Blood bowl, crónicas salvajes

De todo lo que he hecho en el mundo del rol, siempre recordaré como lo más divertido y lo mejor cuando hacíamos lo que nos daba la gana. Cambiábamos las normas de los juegos, llegamos a tomar los reglamentos incluso como  base de diseño o conjunto de ideas introductorio para construir nosotros nuestro propio juego con sus propias normas. De todos esos juegos y a pesar de ser un amante del rol y de fascinarme el diseño del propio libro, lo que recuerdo con más cariño son aquellas partidas locas sin tablero, sin libro, sin argumento y en algunos casos incluso sin dados. Ahí, echados en el sofá, a las tantas de la madrugada, quizá algo borrachos y quizá algo más que eso, perezosos pero con ganas de fiesta aún nos montábamos una partida completamente conversacional y las risas volvían a animarnos.

En el caso del Blood Bowl llegamos a hacer grandes cambios que nos mantuvieron con una gran expectación cada semana a la espera del siguiente sábado para jugar un partido más. Organizamos una liga regular de Blood Bowl y como en cualquier juego de manager deportivo, los atributos de los personajes, el dinero y los hinchas del club entre otras cosas se mantenían para la temporada siguiente, de modo que algunos clubs debían refundarse por falta de jugadores y presupuesto y sin embargo otros se habían hecho tan fuertes que daba miedo mirarlos.

Con un “quita tu mierda de la mesa, esto es Blood Bowl” solía despedirse el equipo ganador, aunque a menudo hubiera partidos tan sangrientos que dejaran al equipo ganador muy maltrecho, con muchas lesiones e incluso muertes en la plantilla. Recuerdo especialmente el caso de Hervás con su equipo de orcos y su ogro “Seis cojones Hervás”. ¡Menudo sanguinario! A este chico no había nada que pudieras decir para desanimarle. Al final de cada partido siempre mostraba la misma sonrisa satisfecha, porque a pesar de haber perdido como siempre había matado a tres o cuatro de tus jugadores, quizá alguna estrella, y había lesionado a otros tantos, de manera que para jugar el siguiente partido acudíamos al mercado de fichajes para completar con basura barata nuestra plantilla de Blood Bowl.

Entre nuestras normas, que iré recordando a medida que escriba, estaba la del mercado de fichajes. Cada semana se incluían y se extraían nuevos jugadores al azar en dicho mercado, gracias a unas tablas que diseñó Padilla. No teníamos ninguna limitación durante la duración de la liga de Blood Bowl para incorporar jugadores a nuestro equipo de cualquier otra raza. Sí manteníamos dicha limitación sin embargo, en la confección inicial del equipo, para mantener una base medianamente plausible.

Otra de las normas de nuestro particular Blood Bowl, la que más gustaba al carnicero Hervás, era una modificación en la norma de “penetración”, según la cual, el jugador podía avanzar con su personaje realizando placajes a diestro y siniestro con la única limitación de sus puntos de movimiento, en lugar de la limitación de un solo placaje, como se establece en el juego. Esta norma daba una clara ventaja a los jugadores con equipos  poco técnicos y muy mamporreros, pero todos estábamos satisfechos con ella, porque en definitiva hacía nuestras partidas mucho más sangrientas y divertidas (¡esto es Blood Bowl!).

Yo mismo, con mi equipo de elfos silvanos, recuerdo decenas de penetraciones épicas con mis bailarines guerreros, que a pesar de no ser fuertes eran tan ágiles que solo caían al suelo cuando salía una calavera en el dado. No eran carniceros, pero eran muy válidos para abrir pasillos, habilitar pases y permitir que el corredor avanzara a toda velocidad, con sus pies a penas sin tocar el suelo, hacia la gloria.

KABESTROS, DE BLOOD BOWL

La estrategia de Hervás, era sin duda, más rocosa. Era el marrullerismo llevado al extremo más desesperante. ¿Imaginas un equipo, que tras el saque inicial, no se moleste si quiera en intentar recoger la pelota? Pues ese era su equipo de Blood Bowl. Seleccionaba sus objetivos en el tablero con la única finalidad de limpiarlo. Para él Blood Bowl jamás fue un deporte del que la pelota formara parte alguna, sino quizá una partida de ajedrez. Su objetivo jamás declarado seguramente fuera el de ganar un partido por ausencia total de jugadores del equipo contrario.

Ver a esa bestia colocar sus piezas delante de las tuyas, en el tablero de Blood Bowl era de por sí aterrador. No te preguntabas cómo penetrar en la defensa, definitivamente parecía una tarea imposible. Lo que un jugador se planteaba en esos momentos era más bien, quiénes morirían aquel sábado, mirando a sus propios jugadores.

“¿Y si atraso un poco más a mis corredores para protegerlos? Así, me aseguraré de que no puedan llegar al menos en el primer turno. ¿Y mis bailarines? Son duros, pero ¿y si los mata? ¡Cuánto han costado de subir! ¿Y si coloco en la línea defensiva mi morralla y luego ya veremos cómo avanza el partido sin defensa? Total, lo que peor se les da a esas manos verdosas y patosas es coger la pelota, aunque esté cubierta de pinchos.“

A pesar de plantear estrategias de locura destinadas a preservar la vida de la mayor parte de tus estrellas de Blood Bowl, la estrategia de Hervás era tan absurdamente agresiva que era relativamente fácil acabar la primera mitad con un parcial de cero a dos a tu favor.

Como ya he dicho antes las partidas con Hervás eran partidas de las que, cuando planificábamos la liga, dábamos por ganadas y los puntos sumados, es decir, todos contábamos con esos seis puntos de la ida y la vuelta como seguros, pero mirábamos el calendario de la liga de Blood Bowl preocupados por el partido siguiente, que sería realmente difícil. A veces, recoger a un equipo que hubiera jugado la jornada anterior contra Hervás era una auténtica gozada. Su alineación de entrada podía ser perfectamente de siete jugadores y sin banquillo. En ningún caso, ningún equipo fue lo mismo después de jugar contra este loco de los mamporros. La planificación deportiva, el dinero en inversiones, los nombres de tus jugadores en las tablas de máximos anotadores y en las tablas de récords históricos de nuestra liga de Blood Bowl, todo ello, era engullido literalmente por el gaznate de “Seis Cojones Hervás”.

Pronto se convirtió en el jugador a derribar. Los más osados dedicaban una parte de su juego, después de mover el balón, a tratar de tumbarle, patearle, lesionarlo y finalmente matarlo, pero era duro como una piedra y en el último caso, aunque lo consiguiéramos, ¿adivinas qué? “Seis cojones Hervás” venía de una larga estirpe que con los años había pateado todos los terrenos imaginables del noble Blood Bowl, siendo, el primer miembro de esa estirpe “Dos Cojones Hervás”. Es decir, que si había algo más terrible que el propio carnicero era que aunque hiciéramos la heroicidad de terminar con él nadie le lloraría, sino que sería reemplazado por otro inmediatamente. Eso no era nada para un club, que aunque ingresara poco cada partido jamás se veía obligado a gastarlo en basura, sino que lo guardaba y lo reservaba para fichar nuevos miembros de la misma familia cada vez que su predecesor, con una larga lista de muertes a sus espaldas, quizá aún cubierto con la sangre del último de ellos, mordiera el polvo definitivamente.

En todo el tiempo que duró aquella liga solo recuerdo la muerte de un “Cojones Hervás” y todos estuvimos de acuerdo en enterrar en el propio terreno de juego sus restos, con una placa conmemorativa que decía “aquí palmó Seis Cojones Hervás”. Era un lugar del campo sobre el que otros jugadores orinaban, pisoteaban, o bien se estremecían.

REYES DE ANKBAD, DE BLOOD BOWL

El hilo argumental nos conduce necesariamente a Padilla y su equipo humano de Blood Bowl. Nunca entendí eso de escoger un equipo humano en un juego de fantasía, pero lo cierto es que sabía manejarlo muy bien y sus blitzers eran especialmente odiosos. Representaba el equilibrio entre “juego para repartir” y “voy a ganarte”. Quizá porque pasara mucho tiempo preparando sus estrategias de Blood Bowl, o porque sumaba muchas horas de juego, su equipo siempre era uno de los candidatos para ganar la liga.

Sin duda Padilla se convirtió en un mito del Blood Bowl en el momento en que una penetración hecha por uno de sus jugadores al que llevaba la pelota y que había quedado casi pisando la línea de meta, le empujó un paso hacia delante con tanta suerte  que cayó de pie, no perdió el balón y encima gracias a ese tanto ganó el partido anotando el último touchdown del juego.

Esa jugada pronto se convirtió en uno de sus recursos favoritos y seña de identidad, aunque con diversos resultados, y aunque el hecho de repetirla en numerosas ocasiones le quitó grandiosidad y en algunos casos provocó no pocas carcajadas. Lo cierto es que se volvía odioso cuando anunciaba la jugada y el tanto que pensabas que no llegaría, amenazaba nuevamente con subir al marcador de Blood Bowl.

También le convirtió en una leyenda el hecho de que fue él quien mató a Seis Cojones, pero también tiempo atrás a Cinco Cojones. Así que, en cierto modo, Padilla con el tiempo se convirtió en un campeón de los Cojones.

Sentía el desprecio suficiente por sus jugadores como para lanzarlos bajo los pies del ogro si fuera necesario, con tal de intentar lastimarlo. Sentía desprecio por todos menos por su estrella, al que siempre intentaba resguardar del peligro y que fuera él quién sumara la mayor parte posible de los puntos de experiencia para mejorar su ficha de Blood Bowl.

También he de decir que, a pesar de que hizo gala de un gran esfuerzo e imaginación para la creación de todas las tablas en su trabajo como comisario de la liga, fue muy poco original en la elección de los nombres de su equipo y de su estrella, que fueron los mismos que aparecían en la caja. Este contraste era enorme para alguien con tanta imaginación. Imagino que al principio jugó usando ese nombre y después le cogió cariño.

Su trabajo me pareció admirable en todo momento y así creo que se lo hice saber. Pero sin duda aquello de lo que más disfruté fue “La gaceta de la liga de Blood Bowl”, revista que editaba semanalmente e imprimía en su propia casa, narrando, como el mejor periódico deportivo del momento, todo lo ocurrido durante la jornada de liga, desde las crónicas de los partidos, hasta fichajes, ilustraciones, rumores, etc. Sus padres se hubieran sentido muy orgullosos si hubieran sabido que a pesar de suspenderlo todo se esforzaba de forma tan brillante en algo.

Aún recuerdo como si lo tuviera entre las manos, un número en cuya portada aparecía, la crucifixión de un jugador en mitad del campo de Blood Bowl. El equipo defensor se concentraba en acabar con él mientras un compañero de la víctima, con el balón en su poder, volaba hacia la línea de meta. Ya  podéis imaginar quién era el defensor.

Aunque no dibujara muy bien, había que reconocer que en una ilustración mal hecha sabía plasmar el mejor momento de la jornada.

Padilla fue quien nos enseñó a jugar a todos, quien nos motivó a todos a comprar nuestras minis, y aunque nunca llegamos a pintarlas ni a juntar en el campo un conjunto ni medio decente, recuerdo que al menos sí creábamos nuevos jugadores con restos de aquí y de allá, los mutilábamos, les poníamos dorsales, todo menos pintar las minis de Blood Bowl. En aquel momento, pintar minis parecía un trabajo enorme, inmenso. Podíamos pasar un fin de semana pintando una sola mini. Recuerdo una ocasión en que Padilla había comprado una caja de regimiento de esqueletos y me llamó para que le ayudase a pintarlas. Recuerdo que empezamos antes de que el sol se ocultara y nos dimos por vencidos después de que volviera a amanecer, y en todo ese tiempo solo nos dio tiempo a montarlas e imprimarlas. Quedaron estupendas, muy graciosas, pero era un trabajo inmenso y no quise volver a ver un esqueleto en mucho tiempo.

PATANES, DE BLOOD BOWL

Llegamos a Patán y su equipo de Blood Bowl de orcos. Era muy tramposo. Había jugado partidos sueltos con sus amigos a los que había enseñado contando ciertas normas de soslayo e inventando otras sobre la marcha. Por ejemplo, cuando jugaba a Warhammer, también con un ejército de orcos, recuerdo que pretendía que su catapulta tuviera la precisión de un cohete táctico de la armada americana. Lanzaba un dado de dispersión y la piedra caía con un margen de error de diez centímetros a lo sumo, impactando de lleno en medio del batallón enemigo y haciéndola rebotar después no sé cuántas veces. Recuerdo cuánto nos reímos desmontando cada una de sus mezquinas trampas hasta que en un momento dado decidió abandonar nuestra liga de Blood Bowl para seguir jugando con quien pudiera engañar. Lo que le faltaba de inteligencia lo tenía de ¡%$”###!

Así, Patán intentaba compensar su inutilidad táctica con innumerables intentos de hacer trampas, en lugar de centrarse en intentar aprender a jugar de una vez a Blood Bowl.

Recuerdo la satisfacción que sentí al ganarle seis a cero en la primera jornada de liga de Blood Bowl y al decirle al finalizar el partido “¡quita tu mierda de la mesa!” y su cara de frustración en medio de todas las risas del resto.

La verdad es que Patán era mi primo y jugó en nuestra liga porque yo presioné bastante para que le dejaran participar, y mis amigos cedieron hasta lo inimaginable, pues con él hicieron una excepción alterando las normas de nuestra liga, permitiéndole fichas jugadores estrella, prohibido para los demás, e incluso dotándole de más presupuesto para su equipo de Blood Bowl.

Patán era como el cerdito Pinkerton, siempre quería ser el primero, pero de una forma muy torpe que le hacía odioso a los ojos de los demás.

Creo que nunca ganó un solo partido. Recuerdo que su padre un día me insinuó que le hacíamos trampas. Habría vomitado sobre él de haber tenido algo en el estómago.

Los orcos de Patán eran por así decirlo, un equipo de grandes portentos físicos, algunos demasiado mayores para competir, otros demasiado retrasados para jugar al Blood Bowl. Sin embargo era divertido verles jugar. A veces creían que eran elfos, recuperando la pelota, lanzando y corriendo con manos patosas y gordas, ojos bizcos y hocicos babosos. Entonces, un bailarín guerrero tumbaba con facilidad a su corredor, le arrebataba el balón y con una entrega, un pase largo y una carrera subía otro tanto al marcador.

Otras veces creía que todos sus jugadores eran ogros y lanzaba líneas contra blitzers, que chocaban y caían panza arriba como cucarachas. En ese momento perdía el turno, y dependiendo de las ganas de reír de su contrincante, le marcaba un tanto o bien rodeaba al jugador con la mitad de su equipo y lo mandaba al banquillo lesionado a base de patadas.

Pero su estrategia principal de Blood Bowl era usar a sus jugadores estrella como si fueran superiores en algo a los demás. El goblin del pogo saltarín o el de la motosierra eran sus mejores bazas, pero generalmente eran expulsados por una mala tirada que antes o después llegaba.

Levantó algún revuelo el enfrentamiento entre los dos equipos de orcos; Patán contra el sanguinario Hervás. Recuerdo a su ogro masticando goblins, al pobre patán tratando de jugar la pelota mientras esta se escurría de sus manos y los orcos de Hervás machacando una y otra vez  a los de Patán. Creo que este fue el momento en que Patán abandonó nuestra liga de Blood Bowl. Creo que hasta entonces pensó que al menos ese partido y la vuelta los ganaría, pero Hervás le pasó por encima. La pelota, rebotada, llegó como por casualidad a la mano de Seis Cojones, que avanzó con ella lenta y tranquilamente, sacudiendo a los pocos que quedaban sobre el césped y se atrevían a plantarle cara, marcando un Touchdown que dejó a Patán como el último clasificado y mostrándole como el peor jugador de la liga. No sabía pegar, no sabía marcar, no sabía hacer nada más que quejarse.

Creo que tampoco soportó la presión de oírnos a todos gritar alrededor de él, animando a Seis Cojones, y que este matara a cuatro de sus jugadores, dos de ellos estrellas. Es necesario explicar que cada vez que Seis Cojones placaba, jugara contra quien jugara, y Hervás anunciara una tirada para determinar la herida, todos abandonábamos nuestros partidos correspondientes, le rodeábamos y gritábamos “¡Mata, mata, mata, mata!” Y cuando mataba, todos gritábamos satisfechos por la sangre, chocábamos la mano de Hervás y gritábamos “¡Seis Cojones!”. Es así como crecen las leyendas, y sí, sé lo que estás pensando, por supuesto, esto no hacía gracia cuando el jugador que iba a morir era la estrella de tu equipo, pero todos lo aceptábamos como un aliciente más del juego.

ENTS DE LAUTHAUREN, de Blood Bowl

Llega el turno por fin de Moltó y su equipo de Elfos Silvanos, como el mío. Pero Moltó, si haber jugado nunca antes a Blood Bowl me sorprendió mucho por la capacidad de divertirse que tenía, jugando con sus elfos como lo hacía Hervás con sus orcos. Aunque su ent apenas podía moverse, cada partido mataba al menos a un jugador enemigo y el balón ciertamente importaba muy poco a Moltó y a sus elfos, que aunque ágiles, se centraban en la melé como si fueran orcos.

Creo que es difícil explicar hasta qué punto Moltó se despreocupaba del balón sin explicar que cuando su ent mató a otro jugador por primera vez, se subió a la mesa, levantó sus brazos y con la mirada desorbitada gritó como un vikingo después de cobrarse una víctima. Así, el ent de Moltó se convirtió en otro asesino, aunque de segunda categoría, pues si Seis Cojones mataba a dos o cuatro jugadores por partido, el ent mataba a uno o dos como mucho. Los bailarines guerreros de Moltó se convirtieron en los matones de aquel ent sanguinario. Hacían penetraciones, trataban de empujar a los rivales a los pies del ent para que este los aplastara o en el último de los casos, se encargaban ellos mismos del trabajo sucio.

Su última prioridad, si todo lo demás le había salido bien, era coger el balón y ponerlo a salvo. Qué hacer después con él no le importaba tanto y parecía molestarle el hecho de poder perder el turno y la oportunidad de patear si erraba un pase, así que, por fácil que fuera lo dejaba siempre para el final.

Generalmente hacía el mínimo esfuerzo para ganar los partidos de Blood Bowl, centrándose solo en el propio juego durante los últimos turnos. Era entonces cuando, después de un partido rocoso, bronco y duro en el que te ha hecho sufrir, con la mitad de tus jugadores boca abajo, y algunos heridos, e incluso muertos, siente la presión del tiempo y empieza a hacer pases y jugadas todo con tiradas sencillas, jugando a algo a lo que no había jugado en todo el partido y encima haciéndolo fácil.

Así que jugar contra Moltó implicaba heridos, quizá muertos, y aunque no salieran tan mal parado como contra el sanguinario Hervás, sí que te dejaba tocado para el siguiente partido. Además de eso debías contar con que en los últimos minutos iba a anotar al menos un touchdown, por lo que, si querías ganar el encuentro era necesario meter, durante el partido entre dos y tres tantos. De no ser así, él lo ganaría o lo empataría con facilidad.

Tanto Moltó, como Hervás, como Padilla, han sido grandes amigos. Quizá los mejores que he tenido nunca, y aunque hace años que no sé nada de ellos por circunstancias de la vida, recordar estas historias me hace rememorar aquella amistad y aquellos días maravillosos.

A Moltó también le introduje yo en el grupo y fue muy bien recibido.

Aunque hubiera preferido que el mío fuese el único equipo de elfos silvanos, debo reconocer que era muy curioso ver a un equipo como el mío con una estrategia tan distinta haciendo cosas tan diferentes, y una satisfacción que mis elfos a menudo estuvieran por encima de los suyos en la clasificación.

Moltó fue el responsable de gran parte de la frikilocura que se desató aquellos días alrededor del Blood Bowl. Fue suya la frase que después acuñaríamos como lema de la liga: “Blood Bowl, el único juego en el que matar es divertido”. Era ilustrador y diseñador gráfico; hizo el dibujo de la liga y los diseños de las camisetas y gorras con dicha frase, aunque nunca las llegamos a producir.

A menudo jugábamos los sábados por la mañana en un local muerto. Nosotros llenábamos todas las mesas y lo animábamos hasta el extremo de la locura. Otras, cuando conseguíamos algún local, quedábamos los sábados por la noche con pizzas, tabaco, alcohol y alguna cosilla más. Fueron los años de locura, solo que en lugar de en la discoteca, transcurrían con relativa tranquilidad en alguna casa o local.

RATAS DE ALCANTARILLA DE BLOOD BOWL

Llegó el turno de Enrique y su equipo de Skavens. Ese equipo siempre me dio mucha rabia. También por extensión el pobre Enrique, al que conocí al comienzo de la liga, entrenador introducido por Padilla y Hervás. Supuestamente estudiaba en nuestro instituto, aunque nunca me había percatado de ello.

Me daba rabia que sus Skavens corrieran más que mis elfos y que aparentemente pegaran más fuerte también, o al menos más sucio. A su lado mi árbol parecía una mole rígida incapaz de acertar en una cabeza y mis corredores, endebles, se quedaban cortos a mitad de carrera y eran derribados con facilidad.

Mi única ventaja, aunque notable, eran mis bailarines guerreros, quizá los jugadores más notables del Blood Bowl.

Enrique pronto se puso el primero en la liga con sus ratas. Además una especie de maldita suerte parecía acompañarle, pues si morían dos jugadores míos en una jornada, él jugaba con su once de gala partido tras partido. Era imposible seguirle el ritmo. Durante las primeras jornadas nos mantuvimos los primeros, Enrique, Padilla y yo, pero pronto él se puso líder en solitario y yo, con mi equipo deshecho, después de jugar contra Hervás, me fui desinflando rápidamente, completando mi equipo con la basura que encontraba en el mercado de fichajes de Blood Bowl; hobgoblins, goblins, algún línea humano, etc. De pronto había pasado de tener un gran equipo a un equipo compuesto de basura que luchara por conservar la tercera plaza de seis participantes.

Enrique ganaba con pasmosa facilidad sus partidos. Parecía dedicarse profesionalmente. Parecía saber lo que debía hacer en cada momento, sin dejarse llevar por sus pasiones ni por la locura del ambiente de “¡matar mola!” que impregnaba nuestra liga.

Las tiradas de dados siempre le sonreían, y aunque su estrategia era similar a la mía, sus corredores de alcantarilla tenían mucha facilidad para escabullirse. No le importaba arriesgarse en tiradas siempre que supusiera jugar la pelota. Decidía cuál era la jugada más lógica y la llevaba a cabo, jugando de memoria, atacando una y otra vez de la misma forma.

Por otro lado, aunque tuvieras la suerte de matar a alguna de sus ratas, podías estar seguro de que a precio de morralla compraría tres más siempre que aparecieran en el mercado de fichajes.

Enrique era el entrenador impasible. Los “¡mata, mata, mata!”, no parecían afectarle. Si uno de sus jugadores moría, lo apartaba y sacaba otro al terreno de juego, sin más. Total, solo eran ratas. Y siempre apuntaba al mismo objetivo; el fondo del campo. Acababa de morir una de sus ratas, Seis Cojones, con la mirada aún ávida de sangre, la masticaba en el centro del campo, todos los entrenadores gritábamos alrededor, mientras otros curiosos de la tienda se acercaban a mirar el motivo de tanto escándalo. Sin embargo, Enrique, sin inmutarse, sin que una lagrimita asomara en su ojo, recogía el balón con una rata, esta la pasaba a otra, que corría hasta situarse junto a la línea de meta y forzando y forzando otro pasito más marcaba otro touchdown.

Empezaba de nuevo el Blood Bowl y esquivaba con sus ratas para evitar el cuerpo a cuerpo con todos los defensas rivales, entonces recogía el balón, lo lanzaba, lo atrapaba y marcaba de nuevo, porque Enrique tenía una rata tan veloz que saliendo desde su campo podía cruzar la línea de touchdown en un solo turno. Así de mortífero era. Aún puedo oír el chirriante chirrido de las ratas al gritar y rechinar los dientes tras un touchdown, y cuando lo hago aún me estremezco.

PIES LIGEROS DE LORIEN

Por último, mi equipo de Blood Bowl. Los Pies Ligeros de Lorien; los elfos silvanos más rápidos de la tierra medial. Su escudo es una bota con un ala. Es un equipo diseñado para colocar dos receptores y dos bailarines guerreros en medio del campo enemigo, realizar un pase largo con un buen lanzador, la figura clave de mi equipo, abrir paso con el bailarín, y con el receptor recoger y correr hasta la línea de touchdown.

Mi ent lo conservaba sencillamente para que no me perdieran el respeto. A sus lados colocaba dos líneas para que fueran aporreados, pero muy cerca del ent, de manera que este después pudiera golpear al enemigo, lo que infundía bastante respeto. Los partidos en los que, sin embargo, no pudo jugar este, mi defensa era barrida con enorme facilidad.

En las bandas colocaba, en la parte interna a mis bailarines y en la externa a mis receptores. Recogía el balón con mi lanzador, lo protegía con dos líneas, hacía una penetración con un bailarín, abriendo un pasillo para el receptor de su banda, y por el otro lado colocaba en el campo rival al otro receptor y al otro bailarín esquivando, de forma que quedaran mis cuatro jugadores en su campo de Blood Bowl, cubriéndolo todo, separados los unos de los otros, de modo que con una penetración fuera imposible barrerlos a todos. Sin embargo, una buena jugada de mi rival me dejaría solo con uno o dos de ellos en pie y agruparía suficientes jugadores en la trayectoria de pase para intentar atraparlo.

En resumen, yo debía superar muchas tiradas fáciles para tener éxito y mi rival acertar algunas tiradas difíciles para bloquearme. Sin embargo, mi obsesión por el control del partido hacía que muchas veces perdiera la oportunidad de ataque. Solo que alguna de mis tiradas fáciles saliera mal me dejaba en una situación difícil de recomponer. No era frecuente marcar touchdowns de forma limpia, con mi estrategia de libreta tal y como me había propuesto, pero lo cierto es que en la mayoría de los casos se generaban situaciones de ataque en Blood Bowl  que con la habilidad de mis elfos podía resolver, aunque el juego terminara por embarrarse.

Tal vez jugaba con demasiado miedo de perder a mis jugadores y tal vez por eso perdí tantos durante la liga de Blood Bowl. ¿Qué se le va a hacer? Me importaba tanto ganar el partido de forma perfecta, controlar el juego, hacer muchos pases y obtener buenas estadísticas para mis jugadores que era realmente difícil lograr un éxito. Tan solo unos pocos partidos de Blood Bowl en los que salían todas las tiradas fueron perfectos, algunos otros fueron desastrosos y en general mis elfos entre tanto entrenador asesino y marrullero, acababan peleando en el barro hasta que una genialidad conectaba a mi lanzador con cualquiera de ellos para que corriera hasta la línea de touchdown una vez más o hasta que un rival avanzara con tranquilidad por el centro de mi campo y mis jugadores, retorciéndose en el suelo no pudieran alcanzarle.

En alguna ocasión me planteé la posibilidad de hacerme un equipo del caos. Eran fuertes, resistentes, mutaban; parecía un equipo divertido, pero siempre acababa desistiendo. No había nada como mis Pies Ligeros de Lorien, aunque lo cierto es que las miniaturas de Blood Bowl de Citadel en sí eran bastante feas, sobre todo los bailarines guerreros.

Entrenarlos era relativamente fácil, pero dirigir la escoria que vino después fue realmente complicado. Era jugar con resignación, con un equipo cuyos miembros no cuajaban entre sí, las tiradas se fueron haciendo difíciles, las jugadas enrevesadas e incluso estrambóticas, como aquel ataque de la tortuga, en el que un jugador realmente lento y torpe cogió la pelota y el resto le cubrieron. El grupo avanzaba mientras el rival iba arrancando capas de jugadores a base de golpes, desesperado, y yo, desesperado también avanzaba lentamente placando, paso a paso, hasta que conseguí anotar el tanto del empate. Recuerdo la risa que provocó este recurso y mi sensación al verme necesitado de cambiar tácticas brillantes por recursos sucios, manejando tipos de jugadores que no conocía y que no se agrupaban bien para mi juego de Blood Bowl.

EL VIDEOJUEGO DE BLOOD BOWL

Lo mejor de este videojuego es que permite recuperar parte de aquellas sensaciones. También te permite probar todas las razas, descubrir cual es la mejor para tu estilo de juego, jugar una liga y lo mejor de todo, te permite jugar solo.

No es que jugar solo sea mejor, ni mucho menos. Lo mejor de mi historia de Blood Bowl a todas luces es la intrahistoria que había en cada una de las partidas; las cosas que nos decíamos y el ambiente de Blood Bowl locura que creamos entre todos. Sin embargo juntarnos todos era extremadamente complicado y más aún fue crear una liga con seis participantes. Sé que hay ligas organizadas por todas partes, pero no hay nada como jugar al Blood Bowl locura con tus amigos. Sin embargo, poder jugar solo al videojuego, y más aún en la PS Vita, portátil, en cualquier lugar, es un gran puntazo.

Al final, gracias al videojuego descubrí que el equipo que realmente me va es el de los enanos. Ahora tengo uno que se llama Pies de Plomo. Y ¿a que no adivinas cuál es mi táctica estrella de ataque? La tortuga. Solo que esta vez la tortuga es muy sólida, mis estrategias suelen funcionar y mi equipo no se descompone con facilidad.

 

Un misterioso hospital, un horrible parto. Las matronas han huido espantadas y el doctor Hillmore intenta asesinar al bebé. Pero ¿qué está ocurriendo? 
El bebé tiene horribles mutaciones. Algunos dicen que se trata del anticristo, Pero Arnold y Marie harán lo posible por salvar a su hijo y se ven inmersos en una fuga a lo largo de todo el país. Mientras tanto Arnold, enfermo de amnesia, busca su propia identidad perdida, pues en ella está la clave para resolver el misterio.

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