¡Boom!

Esta también es la historia del fin de la amistad, pero haciendo ver en este caso que dicho fin también puede ser divertido, y teniendo en cuenta que no se trataba de una auténtica amistad, sino de dos muchachos que no se gustan pero se hacen compañía.

Fue también justo antes del veranos del 92, con el que empezaba esta historia a la que le faltaban algunas piezas para arraigarse, un día de fallas en el que Marco se encontraba mal y no había venido al colegio. Voro iba a comer cada día a casa, así que aquel día durante la hora de la comida estaba absolutamente solo, aunque estuviera rodeado por miles de alumnos. Se acercó a mí Carayunque, buscando mi compañía al verme tan solitario como él. Era bastante bruto, brabucón y mentiroso, la clase de persona que me hacía sentir incómodo con su sola presencia, pero con la esperanza de que diera un punto de velocidad a mi reloj y que aquellas dos horas y media terminaran antes, le acepté como compañero provisional.

Carayunque se acercaba mucho para hablar, con lo que me incomodaba más si cabe. No dejaba de mencionar que había traído una caja de petardos, que le encantaba detonar latas y mierdas, que eso supondría su expulsión del centro, pero que quería detonar algo a toda costa. Había traído incluso un mechero.

Recorrimos todo el patio hasta llegar a los servicios. Para hacer ver la magnitud de aquel centro, baste decir que estaba compuesto por tres grandes edificios más el seminario, al otro lado de la carretera; que había seis campos de fútbol sala, cuatro de baloncesto, dos frontones, un campo de fútbol, una gran pinada, varias zonas no deportivas donde jugar y un aparcamiento para unos diez autobuses, todo ello para más de mil quinientos alumnos.

Era el lugar perfecto, en el que unos muchachos de F.P. podían arrastrarte a un rincón, pegarte una paliza y amenazarte para que permanecieras en silencio sin que nadie se enterara; el lugar en el que tu subías una escalera y sin ver de dónde venía, un chico seis años mayor que tú te daba en toda la cara con la mano abierta y seguía caminando sin tan siquiera volverse a verte, el lugar donde podías presenciar la pelea de dos alumnos de F.P., dándose con las cadenas de atar las motos, hasta que uno de ellos salía huyendo, trastabillando, y el otro, con la cara hinchada y deformada iba a la fuente con sus amigos, que lo celebraban y que le aconsejaban que mejor se fuera a casa para que no le viera el prefecto.

En definitiva era un lugar despojado de todo afecto, vigilado por un profesor por cada setecientos alumnos, apático, enfadado, que en ocasiones daba más miedo que los salvajes.

En fin, el baño al que fuimos Carayunque y yo era un pasillo muy largo, con no menos de dieciséis urinarios y diez “cagaderos”, a los que llamábamos así porque simplemente era, un agujero en el suelo de donde siempre asomaba algún pastel, sin papel higiénico y con una puerta tipo cantina del oeste, con un pestillo.

Estábamos orinando y Carayunque tuvo una idea “tiremos los petardos aquí dentro”. No me gustó la idea. La perspectiva de ser expulsado yo, un niño tan bueno, no, no podría soportarlo. Sin embargo, entonces una concatenación de hechos sorprendentes me empujaron a hacer algo que jamás creí que sería capaz de hacer; terminamos de orinar y me dijo que “se estaba cagando”, así que me dio la caja de petardos y el mechero para que no cayeran de su bolsillo al agujero pastelero y entró en uno de los cagaderos.

Enseguida abrió la puerta y yo, que ya estaba al final del pasillo, saliendo del baño porque no soportaba el hedor de aquel lugar, le oí gritar: “¡ven, corre, ven a ver esto!” Corrí y cuando llegué tuve que contener una arcada. Él aún estaba dentro, mirando fascinado y diciendo “seguro que nunca habías visto una mierda así” y así era, jamás había visto algo tan grande, colorido, blando y repulsivo.

Miré a Carayunque. Me sorprendió la fascinación y fijeza con que miraba aquello. Sin pensar en lo que hacía, quizá movido por el espíritu de la perversidad que anunció Poe, hice una cosa terrible, que normalmente quizá habría imaginado para reír para mis adentros, solo que aquella vez, esa idea no pasó por mi cabeza, sino que fue directa a mis manos. Como decía, mi mano se introdujo en mi bolsillo. Lentamente saqué la caja de petardos y el mechero, encendí un petardo y lo arrojé al agujero. Sin duda Carayunque lo vio caer y meterse dentro, porque en seguida se volvió hacia mí con la más viva sorpresa en el rostro.

Él sabía lo que significaba aquello, los dos lo sabíamos. Él también lo habría hecho, los dos estábamos muertos de curiosidad. Aquello sin duda sería algo grandioso. Una sonrisa empezó a dibujarse en el rostro de Carayunque y yo la devolví como un espejo, justo en el momento en que, sin saber por qué y aún no me explico qué ocurrió en mi cabeza para hacerlo, cerré la puerta con Carayunque aún dentro. Recuerdo cómo su sonrisa se congelaba en su rostro y cómo golpeaba la puerta con fuerza. Yo la apretaba con toda la fuerza de mi cuerpo. A pesar de que él era un chico gigantesco, mucho más fuerte que yo, el terror debió atenazarle.

Me suplicaba y golpeaba la puerta hasta que un instante antes del fin cesaron todos los ruidos. Conociendo a Carayunque, estaba seguro de que la curiosidad le había ganado y que en el último instante quiso ver cómo estallaba aquella enorme y grotesca mierda teñida de rojo y verde, o quizá solo fuera que se giró con la esperanza de que el petardo se hubiera apagado. En cualquier caso, el petardo se había introducido bien en el agujero y ¡¡¡Boom!!!, enorme, estrepitoso. La tubería había amplificado el efecto de la detonación hasta el punto de haberse escuchado sin duda en todo el colegio. Aterrado solté la puerta, sin ser consciente de la magnitud de mi acto.

¿Seguiría con vida? ¿Habría reventado la tubería? La caja de petardos cayó al suelo, la puerta se abrió lentamente, y apareció el rostro de Carayunque desencajado, completamente cubierto, al igual que todo su cuerpo de trocitos verdes, marrones y rojos de masa semi-blanda, apestosa, por el pelo, por las cejas, por la nariz, ¿habría abierto la boca justo en el instante fatídico? No sé si le dolió más la traición, la impotencia de no poder librarse, la mierda en su rostro o la risa enloquecida que me entró al verlo, esa mezcla entre horror absoluto e ira asesina, toda ella cubierta de amargo pastel.

Si por algo me distinguía físicamente no era por mi fuerza, como Carayunque, sino por mi velocidad. Mis piernas me dieron un buen servicio.

Al salir del baño, los rudos conductores de autobús, que venían alarmados por el estruendo empezaron a gritarme. Sin duda me llevarían ante el director. Sin embargo, al salir Carayunque, ellos también estallaron en incontenibles carcajadas. Recuerdo cómo se daban palmadas unos a los otros, cómo se llevaban las manos a la cabeza, riendo de forma escandalosa y grosera, señalando al que hasta hacía unos instantes se había convertido en mi improvisado compañero. Yo, al ver la risa de ellos redoblé la mía, de forma incontenible; sentía como cosquillas por todo el cuerpo; las piernas, flojas, a penas me daban para correr. Menos mal que todo lo que Carayunque tenía de corpulento lo tenía de lento, porque gracias a eso conseguí escapar. Pensé que se chivaría, que todos le verían, que llamarían a mis padres, que sentiría la mayor vergüenza de mi vida, pero sorprendentemente cuando se reanudaron las clases Carayunque no estaba. Vivía cerca y debió ir a casa a limpiarse. Sin embargo lo que a día de hoy no comprendo, es por qué Carayunque no se chivó ni lo hicieron sus padres, ni me mató como había amenazado con hacer, ni tan siquiera me dedicó una mirada. Creo que la vergüenza y el temor a que se conociera el hecho y le marcara eran más fuertes que su sed de venganza. Creo que la exagerada y grosera reacción de los autobuseros, que sin duda creyó que acudirían en su auxilio, debió marcarle hasta el punto de dejarlo correr, así que, ya está, pelillos a la mar.

Yo, por mi parte, jamás lo conté tampoco, hasta muchos años después, y ya casado, y aún hoy cuando recuerdo al pobre Carayunque y su expresión, mi risa y la risa de los autobuseros, aún siento como si me hicieran cosquillas.

Este libro nos narra las aventuras que vive Alejandro, un niño de diez años, en un día lluvioso, en que todo amenaza con salir mal.
Nuestro pequeño amigo vive rodeado de temores infantiles que convierten cada día en una prueba de valor.
Sin embargo, cuando parece que ya nada puede ir peor, Alejandro vivirá la aventura más fantástica de su vida. Hará unos amigos muy singulares, hallará el camino para superar sus temores y descubrirá que con el poder de su imaginación todo es posible.

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