El encapuchado

(Continuación de Carnaza para orcos).

La masa verde, vociferante, celebraba enardecida y fuera de sí el único touchdown marcado por su equipo, frente a los cuatro marcados por las ratas, en el momento en que el árbitro pitaba el final del encuentro. Se agolpaban sobre las balconadas, hasta el punto de caer decenas de ellos sobre su propia hinchada, más abajo. Las ratas abandonaban rápidamente el terreno de juego, con el pescuezo bien bajo y los dientes rechinantes de puro pavor.

Abandonaron el estadio a la carrera, dejando enseres personales y parte de la equipación. Con suerte, aquellos malditos orcos celebrarían la derrota desmembrando a sus propios jugadores, que se pavoneaban aún sobre el césped, como si hubieran vencido o como si no hubieran comprendido las reglas del juego.

Mientras tanto la muerte se deslizaba entre las gradas, o eso debió pensar un pálido trasgo cuando vio a aquella figura encapuchada, cuyo rostro ocultaba una horrible mueca tallada y pintada de negro. Aquella máscara pareció sonreír en el momento en que, bajo la capa, un filo negro rebanaba la garganta del trasgo, de un tajo rápido y preciso. Después desapareció entre la multitud ágilmente, evitando las miradas, aferrando firmemente su puñal para usarlo de nuevo si alguien amenazaba con dar la alarma.

Por fin, el encapuchado consiguió salir de aquel maldito estadio. Se volvió por última vez. La torre se recortaba contra el cielo; un sol rojizo se ponía allá en el horizonte. Dejó atrás el clamor, el hedor a estiércol y la locura de la depravación de aquellas bestias. Arrancó la máscara descubriendo un bello rostro humano y se alejó a la carrera hacia la taberna del Yelmo Oscuro, donde se alojaba durante las semanas que durara la Liga Fantástica.

Aquella locura había sido ideada por reyes caprichosos, con el fin, según dijeron, de evitar la guerra. Se construyó un estadio monstruoso en el Yermo, territorio fronterizo entre las Tierras Salvajes y Ankbad, el reino de los hombres. Parece que el deseo de todos era aplastar a los humanos definitivamente. Ankbad era el último de los Cinco Reinos que quedaba en pie. Las huestes enemigas parecían a punto de engullirlo para siempre, cuando los últimos reyes humanos ordenaron la construcción de aquella monstruosidad. Los pueblos fronterizos no tardaron en informarse e inscribirse para ganar el trofeo de la Liga Fantástica con el fin de mostrar su supremacía al resto del mundo.

Es por ello que Lutien, el encapuchado, fue enviado a aquella taberna solitaria en el yermo desolado, desde las ventanas de la cual podía verse el estadio de madera recortándose contra el horizonte. Su misión era evitar la guerra, a cualquier precio, al menos hasta que Ankbad fuera lo suficientemente fuerte como para rechazar una invasión, cosa poco probable, ya que los enemigos medraban constantemente.

Lutien era miembro de la casa real. Era quizá el único de una estirpe en decadencia, capaz de hacer frente al destino. Sus gloriosos ancestros, sin duda vomitarían sobre los actuales regentes; animales embrutecidos cuyo único afán era comer y beber un día más a pesar de la hambruna de su pueblo y de la inminente guerra. De hecho, aquella idea de la Liga Fantástica, era el resultado de una mente arruinada y simple, pero lo suficientemente absurda como para que tuviera alguna posibilidad de funcionar.

No es que Lutien creyera en aquella disparatada idea, pues sería demasiado pretencioso llamarlo plan, ya que si quiera existían directrices a seguir, más allá de la inicial de construir el estadio y enviar al encapuchado, sino que estaba firmemente convencido de que, si quedaba alguna esperanza a la raza humana de seguir existiendo, esta pasaba necesariamente por él. Quizá aquel maldito estadio y aquella maldita competición podrían servirle para demostrar que Ankbad era necesaria, al menos de alguna manera, y que el terreno de juego era en sí mismo como un campo de batalla, aunque parecía que aquellos orcos estúpidos lo habían tomado al pie de la letra.

Lutien contaba con una pequeña escuadra de veinte aguerridos soldados, todos durmiendo en la misma posada, esperando sus órdenes. Órdenes que no tardarían en ser pronunciadas, puesto que, desde la ventana de su habitación podía ver  cómo avanzaba hacia la posada una masa enardecida de no menos de doscientos orcos armados con antorchas, dagas y cimitarras, que al grito de “¡Muelte a Ankbad!” parecían querer arrasar todo cuanto encontraran a su paso.

Ya estaba la posada erizada como un puercoespín; decenas de saetas preparadas desde todas partes, cuando Lutien cabalgó hasta encontrarse con los orcos:

-¡Alto! –ordenó. Los orcos rieron. Lutien se incorporó en su caballo, retiró su capucha mostrando su bello rostro, alzó su mano y volvió a gritar- ¡alto!

-¿Por qué, maldito? –dijo uno de ellos.

-¡Allí os espero, malditos animales! –dijo señalando el estadio- primero os aplastaremos allí, después la guerra.

Una lanza cortó el aire hasta llegar a Lutien, que con un rápido gesto la esquivó. Un atronador griterío siguió a la lanza y Lutien volvió al galope a la posada para preparar una desesperada defensa.

 

Un misterioso hospital, un horrible parto. Las matronas han huido espantadas y el doctor Hillmore intenta asesinar al bebé. Pero ¿qué está ocurriendo? 
El bebé tiene horribles mutaciones. Algunos dicen que se trata del anticristo, Pero Arnold y Marie harán lo posible por salvar a su hijo y se ven inmersos en una fuga a lo largo de todo el país. Mientras tanto Arnold, enfermo de amnesia, busca su propia identidad perdida, pues en ella está la clave para resolver el misterio.

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