién lo es hoy en día! Sí, he asesinado a varias personas, pero eso no me convierte en un asesino; afirmar eso con la simpleza de sus argumentos le convierte en una persona realmente simple.

No, no soy un asesino; los maté porque alguien tenía que hacerlo y yo estaba allí. Le advierto que en todas las ocasiones me entregué y fui puesto en libertad una vez tras otra puesto que las personas a quienes asesiné no estaban muertas ni habían existido jamás. ¿No le dice a usted eso algo? Serví a la causa mientras pude, ¿lo hará usted?

Orígenes desconocidos.

En Septiembre de 1.937, es detenido, tras presentarse en comisaría, y declararse culpable, de los delitos de violación y asesinato, de la joven Laura Índigo. Delito que, según la investigación policial, jamás fue cometido, no hallando, si quiera, indicios de que existiera, la tal Laura Índigo. Tras dos semanas de arresto, es puesto en libertad.

Al mes siguiente, en Octubre, fue detenido, en la comisaría de otro distrito, tras declararse culpable del delito de asesinato, de un transeúnte anónimo. Se comprobó que esta vez sí que había cadáver, y su descripción coincidía con la que el detenido proporcionó. Pero, finalmente, es detenido otro hombre, por el mismo crimen, señalado por numerosos testigos.

Aún quedando, inquietantes puntos por esclarecer, como, si fue Edward Anderson, un testigo más, si de alguna manera colaboró, facilitó o instigó el crimen, es puesto en libertad, pues no hay testigos que le relacionen con el lugar del crimen, ni prueba alguna que le incrimine.

Dos meses después, es detenido por una patrulla de policía, que le descubre, tratando de apuñalar a Ingrid Benson, mujer de cincuenta y cuatro años, que es sorprendida y atacada por el reo, a las diez y veintiuno de la noche.

Tras un examen psiquiátrico, el estado se hace cargo de él.

“Oh, se equivoca usted. Asesiné a aquellos monstruos y me entregué pues ante todo soy buen ciudadano”

Edward jadeaba como un animal a cada embestida. De su boca semiabierta caían hilos de baba, sin el menor esfuerzo por contenerla, sobre el rostro de ella. Como un demente de ojos desquiciados la miraba mientras la penetraba con dureza una y otra vez y decía: “Yo soy el taladro vengador, oh, puta de Babilonia”. Pero la expresión de su rostro, de perversión podrida fue transformándose hasta otra que mostraba el más vivo terror. Sus manos se crisparon sobre la hierba del parque, arañando la tierra. Era la expresión de ella la que había transformado la suya, pues lejos de estar asustada, pasó de la completa calma a la ira más profunda. Pero fueron sus palabras las que le trastornarían profundamente para siempre.

–¡Maldito imbécil!, he recorrido distancias que tu atrofiada mente no sería capaz siquiera de imaginar, la importancia de mi misión aquí supera la de tu vida y la de todos tus antepasados juntos, y ahora, metido en este cuerpo de mujer estoy indefenso ante ti. Te estrangularía con mis tentáculos; te inmovilizaría con mi veneno para hacerte sufrir el tormento durante días antes de arrancarte la cabeza de forma brutal, te…

Pero no pudo terminar su frase. Edward aplastaba su cabeza una y otra vez con una gran piedra. La alzaba con ambas manos todo lo alto que podía, con sus rodillas rodeando la cintura de ella y la piedra recortándose contra la hermosa luna llena, para bajarla después con una fuerza devastadora y levantarla de nuevo, esta vez llena de sangre.

Interno en el manicomio desde entonces.

El manicomio de la casa de los locos

HOWARD THOMSON en el manicomio

Mi nombre es Howard Thomson. Vivo en el manicomio.

La realidad no es la verdad. Pero usted no puede entenderlo, porque su vista se limita a la de un plano tridimensional, pero la mía no. En ocasiones la mía se proyecta de forma esférica, ¿comprende? Y en esos momentos consigo ver las cosas como realmente son, y puedo transformarlas, puedo simular su grandeza, traer los otros planos y destruir la realidad tal y como la conocemos para siempre. Pero ¿cómo iba usted a entender esto? Tan solo es un licenciado más sin una carrera auténtica, sin una inteligencia auténtica. Está usted demasiado socializado; ha sido normalizado.

Orígenes desconocidos.

Es detenido en Junio de 1.940, gracias a la denuncia de un vecino. Es hallado a las dos y cuarenta y tres minutos, por los agentes de servicio, en su domicilio.

Había derribado todos los tabiques de la casa, produciéndose, en el piso superior, inquietantes grietas, que alarmaron en extremo, a sus propietarios, que habían estado escuchando el ruido de las obras, desde el día anterior, sin descanso.

Tras derribar todos los tabiques interiores, fue sorprendido, arrojando cascotes por la ventana. Sus vecinos habían salido a la calle, alarmados, ante lo que creían, un posible derrumbamiento.

A estos cascotes, siguió la propia ventana, y después, narran cómo, el propio Howard Thomson, comenzó a golpear la fachada, desde dentro, arruinando la edificación y arrancando ladrillos que caían sobre la acera.

En el momento de su detención, Howard Thomson gritaba incoherencias. Los agentes comprobaron, con horror, que, de alguna manera, había conseguido cortar dos de los pilares que sostenían el edificio, que tuvo que ser evacuado urgentemente, tras su detención.

  El estado se hace cargo de él, a partir de ese momento.

Tome asiento –dijo Adam mientras recuperaba su ficha– ¡Dios! Usted es el picapedrero

Howard Thomson caminaba haciendo equilibrios por un fino hilo de fuego, pero no estaba asustado, sino extasiado ante la grandeza del cosmos. Bajo él un mundo viejo, tostado por los rayos cósmicos, lleno de cráteres, sin un leve vestigio de vida, anaranjado, seco, infernal. Ante él, suspendido en aquel hilo orbital, el mayor espectáculo que pudiera imaginar; un amanecer de dos soles que daban vueltas entre sí, como jugando, como tratando de darse caza el uno al otro. Sobre su hilo imposible sentía su calor, pero los miles de grados que sin duda proyectaban hacia él llegaban sin embargo con una sensación de reconfortante calidez.

Caminaba sin descanso a través de su hilo de fuego, que le conectaba directamente con el más grande de los soles; ya había dejado atrás Mundotostado, que describía la órbita más cercana de aquel sistema, y ya había llegado a su destino. Ahora danzaba junto al sol principal como en un vals en que el otro, celoso, trataba de irrumpir entre ellos, asomándose por encima de su hombro, volviendo a esconderse, tratando de sorprenderle por detrás, cada vez más inquieto ante la llegada del intruso.

Ya introducía sus manos dentro, sintiendo un agradabilísimo calor en ellas, ya apartaba los rayos solares como quien aparta una cortina para ver su interior, brillante, magnífico, cuando de pronto, todo se desdibujó ante él y se encontró en su más que odiado piso de esquinas cuadriculadas, pétreas, áridas; y quiso gritar, y gritó como nunca antes lo había hecho, hasta desgarrar sus cuerdas vocales, hasta perder por completo la voz, mientras sentía cómo su esencia era devuelta al ángulo dimensional que tanto odiaba. Pero esta vez no, esta vez acabaría para siempre con esa maldita dimensión. Sabía cómo hacerlo.

Interno en el manicomio desde entonces.

El manicomio de la casa de los locos

THOMAS HELLER en el manicomio

Mi nombre es Thomas Heller. Vivo en el manicomio.

No imagina lo difícil que es asesinar a un hombre, bueno, a un hombre o lo que sea eso. Era uno de los importantes, ¿sabe? Su muerte me habría conducido directamente a su superior, esto funciona así, y quizá a su nave. Podría haberla destruido, haberles hecho entender que la resistencia es fuerte en la Tierra, pero no. Esos sicarios del gobierno me detuvieron sin saber qué estaban haciendo, sin la más mínima capacidad para sopesar lo terrible de su acto.

Orígenes desconocidos.

En Noviembre de 1.939, salta sobre el diputado, Philip Anderson, armado con un cuchillo, y trata de asesinarle, con poca pericia. Consigue sin embargo, lesionarle mediante una herida superficial, en el pecho.

Cuando es detenido, acusa a Philip Anderson, de haber venido del espacio exterior.

Su estado de excitación llega hasta tal extremo, al ver perdida, la posibilidad de asesinar al diputado, que los agentes, se preocupan seriamente por el estado de su salud, y tan sólo puede ser aplacado, su violento frenesí, tras la ingesta forzada de tranquilizantes.

Se le considera un sujeto especialmente peligroso, por lo incontrolable de sus emociones, y en todo momento, reconoce que si se le da la oportunidad, terminará con éxito la labor que empezó.

El estado se hace cargo de él, a partir de ese momento.

Se equivoca, por intento de asesinato ahora estría en la calle. ¿No adivina? Locura absoluta.

El diputado Anderson no era quien decía ser. Esto habría sido evidente para cualquiera que le conociera tanto como Thomas. Sin embargo, debía reconocer que su representación era brillante; quizá tanto que engañara a su propia esposa, pero ni si quiera su esposa le conocía tanto como Thomas.

Thomas vivía en una pequeña casa en un barrio acomodado. Vivía de una pequeña pensión procedente de una herencia y disponía de mucho tiempo, que dedicaba a la seguridad.

Anotaba en una libreta todos los movimientos que realizaban sus vecinos, a los que espiaba mediante tres puestos de observación en sendas fachadas, equipados con telescopios de tierra y cámaras fotográficas. Thomas era un amante de la seguridad.

Por las noches, cuando todos dormían él estudiaba las pautas, durmiendo pequeñas siestas durante todo el día, y en el momento en que estas se alteraban, prestaba especial atención e incluso montaba una vigilancia de seguimiento para averiguar que su vecino Littlewood tenía una aventura o que su vecino Tukson había perdido su empleo y sin embargo, cada mañana salía como de costumbre, pero al doblar la esquina se dirigía al bar a emborracharse.

La seguridad requería un gran sacrificio para Thomas.

Un buen día se interesó por su vecino, el diputado Anderson. Sus hábitos habían cambiado drásticamente; de pronto se había vuelto errático e incontrolable, fue en el momento en que decidió presentarse a las elecciones. De pronto el jardín de su casa se llenó de ayudantes de campaña, periodistas y colegas, como si en realidad tramara otra cosa, porque, ¿qué mejor móvil que el de presentarse a senador, para coordinar una invasión a nuestro mundo?

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El manicomio de la casa de los locos

TOMMY HILLMORE en el manicomio

Mi nombre es Tommy Hillmore. Vivo en el manicomio.

Vive usted bajo el cielo como todo el mundo. Nada más natural, ¿verdad? Pero no sospecha de lo que hay en realidad más allá porque no puede verlo. El cielo no es más que una burda representación para que durmamos tranquilos, ¿comprende? Solo por la noche podemos atisbar lo terrible que es el universo, ¡y ustedes se dedican a contar estrellas!

Sin duda, la idea de que es de noche inhibe su inquietud. No piensa que esa es la realidad, sino que la realidad es lo que ve cuando es de día y la noche es lo que Dios inventó para dormir. ¿Verdad que es así? ¡Ingenuo! No se hace una idea y le aconsejo que no piense más en ello, siga, siga con su parodia de vida, con su farsa feliz porque si llega usted a comprender la verdad, si usted llega hasta donde yo he llegado, entonces, entonces, usted deseará morir.

Nacido en Tampa, en 1.916

Se graduó en periodismo, en la universidad de Tampa, en 1.934.

Es ingresado por sus familiares, que temen por su salud. El enfermo vive en un estado de excitación permanente, que le lleva hasta el paroxismo y hace peligrar su vida, cuando algo le excita especialmente.

El tribunal psiquiátrico recomienda una disciplina dura para este paciente, ya que, de no controlar esos ataques de histeria, acabará muriendo en cualquier momento.

“Nada de eso señor, todo ahí fuera parece normal, el prado, la carretera, incluso aquel cementerio de allí, pero el cielo, el cielo…”

Tommy caminaba hacia la universidad. Era su último mes y se graduaría por fin. Todo parecía normal, Lucy Jackson había pasado momentos antes con su coche y como siempre le había invitado a montar, y como siempre él reusó. Lucy era demasiado imponente. Cuando estaba junto a ella terminaba comportándose como un imbécil, o bien balbuceaba como un retrasado o se alejaba trastornado cuando ella le hablaba. Lucy era Dios.

Cómo se arrepintió después de no haber subido a su coche, al menos esa vez, porque ocurrió algo que trastornó su vida para siempre.

Escuchó un zumbido, primero suave, pero creciente y terrible, como proveniente de lo más profundo del planeta, como si dos barras metálicas de dimensiones planetarias se frotaran con enloquecedora fuerza entre sí.

Tommy miró al suelo, después al cielo y se mareó. Fue consciente en ese momento de la distancia enloquecedora, inadmisible que había sobre su cabeza. Un vértigo terrible le derribó al suelo. Trataba de asirse a las juntas de las baldosas mientras sentía que el abismo sobre él le atraía. De un salto se agarró fuertemente a una farola. Sentía como una fuerza terrible tiraba de él hacia arriba. Mientras tanto el ruido no cesaba, sino que iba en aumento, más y más alto, como si la Tierra fuera a estallar de un momento a otro.

Cayó hacia arriba aunque consiguió sujetarse en el último momento en la luminaria. Incrédulo miraba cómo sus piernas pendían hacia arriba. Los transeúntes le miraban alarmados y le señalaban. Por más que pedía ayuda nadie se atrevía o no sabía cómo rescatarle.

Finalmente el ruido cesó y se estrelló contra el suelo. Por suerte no se rompió nada. Los demás parecieron pensar que aquello no fue para tanto y siguieron su camino, pero él se quedó acurrucado en el suelo, sollozando largamente al pie de la farola.

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El manicomio de la casa de los locos

OLIVER ROSIGNOL en el manicomio

Mi nombre es Oliver Rosignol. Trabajo en el manicomio.

Siga usted las normas y no le ocurrirá nada. La doctrina Rosignol debería aplicarse en cada rincón de nuestra sociedad. Disciplina y mano dura; el que la hace la paga. No me mire así, y sobre todo no se asuste, solo pienso en voz alta, hombre. Pero ¿no cree usted en una sociedad más ordenada, más justa? Yo también, así que, ¿qué puedo decirle? En el lugar donde yo trabajo la disciplina es muy importante. Ya me gustaría ver a alguno de esos vagos en el manicomio, ¡vería usted!

“¡Venga, póngale la mordaza de una vez!, acabemos pronto con esto. Este maldito loco va a conseguir que me pierda el partido.”

–¡Oliver, no! –imploraba Tom Locker una y otra vez. – No, se lo suplico, no siga, no siga. Oliver, ¡por Dios!, por lo más sagrado, no me haga esto –bajaba la voz suavemente para parecer más conciliador, más amistoso. – No se lo tendré en cuenta, se lo aseguro, jamás volveré a hablar de ello, jamás volveré a relacionarme con usted, o sí, como usted prefiera. Puedo convertirme en su mejor amigo si usted lo desea, pero por favor, no siga con esto. No, no me mire así, ¡Alto! ­–gritó a los celadores, que trataban de introducirlo en la furgoneta–. Hombre, por Dios, ¿no ven que aún no hemos terminado de hablar mi buen amigo y yo? –decía aferrándose con fuerza a la puerta abierta–. Oliver, se lo repito, usted sabe que no estoy loco, quiere llevar la venganza demasiado lejos, ¿no le parece? Venga hombre, entre en razón, por lo que más quiera. Me alejaré, me iré del estado, del país, pero no arruine mi vida –sollozaba ahora–. No lo haga, no lo haga. No fui tan malo con usted, quiero pensar que en el fondo somos amigos; no quise, no quise hacerlo, no quise hacerle daño, amigo mío. ¡Oliver, sea cristiano! Sabe que esto está mal, ¡imbécil! Perdón, perdón –se apresuró ahora en tono conciliador–. No quise decir eso, pero vamos, hombre, sabe que no estoy loco, estoy aquí porque alguien le debía un favor. Entre en razón.

Oliver Rosignol se acercó, momento en que cesó el forcejeo, arregló la corbata de Tom Locker, se acercó a su oído y susurró:

–Aún no sabe usted nada. Recuerde señor Locker, que no va a ir a una institución cualquiera, sino que irá a la mía. En menos de una hora volveremos a vernos en una habitación fría y estéril con mi instrumental y su camisa de fuerza –diciendo esto hizo un gesto a los celadores y se alejó.

–¡Oh, maldito!, ¿va usted a torturarme? ¡Bastardo!, ¡Oh, cómo me alegro ahora de haber atropellado a su esposa! ¡Ojalá hubiera muerto! No, no, perdone, son los nervios. No estoy loco, perdóneme, perdóneme –lloraba ahora abiertamente mientras era introducido en la furgoneta y cerrada la puerta.

Oliver conducía de camino al trabajo como cada día, pero esta vez una radiante sonrisa se dibujaba en su rostro, ya que desde la ventanilla trasera de la furgoneta Tom le observaba con el rostro desencajado, como si contemplara al diablo.

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El manicomio de la casa de los locos

MARA REMO en el manicomio

Mi nombre es Mara Remo. Nunca he pisado el manicomio.

Escúcheme bien porque no lo repetiré. No es usted tan importante, no es imprescindible para nuestro plan. Podemos buscar a otro, podemos instruirle, podemos instruir incluso a un mono para que realice su trabajo. Sin embargo a usted podemos abrirle en canal, llenarle de piedras, coserle y arrojarle al río, y escúcheme bien; el plan no se vería alterado en lo más mínimo.

¿Lo ha comprendido bien? Pues ahora sea humilde y deje de hacer preguntas. No necesita saber lo que hace, solamente obedezca y no cause más problemas.

No me río de usted, imbécil. No, usted no es gracioso, no lo es en absoluto. Tan solo me río de su inusitada torpeza, de su patético plan. ¡Venga, sígame!

Mi nombre en este mundo es Mara Remo y este es mi aspecto. Recuérdelo porque me volverá a ver, se lo garantizo y entonces más vale que haya hecho bien su trabajo. Olvide ya mi auténtico nombre, no traería más que problemas a la causa. Míreme, ¡céntrese! Illdarin tiene sus ojos puestos en todas partes; incluso en su peculiar y variopinto grupo. Sí, es ese sujeto, ese amigo suyo, Patrick. Haga lo que usted crea conveniente, pero ciegue a Illdarin, por Dios. Todo está llegando a su fin, el desenlace para ustedes se acerca.

No me mire con esa cara, mezcla de lástima y temor, ¿qué es eso?, ¿qué significa?, no es su amigo, no lo es. Es solo una burda reproducción de lo que usted recuerda de él. Es una burla, un chiste sin gracia; parece él, pero en realidad no lo es. Otros espías serán descubiertos en su momento y usted, amigo mío, será mi brazo ejecutor, mi ángel vengador, si lo prefiere, el héroe que actúa en la sombra, que hará muchos sacrificios, que no obtendrá recompensa alguna, ni el más mínimo reconocimiento, pero usted hará un buen trabajo, ¿me entiende?, porque podría encontrar a cientos como usted. Entienda que es basura desechable. Le encontré por casualidad porque era el único imbécil practicando juegos de salón aquella noche junto a sus amigos. ¿Lo ve? Con eso ha reunido usted todas las aptitudes que le han traído a mi servicio. Podría formar legiones de seguidores como usted y marchar a la guerra, usar a la multitud como escudo frente a Illdarin mientras golpeo con mi espada flamígera, pero no hay tiempo para eso. A pesar de su insignificancia, es usted a su manera, importante.

Illdarin dirá “voy” e irá. Usted lo sabrá por el hongo. Con el primero vendrán muchos más y después nada. El fin.

No me mire así. Es el momento de actuar; actúe pues. Recibirá señales, sabrá que tiene que hacer en cada momento, haga caso a su corazón, a sus vísceras; elimine a los enemigos de la tierra, acérquese a Illdarin, destruya su nave y es posible que la Tierra tenga una oportunidad. Pero antes haga una visita a su amigo; salgan a pasear y cuando menos lo espere demuéstrele que no es usted tonto.

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