Día de caza

He abierto la mochila. No sé qué me indujo a ello; quizá fuera un instinto primario, uno de los procesos oscuros e inconscientes de la mente, pero no importa. Todo aquello que en algún momento parecía importante ya no lo es. No lo es en absoluto. No hay qué comer, no queda esperanza, no queda nada. He seguido mi instinto maquinalmente, sin preguntarme por qué. Toda acción nos conduce a un estado diferente; la situación ha cambiado, nuestros procesos mentales han cambiado y nunca damos importancia a este sutil hecho ineludible que impregna la naturaleza de todas las cosas. No sabría decir a qué conducirá mi acción, aunque si debo ser honesto, admito que no es una certidumbre ni un pensamiento, pero sí una sensación oscura e indefinible lo que me advierte de un próximo advenimiento terrible que se cernirá sobre mí. No sé a ciencia cierta de qué se trata, aunque tengo la sensación de que sí lo saben todas las células de mi cuerpo.

Mi mano temblorosa aparta la ropa, hurga en su interior en busca de una vaga idea que poco a poco va tomando forma en el fondo de mi mente, hasta que por fin halla contacto con el frío metal. Quizá sea el hambre lo que embota mi entendimiento; quizá sea el sueño. Hace meses que no descanso; me revuelvo entre convulsiones y taquicardias hasta que agotado, caigo en la inconsciencia.
Extraigo el rifle y los cartuchos de la mochila. No hay qué comer. Mi mujer tiene hambre. Mi hijo tiene hambre.
Introduzco los cartuchos perezosamente en la recámara. El resto los guardo desordenadamente en mi bolsillo. Una última mirada al viejo y desvencijado catre para asegurarme de que siguen durmiendo y abandono el lugar. Vuelvo a tapar la entrada cuidadosamente con los cartones, asegurándome de que nadie me ve y rifle en mano me dirijo a encontrarme con mi destino.
Está lloviendo. La fría lluvia empapa mi rostro, empapa mi cuerpo, pero no me conmuevo lo más mínimo. Mis sentidos parecen haberse adormecido. Dejo atrás el Royalty y ni tan siquiera eso me conmueve. Allí pasamos algunos de nuestros más recordados momentos de noviazgo, pero ahora, ¿qué importa? Recuerdo cómo meses atrás mi mujer llegó a casa diciendo que habían cerrado el Royalty. Entonces guardamos un silencio patético y sublime.
Todo ha terminado, se ha ido a la ruina. No quedan negocios, no queda esperanza. Hace años presencié el principio y no supe reconocer lo que se cernía sobre nosotros hasta el final. Los ancianos sorteaban las barreras del metro, pasaban tras de mí, mostrando una sonrisa forzada y humillada cuando me volvía. Tiempo después me escandalizaba cuando descubría a alguien escondiendo comida en su bolso, en algún hipermercado, y más adelante, cómo eran denegadas las tarjetas de crédito en las cajas. Cómo la respuesta de la cajera siempre parecía tratar de evitar una situación humillante hablando de bandas desgastadas mientras la mirada del cliente se advertía perdida en algún punto indefinido y cargada de terror.


La lluvia empapa mi rostro, pero no me importa. Casi he llegado a mi destino; poco a poco se ha ido dibujando en mi mente y me ha parecido tan claro y tan lógico que ni por un instante he titubeado. Por primera vez tengo conciencia de mí mismo, caminando con paso alienado por la calle, bajo la lluvia y con un rifle al hombro. Debo parecer alguien desposeído de todo entendimiento, pero no hay qué comer.

He entrado en el banco. No he titubeado, aunque siempre he sido una persona tímida. No supe proteger a mi familia, no di con la fórmula. El Estado me ha desposeído de toda herramienta, de todo recurso, de toda oportunidad y finalmente me veo empujado por una fuerza primordial a tomar lo que me pertenece, a equilibrar la balanza, con las herramientas que la naturaleza me ha dado; mi determinación y mi ferocidad. ¿No responde esto a la ley natural? ¿Se atreverá alguien a censurarme por lo que estoy apunto de hacer? ¿Quién?, ¿aquel que no lo ha perdido todo?, ¿aquel que no se ha visto avocado al más profundo de los abismos? Será muy fácil para él tacharme de desequilibrado, aunque ciertamente lo estoy, ¿cómo negarlo a estas alturas? Pero no por un motivo subyacente en mi yo, sino porque el sistema me ha golpeado con mazo de hierro hasta hacerme enloquecer.
El Señor Álvarez se revuelve inquieto en su sillón. El banco está vacío, como cabía esperar, y ha cundido el desconcierto entre los empleados.
Ah, Señor Álvarez. Hace meses caí a sus pies, suplicante, pidiendo una solución, y con palabras amables y un falso asomo de humanidad fingía sentirse conmovido con mi situación, pero siempre adiviné lo que se escondía en el fondo de su corazón. —Otro miserable que viene a pedir—. Tiempo después se quedaron con mi casa y yo con la deuda, ¿recuerda? Nunca dejaron de pasarme la letra de aquello que ya no poseía, mientras no tenía con qué dar de comer a mi familia. Ah, Señor Álvarez, no sabe quién fui yo. Desposeído de mi trabajo he sido desposeído también de mi humanidad a los ojos del mundo.


Vestía con traje, era respetado, pero eso, ¿qué importa ahora? Lo que importa es que estoy en el banco, con un rifle en la mano, encañonando al Señor Álvarez. Lo que son las cosas, ahora es él quien me suplica a mí. ¿Qué le hace pensar que habrá piedad? ¿La hubo a caso para mí o para mi familia? ¿Qué me importan sus súplicas?, ¿que su familia lo pierda todo, como lo ha perdido la mía? Mi elocuencia no sirvió de nada. Quizá esta sea la última oportunidad de llevar algo de empatía sobre esos rostros rollizos y sudorosos.
Un instante de duda y ¡Bam! Lo que había sido el rostro sollozante del señor Álvarez es ahora una masa informe y sanguinolenta. Tras él, la pared antes blanca, aparece ahora llena de restos de sangre y masa encefálica. El rollizo cuerpo se inclina hacia atrás en unos instantes que parecen prolongarse hasta el infinito. Finalmente cae entre las convulsiones que provoca su estertor, pero yo no siento nada.
El mundo parece haberse detenido. Escucho gritos a mi alrededor, pero no siento nada. Me siento atenazado por la parálisis. Nada me importa, solo contemplo estólido cómo las convulsiones y el gorgojeo poco a poco van cediendo el paso al silencio. Una última mirada de sus ojos vidriosos y finalmente su cuerpo parece relajarse. Tan solo un imperceptible temblor muestra cómo la vida se le escapa poco a poco, y cómo cada segundo es el terrible e interminable preludio al instante siguiente. Imagino su dolor, la certidumbre de su caída, y pienso que, aunque intensa, ha sido breve. Su dolor no puede compararse al mío.

Nuestro destino ha sido ligado. Tú has cobrado tu deuda con tus armas; la burocracia y la ley, ahora la he cobrado yo con las mías; el instinto primitivo del cazador. Entre nosotros no puede quedar en adelante ningún resquemor, puesto que ya estamos en paz. Pelillos a la mar.

Un misterioso hospital, un horrible parto. Las matronas han huido espantadas y el doctor Hillmore intenta asesinar al bebé. Pero ¿qué está ocurriendo? 
El bebé tiene horribles mutaciones. Algunos dicen que se trata del anticristo, Pero Arnold y Marie harán lo posible por salvar a su hijo y se ven inmersos en una fuga a lo largo de todo el país. Mientras tanto Arnold, enfermo de amnesia, busca su propia identidad perdida, pues en ella está la clave para resolver el misterio.

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