Angela Sommer Bondenburg ha sido sin lugar a dudas uno de los grandes hallazgos de mi vida.

La literatura se ha puesto a unas alturas en la cabeza de algunos que parecería incluso indigno ensalzar a los autores de literatura infantil y juvenil en un blog como este, pero no es así en absoluto porque estos escritores forman la primera línea de batalla y desde cierto punto de vista pueden considerarse incluso los más importantes.

En una sociedad en la que existe tanta preocupación por que los jóvenes lean, se mandan tantas lecturas obligatorias como si fueran trabajos forzados que en muchas ocasiones se acaba apagando la llama que se pretendía avivar. Sin embargo cuando se da la fortuna de que un niño encuentre su lectura ideal de pronto su mundo se transforma y solo entonces se convierte en lector. Eso es lo que me ocurrió a mí con Angela Sommer Bondenburg.

El descubrimiento

Corría el año 92 cuando este libro cayó en mi mano por casualidad. Tenía once años por aquel entonces, estaba en casa de un amigo y lo vi sobre la mesa. Me llamó la atención y lo estuve mirando mientras él me contaba que sus padres tenían una suscripción al tristemente desaparecido Círculo de lectores y que como aquel mes no sabían qué libro elegir habían pedido ese.

Lo primero que me llamó la atención fue que el libro empezaba con un retrato a carboncillo y una breve descripción de los personajes; Anton, Rudiger, Anna, etc. ¡Eran vampiros! Yo ni si quiera sospechaba que pudiera existir más vampiro que Drácula.

Anton, era un niño con el que todos podíamos sentirnos identificados puesto que no tenía nada de especial salvo su pasión por las historias de terror, fundamentalmente de vampiros y Anna era la hermana pequeña de Rudiger, una niña de unos nueve años, pálida y muerta como un vampiro y al mismo tiempo tan dulce y tan hermosa que era imposible no enamorarse al tiempo que lo hacía Anton, que siempre andaba con Rudiger, pero las ocasiones en las que se quedaba a solas con ella las páginas corrían a toda velocidad.

De la vida y la muerte

Ayer y hoy

Hasta que me casé y volvía cada año de cada feria del libro con dos bolsas bien llenas de nuevos títulos y nuevas aventuras en las que embarcarme, nunca tuve más de ocho o diez libros, una tanda en mi niñez y otra en la adolescencia. Recuerdo cada vez que iba con mis padres a un centro comercial que me dejaban en la sección de los libros mientras hacían la compra y después volvían a por mí.

En cuanto llegaba buscaba a algún dependiente y le preguntaba si tenía algún libro de Angela Sommer Bondenburg, los tomaba en mi mano, leía una y otra vez la contraportada, los abría, los cerraba, los abría otra vez y por fin me lanzaba a la búsqueda de nuevos títulos y nuevos autores en una época en que no existía internet y los descubrimientos debía hacerlos uno por sí mismo.

Mi hija con 9 años es más afortunada de lo que lo fui yo porque le monté una librería en su habitación y ahora tiene una pequeña biblioteca con más de 200 libros, entre ellos mi querida colección de El pequeño vampiro de Angela Sommer Bondenburg a la que por cierto, todavía no ha hecho ni caso. Ella lee Junie B. Jones, quién sabe, quizá sea ese su pequeño vampiro.

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