Aquella convivencia marcaría un antes y un después, puesto que ya no estudiaría en el mismo lugar, con los mismos compañeros. Toda la etapa anterior fue profundamente infeliz y solitaria, en la que paseaba solo por el patio, con las manos en los bolsillos, contemplando las vallas perimetrales y más allá, al cielo, como si fuera un preso. Recuerdo que a menudo contaba los años que me quedaban para terminar la E.G.B. como si fueran una condena, para poder abandonar aquel lugar para siempre. No me gustaba nadie, salvo Marco, mi amigo del alma. Tampoco le gustaba yo a nadie, y aunque tuve algunas etapas en las que me relacioné algo más, había un entendimiento tácito en ello que claramente apuntaba a la necesidad como argumento de cohesión temporal.

Estuve en varios grupos desde primero hasta quinto, en los que aborrecí cada cosa que hacía y a cada persona que lo integraba, hasta que en quinto me convertí en alguien tremendamente solitario, rehusando toda compañía, excepto la de Marco, mi gran amigo desde tercero.

A menudo caminábamos con el brazo rodeando el hombro del otro. Aunque éramos muy distintos, en nuestra soledad nos entendíamos y manteníamos una especie de amistad monógama y fiel. Aquel año llegó al colegio Voro, un niño nuevo. Un día encontré una nota en mi pupitre: “si el tesoro quieres encontrar, al bar tendrás que entrar”. Cuando llegó la hora del recreo corrí hasta el bar del colegio y en la barra encontré otra nota: “si el tesoro quieres corre a la fuente”, y eso hice. Encontré otra y luego otra, hasta que me percaté de que Voro estaba en todos los escenarios. Le pregunté si había sido él quien me había cargado de tanta ilusión con ese juego y lo admitió. Desde entonces, unas veces yo, otras veces él dirigíamos nuestras propias yincanas. Después llegaron largas conversaciones y finalmente se fraguó una gran amistad.

Por aquel entonces Marco pasaba algunos fines de semana en mi casa y yo en la suya. Él era muy valiente. Recuerdo cómo se sentaba en su monopatín y se lanzaba en una calle con una pendiente muy pronunciada, atravesando varios cruces y gritando. Recuerdo su poster de Silvester Stallone en Rambo, colgado en la pared de su habitación. Recuerdo cómo decía: “¡piquete de ojos!” y con su índice y corazón extendidos los acercaba lentamente a mis ojos para que parara el golpe con la palma de mi mano de perfil. También recuerdo cómo nos escapábamos todos los días del colegio, en el horario del comedor, cruzábamos la carretera y nos adentrábamos en una gran pinada para construir nuestra cabaña; cómo para escapar subíamos donde los curas y engañábamos a Isidoro, el guardián de la puerta para marcharnos. Aún hoy cuando veo la imagen de Rambo recuerdo aquella amistad tan profunda, tan honesta y tan precoz, y con cierta amargura recuerdo también el final de aquella amistad, cuando le dije que me marchaba, que cursaría sexto en otra parte porque no soportaba más aquel colegio, cómo años más tarde, ya en el instituto lo encontré en mi calle, a pesar de que éramos de pueblos distintos. Entonces, bastante cortado, le saludé, le dije que me alegraba de verle y me marché. Creo que sentí una gran distancia entre ambos y que estaba demasiado inmerso en mi egocentrismo adolescente como para pensar qué hacía después de tanto tiempo en mi calle. Quizá vino a verme, pero ya no lo sabré porque le dejé allí y corrí a mi cita, como si él nunca hubiera significado nada, como si no me hubiera acompañado durante aquellos tristes años, como si no hubiera dormido jamás en mi casa ni yo en la suya, como si nunca hubiéramos revelado nuestras confidencias. Creo que, empeñado en enterrar un pasado triste, de soledad, de palizas en el patio y de ostracismo, aquella tarde le enterré también a él y con él, aunque no lo sospechaba, una parte de mí; la esperanza de recuperar las pocas cosas de aquel pasado que me hicieron feliz.

Esta es una historia sobre la pérdida, sobre el fin de la amistad. Aquel 1992, justo antes de la convivencia, cuando Voro entró en mi vida y se convirtió, sin sospecharlo en otro gran amigo, sucedió algo terrible. Después de prácticamente un curso entero conviviendo con ambos, estos, que no se entendían tan bien, llegaron durante un recreo a las manos. Aunque Voro parecía bastante más fuerte, Marco acabó dominándolo y le golpeó hasta que Voro, humillado y dolorido se fue de allí para sentarse a unos metros. Recuerdo el dolor con el que presencié la pelea y mi pasividad. Incluso después de la misma. Marco vino junto a mí y no recuerdo lo que me decía. Recuerdo la mirada dolida de Voro, su honesta humillación, que no trató de ocultar y que hacía que fuera aún más doloroso, y recuerdo cómo finalmente volvió hasta nosotros y me dijo que debía elegir entre ser amigo de Marco o de él. Le insistí en que no podía hacerlo, pero él no aceptó dicha respuesta. Finalmente elegí a marco, y Voro, lloroso, se alejó de allí y jamás volvimos a hablar.

Al año siguiente, en sexto, yo me marché a estudiar junto con los chicos del seminario, pero sin los curas. Me volví más solitario que nunca. Me apodaron “el cuervo”, siempre paseando, con las manos en los bolsillos, cabizbajo. En adelante, mis únicas alegrías eran el cambio de escenario; pasear por la pinada, las ardillas, la fuente, haber dejado atrás a los chicos que años atrás me habían pegado, aunque también dejé atrás a Marco. Desde entonces casi no volvimos a relacionarnos.

En cuanto a Voro, él vino a estudiar conmigo también, pero como dije, nunca más volvimos a hablarnos. A veces le observaba junto a sus amigos, no echando de menos su amistad, no anhelando un cambio, sino recordando con tristeza aquella tarde en la que con lágrimas en los ojos suplicó mi amistad y yo la negué.

Más adelante, en séptimo y en octavo, sería el rol lo que me salvaría de mi soledad y mi relación con otro grupo de chicos a los que detestaba pero con los que necesitaba juntarme y los que sin duda, también me detestaban a mí, pero esa es otra historia.

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