Ya todo se ha preparado para la consumación. Parece que se ha escrito la última línea de esta amarga historia, pues así se ha decidido, pero el público espera más, pues no estará satisfecho hasta ver caer al villano, hasta verle consumirse y revolverse aterrado, envuelto en hiel. Pero antes aguarda el acto final, del que no serán testigo más que las sordas y desnudas paredes que conforman la prisión de la postrada y humillada forma, ahora encorvada y trémula, a la que antes llamaba yo.

 

 

Soy enemigo de la sociedad, así se ha declarado en sumarísimo juicio, y por tanto es imprescindible protegerla de mi voracidad. Oh, soledad, tú que me escuchas como nadie jamás ha sabido, deberías haber visto sus rostros adustos, severos, estremecedores. Se esforzaban en transmitir cierta inclinación hacia la compasión en sus palabras, en el tono mismo de su voz, y la gente asistía a esta comedia, o mejor, formaba parte de ella. Sus expresiones parecían decir “es lamentable pero necesario, ¡que Dios nos perdone!”, pero sólo yo, oh, amada soledad, sólo yo, de entre la muchedumbre, de forma irónica y para regocijo de mi mala estrella, veía en la líquida mirada de sus ojos, un regocijo paciente y blasfemo. Sólo yo, oh, soledad, adivinaba que lo que realmente querían decir es “mañana asistiré al ocaso de tus días y me deleitaré presenciando tu tormento”.

Oh, soledad, ¡qué terrible es! No hay esperanza para mí, ni compasión. He sido extirpado del seno de la humanidad como infecto tumor. No hay amor, no hay nada. Acabaron con todo, ¡se lo llevaron todo!, y sólo dejaron tras de sí la desesperación. Un hombre abandonado, odiado por todos. Cuán  inexorable es la fuerza del destino cuando es forzado a dirigirse a golpe de miríadas de brazos y espoleado de un ensordecedor tumulto enfierecido. ¿Cómo podría eludirlo?, ¿cómo escapar de sus fauces si en contraposición sólo puedo oponer mi trémula mano, cuando apenas mis pies me sostienen?

Soy enemigo de la sociedad, dicen, y dicen bien, pero lo soy desde mucho antes de lo que ellos afirman. Aquello de lo que se me acusa es tan sólo la más clara constatación de nuestra relación irreconciliable, no es más que la consecuencia lógica de mi atormentado pasado, que antes o después debía manifestarse trágicamente.

Soy enemigo de la sociedad, sí, pero lo soy desde el mismo momento de mi nacimiento, momento en que fui abandonado por mis padres, momento en que mi destino se volvió contra mí y me deparó la más desdichada de las infancias.

La masa humana reiría a carcajadas si expusiera yo mis razones en público, respondería furiosa, incisiva, hiriente, lacerante, que mis actos no pueden justificarse de ninguna manera, que debería recibir mi castigo de igual modo, ¡como si no fuera castigo suficiente la conciencia que pesa sobre mí! La conciencia de lo que me ha obligado a hacer mi determinismo emocional.

Oh, soledad, ¿qué no daría yo por poder presenciar esa escena? ¡Mi vida daría!, aunque esta ya no me pertenece. Pero daría el alma por ver la transformación del reflejo de su fría y cruel hipocresía en sus rostros, en otra de terror cerval, si tuviera la oportunidad de arrastrarles de vuelta a los tres años de edad y hacer sentir en sus carnes el látigo que laceró mi espalda durante largos años; si les hiciera comer los mendrugos secos y embarrados que me vi obligado a deglutir después, tras mi huída. ¿Qué no daría por hacerles sentir, siquiera en una fracción de segundo, mi tormento prolongado durante décadas?

Hay que proteger a la sociedad de mi voracidad. Acordado. Pero, ¿quién me protegió a mí de la sociedad? Gentes como las que han asistido a mi caída, gentes como las que asistirán pronto a mi postrero trance, son las que me negaron alojamiento, consuelo, ayuda, las que miraban a otra parte mientras un niño privado de toda educación, de todo amor, yacía acurrucado, tiritando, tapado apenas por unos harapos, en algún lugar del polvoriento camino.

Ellos sintieron en su infancia, la suave brisa estival en sus lozanos rostros, durante sus juegos, y se sintieron libres. Yo no. Yo me sentía desdichado bajo el frío azote del gélido viento hibernal.

Pero todo eso… ¿qué más da ahora? Me siento cansado, terriblemente cansado. A la treintena parezco haber acumulado todas las edades del hombre. Quizá este acto de liberación sea la única compasión que recibiré. Pero esos rostros, esas miradas… no lo deseo ¡No quiero! ¡Cuán terrible es enfrentarse de esta forma a la muerte! ¿Nada tengo que decir al respecto?, ¿no me concierne lo suficiente?, ¿nadie va a escucharme?

¡Maldigo esta sociedad tan bárbara!, ¡maldigo todas las muestras de amor que me faltaron!, ¡Dios mío!, ¿qué sentido tiene mi vida?, ¿para esto me has arrastrado hasta aquí?, ¿no soy más que el juguete de la desdicha?

Pero… ahhh, ya llega el alba. El astro sol ya se alza en el firmamento y la luz empieza a invadir lenta, perezosamente, cada rincón de este lugar de tormento. Ya suenan pasos en el corredor y yo… yo voy a enfrentarme a mi destino.

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